La carta de amor que me perdieron en un avión. (Una historia con final feliz)

Una historia con final feliz

Y ¡al fin! lloró desconsoladamente sobre la almohada. Los ojos se le habían resistido durante toda esta semana en la que había hecho todo lo posible por distraerlos: ir al teatro, al cine, a los museos. La había maldecido, qué poco respeto, qué arrogante, dejarme a mí, incluso llegó a taladrar los oídos de algún amigo que ya no lo sería nunca más (por pesado), pero claro es que ella ni siquiera se había dignado a quedar, a montar la escenita como está mandado, en la plaza o en un café, con un té tembloroso entre las manos no menos temblorosas; no, en vez de eso, cogió el teléfono y le dijo que ya nunca más, que ya estaba bien y que quería vivir su vida (la de ella).

Y, claro, todo fue porque, según él pensaba -pero él pensaba siempre, y no siempre era bueno-, el día anterior había estado taciturno, violentamente taciturno, y cuando ella se puso a llorar en el ascensor de su piso, y a perdonarse y a odiarse cada cinco minutos, creía que se trataba solamente de una crisis pasajera (él no lloraba nunca, le dejaba ese trabajo a ella, a veces sucio a veces alegre) y que volverían a ser felices. Como cuando ella cogía un avión de improviso y se presentaba en su piso con una peluca y un vestido que había escogido para él; o él reservaba una habitación de hotel, algunas desastrosas y funcionales, otras de lujo e igualmente funcionales, pero no importaba, porque días antes ella le había dicho: te quiero, y era un «te quiero» tan cálido que aún a pesar de su pose canallesca y su aparente frialdad de gentleman tuvo que frotarse los brazos para que ella no se percatase (me he percatado, te has percatado, nos hemos percatado) de lo erizado que tenía el vello.

Tan erizado como el aftermath de la primera noche, allí en el parque poniendo caras estúpidas frente a su cámara, besándose y contándose sus vidas como si llevasen esperándolo toda la vida (la de él más larga, la de ella más intensa), y eso que sólo habían pasado unas doce horas desde la obra de teatro a la que él la invitó, y unas catorce desde que él entró en el café, hecho un auténtico basilisco porque ella se había retrasado más de quince minutos, qué niñata, hacerme a mí esto, y entró en el café, se quitó el sombrero, la miró y ya supo que ambos estaban en problemas, porque a él se le había atragantado el cabreo y no podía decir ni mú (tan impropio de él, siempre con la lengua afilada) y ella se había ruborizado ante aquél tipo que escribía tan raro y tan firme, y él supo que su vestido y ella estaban hechos o hechas de las mismas flores, y que a eso lo llamaban flechazo de amor, y que aquello no estaba tan mal, aunque le trajera problemas.

2 comentarios en «La carta de amor que me perdieron en un avión. (Una historia con final feliz)»

  1. Me hubiera gustado muchísimo leerla en el avión de camino a Milán o mejor aún, aquel día que empezó a llover con rabia mientras estaba en la tienda de campaña y se oían retumbar los truenos entre los Alpes.

    Ais este Andrés…en fin, me la imprimiré para conservarla. Aunque siempre me han gustado más las cartas a mano.

    Un beso pep… 😉

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