Cuaderno de Marrakesh – El guía (I)

De los inconvenientes más agradables y a un mismo tiempo, emocionantes, de los que puede padecer un viajero es ser incapaz de entender un mapa. En Marrakesh poseer un plano resulta de poca utilidad ya que la mayoría de las calles no poseen placas rubricadas que las distingan. Incluso en las avendias principales, donde quizá sería de utilidad indicar direcciones a los automovilistas y ciclomotores, esta señalización tampoco existe: es más, si algo hay indicado son rutas a otras ciudades, que a su vez carecerán de las mismas placas convirtiéndose el país en una red de calles desconocidas.

El museo

Después de deambular sin ton ni son por varios museos en los que, a decir verdad, tenía escaso o nulo interés, he ido a parar a la zona de los bazares, justo al lado de la plaza de Jemaa el Fna (mi intención inicial era ir al barrio judío, pero una vez más traté de orientarme con un papel escaso, y por ir al Norte fui al Sur. Los museos y ruinas son, a fin de cuentas, tan ajenos a los lugareños como a los propios turistas (no se ven otros marroquíes más que los trabajadores del lugar). Ajenos porque quedan lejos de su cultura, de su tiempo y de su modo de vida, y los recursos de los que dispone un país como Marruecos para convertir una vasija hecha añicos en una sugerente historia, convenientemente tamizada y triturada con metáforas occidentales para deleite de los ídem son nulos. En conclusión: lo más que puede hacer el turistas allí es leer las inscripciones parejas, asentir indiferente y pasar la tarde abanicándose, esto es, más o menos que lo que podría hacer en cualquier museo de Londres o París.

El guía

En el bazar apareció un guía espontáneo que me salvó del atropello de una moto. No hay lugares delimitados en lo que a tráfico se refiere: calles, aceras, incluso parques públicos son lugares consentidos de circulación. Los semáforos las más de las veces son optativos y sin embargo, por algún extraño orden dentro del caos, las veces que vi un embotellamiento fueron pocas, comparadas con los estivales atascos mastodónticos de nuestras carreteras nacionales de cuatro carriles y arcén. Mi guía espontáneo hablaba un francés más correcto que el mío, y en todo momento me trató con educación y respeto. En ningún momento se habló de dinero, e incluso antes de empezar la visita mencionó que él no hacía eso por unos cuantos dirhams (por amor al arte, ¿quizá? Soy un poco incrédulo).

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