A veces escribo

Millones de años después del Big Bang, el universo comenzó a contraerse como un globo según habían predicho las leyes físicas. La materia se tornó antimateria; lo que era diestro, se volvió siniestro; lo de encima pasó a estar debajo; en fin, todo aquello que tenía opuesto se volvió su opuesto. Los hombres no percibieron grandes cambios en su vida, exceptuando, claro está, el paso invertido del tiempo. En efecto, en cuanto empezó la compresión del universo se demostró que el tiempo era tan geométrico como una recta, así que si un vaso se había caído y roto, según la nueva orientación de la física, éste volvía a recomponerse y a posarse sobre el buró desde el que había caído. Los muertos se desmurieron para alegría de unos y extrañeza de otros; las parejas rotas se rehicieron, los que se separaron de la familia volvieron a verse.

Y todo aquello que ya se había vivido y dado por olvidado, volvía a disfrutarse o a sufrir nuevamente: guerras y catástrofes que partían de su fin fatal a la feliz ignorancia primera; las loterías hicieron desaparecer los millones ganados en un día de fortuna (o infortunio, según el caso) para devolver la vida humilde a sus ganadores, suicidas por amor felizmente transportados a la cita primera, padres que volvían a ver nacer a sus hijos, el mundo antes de que uno se diera cuenta de que existía, todo una vez más. Y cuando el universo se convirtió en una pequeña masa del tamaño no mayor al de una naranja, todo aquello que había preocupado al hombre, a saber, ascensos en el laburo, promesas de pingües beneficios, negocios que constituirían una quiebra familiar, peleas en restaurantes italianos, se volvió un punto en la nada, tan pequeño tan pequeño como para no detenerse a pensar nunca más en ello.

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