La huida

[Estos últimos días me visto de arqueólogo y me encuentro con cosas como ésta. Rem me dice que estoy de un pedante insoportable en los últimos posts. Qué cojones sabrá él.]

Metí todo lo que podría necesitar en mi huida en la bolsa de viaje caqui: un par de bragas, perfume, el cepillo de dientes y desodorante. La guardé en la alacena, donde creí que jamás miraría; él nunca hacía la compra. Cuando llegó el día señalado, crucé el salón sin mirarledirectemente a los ojos y dije, comode pasada, que iba a por el pan. Ya tenía un pie fuera de casa cuando me grita desde el sillón:

– ¡Eva! Esta mañana he ido a coger unas latas de cerveza de la despensa para meterlas en la nevera y he encontrado tu bolsa de viaje allí. Creo que no es el mejor lugar para dejarla, ¿tengo razón o no?

– Sí, cariño; en cuanto vuelva de hacer la compra la pongo de nuevo en su sitio – respondí.

– Así me gusta, chocho. Anda, tráeme un paquete de cigarrillos a la que vienes.

Cerré la puerta con cautela y, en ese mismo instante, olvidé qué marca solía fumar.

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