Mi hijo II/II

(Primera parte aquí)

Pronto toda la ropa le quedó demasiado grande; no sólo eso, alimentarle era cada vez más difícil porque las tetinas de los biberones le llenaban la boca y hacían que se atragantase. Al principio utilicé una cánula para darle de beber, pero cuando alcanzó el tamaño de la palma de mi mano tuve que darle de comer miguitas de pan mojadas en leche que le iba introduciendo poco a poco en la boca con el dedo índice.

Un día que paseábamos por el parque comenzó a llover con tal intensidad, que tuve miedo de que mi bebé se resfriara, así que lo tomé entre mis manos y los resguardé en un bolsillo, donde pensé que se encontraría a salvo de la lluvia. Corrí por Grafton Street esquivando a los turistas que hacían sus compras, llegué al cruce con Nassau y vi al pintor de aceras recogiendo sus tizas y sus tapices tratando en vano que el agua no borrara las expresiones de sus figuras; sin detenerme en los semáforos, alcancé O’Connell Street y me golpeé con un grupo de jovencitas que salían del SuperMacs y que me increparon en inglés… Corrí y corrí y cuando llegué a casa, comprobé alarmado que mi hijo había desaparecido. No estaba en mi bolsillo. Salí rápidamente a la calle a buscarlo ¿era posible que se hubiera caído durante la carrera? Después de unas horas de búsqueda sin fortuna me senté bajo un portal a que parara la tormenta. Los pequeños ríos y charcos que se formaban en las aceras y que iban a morir a las alcantarillas me hicieron sentir por primera vez en mucho tiempo una tristeza indefinida que aún hoy, en Francia, no me ha abandonado.

Esa misma noche dieron el alta a mi chica. No preguntó jamás por el bebé. Esa noche se metió en la cama con las manos apretadas contra el vientre y un gesto de dolor contenido. Yo la abracé y nos quedamos dormidos hasta el día siguiente. Nunca hablamos de nuestro hijo: fue como si jamás hubiera existido. No fue difícil recuperar mi puesto en el Banco, ni volver a la vida que había tenido antes del nacimiento de mi hijo. Todo era igual que antes.

Este es el testimonio último de único hijo que tuve y del que apenas recuerdo algunas cosas. No recuerdo su nombre, ni su cara, ni el color de sus ojos. ¿Casi un sueño? Casi algo verdadero. Mi hijo fue llevado por alguno de los riachuelos que formó la lluvia aquella noche, cayó dentro de alguna alcantarilla y habría sido transportado por la corriente hasta la mar, donde se hubiera alimentado de sales y algas hasta alcanzar el tamaño justo para poder elevarse junto al agua evaporada por el sol. Después, formaría parte de alguna nube que cualquier día gris descargaría sobre St. Stephen Green. Con suerte, caería sobre tierra fértil y quizá entonces, comenzaría a florecer, a crecer, esta vez como un hijo verdadero, no carne sólo de mi carne, sino como un diente de león o un morronguillo. Quién sabe, puede que en ése momento lo encuentre y lo reconozca, y puede que pueda darle entonces un nombre.

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