Al hombre del futuro

Hombre del futuro de dentro de dos días,
que se me había olvidado contarte una cosa que me ronda las mentes últimamente. Te preguntarás el porqué de escribir. O tal vez no, y tan solo se trate de una vanidad pasajera de todos los escritores. Vanidad un tanto fuera de lugar, todo hay que decirlo, porque seguro que tú, que no eres más que un fontanero, un cocinero, un telepizzero o cualquiera de esas profesiones que no producen esos regüeldos gustosos de cultura que sí produce el escribir una novela intimista o de corte minimal, o donde se cite a San Agustín y a Calvin Klein en el mismo párrafo; seguro que tú sí que no te preguntas el porqué de tu profesión, ni la esencia de la silicona, la magia bicarbonatada de la levadura, o porqué el secreto está en la masa.

Nosotros que en cambio nos tiramos todo el día entre perífrasis y anacolutos tenemos la necesidad imperiosa, tan imperiosa que ni el propio Napoleón la contuviera en sus pololos, de decir al mundo porqué escribimos. Pues yo digo ¡ea! ¡basta ya! Hombre del futuro de dentro de dos días transmite este mensaje a los escritores de tu generación con gonorrea autocomplaciente:

– Que no escriban por melancolía otoñal, para la melancolía ya está el mismísimo otoño, un clásico: bastantes hojas ya se caen de los árboles como para encima malgastar unas cuantas más describiendo algo que se muestra por sí mismo.
– Que no escriban por creerse muy listos, a día de hoy, todo el mundo sabe leer y escribir, así que es más difícil que antes engatusar incluso al más tonto.
– Que no escriban sus memorias, ni sus viajes. Lo primero no existe y no tiene orden, lo segundo se llama turismo de cultureta. Todos los posibles viajes a la India de todos los posibles nórdicos de todos los mundos posibles, ya están escritos de todas las maneras posibles en el Bhagavad Gita. Y las sopas de moscas no van a aportar nada. Y por supuesto no escribas un libro sobre el Bhagavad Gita. Sería una redundancia cercana al borgianismo.

En definitiva: que escriban por aburrimiento, por dinero, porque están presos y hartos de mandarle cartas a su madre y su amada, porque hace frío y la tele no funciona, el internet anda a pedales y la biblioteca está cerrada. Escribir debería ser lo último que se debería hacer en la vida. Escribir detiene al menos dos vidas: la del escritor y la del lector que para de siliconar o levadurar o amasar para leer su experiencia cercana a la muerte. Escribir es siempre escribir cosas muertas para los muertos.

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