No escupas en mi tumba

I – Lo buscas, lo has probado, es una miel demasiado cercana, demasiado próxima a la química de tu piel. Bienvenido a tu júbilo, amigo.

II – El tipejo de abajo estuvo en Dublín varias veces y ni me molesté en ver de quién se trataba.

III – Ya no puedo leer otra cosa que poetas del hiperrealismo urbano, habrá que retomar, como me sugiere Fánegas de los Pinos, a los clásicos de nuestra adolescencia. Me recomienda La Naúsea, aunque yo soy más de ese Bogart francés llamado Albert Camus. También habrá que seguir la pista a Boris Vian, de quien me metí en una tarde Escupiré sobre vuestra tumba o J’irai cracher sur vos tombes en mis tiernos 15 años y logró levantarme una de las erecciones más salvajes que recuerde leyendo un libro (¡si no la única!). Además murió en la proyección de la película homónima, lo cual le da el toque bizarro a la cosa.

Así que para suplir tal pérdida yo me aficioné al suicidio. Ya sé que esto puede sonar macabro o descabellado pero a mí me ha servido para precisamente no morir de aburrimiento cada jornada. Por la mañana me despierto a eso de las siete y media, me calzo mis zapatillas de estar por casa, realizo algunos estiramientos y me dirijo raudo al cuarto de baño y mientras me cepillo los dientes, comienzo a planear qué muerte debería cometer ese día. Una vez decido, entro en la ducha y exploro los detalles menores del suicidio. Si, por ejemplo, he elegido ahorcarme en la cocina pienso en dónde debería comprar la soga, ya que no vale cualquier cuerda comprada en un supermercada: debería ser alguna parecida a la que usan los barcos para amarrarse al puerto. No hay muchas ferreterías cerca de mi casa, así que tendría que desplazarme en el descanso del desayuno a un supermercado de bricolage a las afueras de la ciudad. Allí tendría un género lo suficientemente extenso para pasar el día allí: cuerdas para tender la ropa, cuerdas para embalar, cuerdas ásperas, cuerdas de tacto agradable, de material sintético, coloridas y clásicas. De paso, me detendría en la sección de menaje para adquirir un gancho o polea que pudiera instalar en el techo de la cocina, ya que el único punto fijo es de la lámpara y mucho me temo que no aguantaría el peso de mi cuerpo pendiendo en el aire. Aunque claro, investigando por foros de internet, he descubierto que no es necesaria tanta parafernalia para llevar a buen término la muerte de uno mismo. Según he podido leer, los cables eléctricos de la general pasan justo por encima del frigorífico, así que bastaría abrir un boquete en la escayola, arrancar un par de sujeciones (con cuidado de no electrocutarme) y después asegurar el resto, realizar un lazo y colgarme allí mismo. El problema, como siempre, es la resistencia. He pensado en otras alternativas, como por ejemplo el cuarto de baño o mi propia habitación, pero las casas modernas parecen construidas a propósito para evitar la muerte intencionada: ya no hay maderos que atraviesen los techos de un lado a otro, balcones lo suficientemente resistentes o altos – acabaría cayendo en la terraza del vecino con probabilidad de que alguien me viese y me salvase, con la consiguiente molestia a la policía, ambulancia y psiquiatras. Otras formas incluyen arrojarse desde un edificio alto, tarea que se me antoja difícil por el hecho de vivir en una urbanización de chalets donde lo más que conseguría sería romperme el apéndice o un pie y aparecer en la portada del diario local, con el consiguiente escarnio de los vecinos. Los barbitúricos son difíciles de conseguir, las cuchillas de afeitar demasiado endebles, los gases del coche son inocuos debido al frenético uso de carburantes ecológicos que no contaminan y así un largo etcétera que exploro cada día que pasa.
Mis días son más largos que los tuyos. Giovanni Materazzi

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