Yo iba para español en la vida

En este fracaso que es adentrarse de la manera más honesta posible en el mundo de las letras uno se topa con obstáculos de todo tipo: los hay de corte logístico, que por lo general son salvables con tesón y buen hacer. Por ejemplo el hecho de no tener un currículo literario, ni desear tenerlo -bastante tengo ya con un CV profesional– ni una formación más orientada a la creación literaria (aunque a simple vista de google parece que hay muchos menos programas universitarios orientados a la creación literaria que, por ejemplo, en el Reino Unido o en Estados Unidos; eso sin querer meter el dedo en la llaga con los cursillos y cursetes impartidos por instituciones y escuelas privadas). Y claro, si quisiera asistir a uno de estos cursos norteamericanos o británicos (porque, seamos honestos por una vez, y metamos el dedo en la llaga, un máster en escritura creativa en España donde el único prerrequisito sea disponer de 3000 euros en el bolsillo y ganas de asistir a clase, no uno o dos escritos de intenciones, ni una prueba de solvencia en castellano, absolutamente nada más que el DNI y una tarjeta de crédito, suena a estafa de proporciones castizas, por mucho panel de escritores de renombre que tenga el claustro), tendría primero que saber escribir creativamente en inglés; segundo, disponer de los dólares o libras necesarios para sustentarme sin trabajar por uno o dos años o convencer a papi y mami que no, que los seis años de ingeniería eran de prueba, que esto va requetenserio; tercero, querer ir a vivir de nuevo a un país de lengua inglesa, y cuarto, saber a ciencia cierta que va a servir de algo.

Los hay estructurales: los escritores buenos acuden a las grandes editoriales que les garantizan pingües réditos, traducciones ad hoc, conferencias, imagen, lo cual repercute asimismo en el portafolio de la editorial haciéndola aún más grande a los golosos ojos de los lectores; los escritores no tan buenos, por el contrario, acuden a las editoriales pequeñas, que a su vez apuestan por escritores novatos, que a su vez tienen menos margen para el error, y cuyo yerro puede dañar la imagen de la editorial o confinarla al status de rareza o fugaz propuesta.

Los hay culturales, tan intrínsecamente españoles, que desmejoran las ganas de hacer absolutamente nada

Los hay culturales, tan intrínsecamente españoles, que desmejoran las ganas de hacer nada. Javier Marías publica una novela, aclara cuatro obviedades sobre su nuevo libro («define su trilogía como una obra que «aspira» a hablar de temas que interesan a cualquiera de nosotros como el amor, el comportamiento humano, la memoria, el tiempo de guerra, el tiempo de paz, el olvido, el veneno o la traición«) y luego suelta su opinión sobre el mundo, el universo y la existencia: «España es un país difícil, ingrato, del que no se puede fiar uno.» Gracias, necesitaba esto.

Los hay, por último, éticos: cuántas nuevas conferencias sobre poesía joven, manifiestos anti-poesía joven, artículos sobre nuevas y viejas generaciones, simposios, ruedas de prensa, encuentros poéticos locales, comarcales o nacionales hay que escribir, atender, firmar, simposizar, co-participar, poetizar, etcétera para ponerse a escribir poemas o cuentos o novelas de una vez por todas.

Entre tanto, voy preparando la maleta para Lyon y la lista de libros que llevar.

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