Haneke en potencia, Fritzl en acto.

Hace algunos meses, mi cosmovisión netamente gafapastil/gafapastosa me hubiera llevado a defender al enfant terrible Haneke como la cumbre del cine angustiexistencial indie, de no ser por la aparición en escena (no está de más recordar que la TV es un cine en sesión continúa, con la mala suerte de formar también nosotros parte del espectáculo) de Josef Fritzl, ese vejete tan gris que encerró durante 24 años a media familia en el sótano de su casa.

Dada la monstruosidad netamente humana del acto en cuestión, es hora de enterrar por siempre a Haneke: difícilmente se puede llegar a reflejar en la pantalla un extremo tal de crueldad sin caer en lo gore y lo absurdo. ¿Qué se hace después de 24 años sin apenas ver la luz del día? ¿Cómo siente uno que las cosas que veía a través de la televisión tienen una existencia corpórea, táctil, olorosa? ¿Son, después de las cuatro paredes del zulo, vertiginosas las avenidas, los bulevares, los cafés poblados como mareas ruidosas, llenas de humo, de gente? En El Séptimo Contiente, una familia siente el mundo de afuera como su particular prisión y por eso se encierran en casa para deshacerse de lo que los define: muebles, teléfono, dinero. En Caché Auteuil está prisionero de la culpa más inocente: la de los pecados de la infancia.

Pero como siempre, me intrigan las razones del lobo. ¿Cuál es la sensación de pérdida después de que sus esclavos ganaran la libertad, la de un padre, la del tirano, la de un preso de su propia obsesión? ¿Dónde queda el lugar del lobo sin todo lo que lo convierte en lobo?

Hoy no hay canción para esto.

3 comentarios en «Haneke en potencia, Fritzl en acto.»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.