Uno es el poeta, Jaime Sabines

De verso llano, directo y algún mesticismo; y de una elegía (Algo sobre la muerte del Mayor Sabines) con tintes más modernos (es el cáncer el que le atrapa) que en Miguel Hernández, Lorca o Jorge Manrique está lleno uno de los dos únicos libros editados de Jaime Sabines en España, Uno es el poeta, editado por Visor hace un par de años.

No debe confundir al lector o al crítico la tonalidad ligera, casi de celebración romántica de muchos poemas Jaime Sabines. Porque al igual que el Neruda de los poemas de amor, o Benedetti – antólogo frecuente del mexicano -, bajo la apariencia de poesía para enamorados se esconde una reflexión constante sobre la condición humana en todas sus virtudes y defectos: la metafísica, la política, la irónica.

Os dejo con la que yo creo es la parte más emotiva del poema dedicado a su padre, incluído también en la antología Las Ínsulas Extrañas. Este soneto en concreto y no otro porque cuando lo leía iba de camino al curro en el último asiento de un autobús, en un atasco en medio de la carretera de Vicálvaro a San Blas. Y ahí en medio, pensé en mi padre, pensé en el padre de Jaime Sabines y me dió, ¡cosas de la vida!, por echarme a llorar.

Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo
que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.

Eras, cuando caía, eras mi abismo,
cuando me levantaba, mi fortaleza.
Eras brisa y sudor y cataclismo,
y eras el pan caliente sobre la mesa.

Amputado de ti, a medias hecho
hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,
desmantelada el alma, abierto el pecho,

Ofrezco a tu dolor un crucifijo:
te doy un palo, una piedra, un helecho,
mis hijos y mis días, y me aflijo.

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