Diario de rehabilitación – Día I

El asunto de inyectarme tampoco me llamó mucho, una mala experiencia con fentanilo me hizo desistir por completo del asunto de los opiáceos que es lo único que uno puede inyectarse sin miedo. Era paradójico lo fácil que era encontrar pastillas de codeína o morfina, o ampollas de fentanilo en la enfermería de cualquier consulta particular, cuando no en el hospital. Además, era limpio y elegante: no había que conducir hasta Valdemingómez para conseguir una dosis de C21H23NO5, aquí tenías cajas enteras sin cortar.

No había nada de particular con la morfina ingerida, salvo respetar los tiempos. Una o dos pastillas servían para alcanzar el duermevela que te hacía fantasear, sobre todo si uno se encuentra a solas. Los opiáceos no son sustancias recreativas. Las reacciones físicas no son agradables puesto que en ningún momento se logra dormir aunque tampoco se encuentra en completa vigilia, así que se entra y sale del sueño casi constantemente, lo cual le revienta a uno. Es mejor no moverse demasiado, se pierde el equilibrio, uno puede cortarse y no sentir nada hasta la mañana siguiente, cuando todas las sábanas están manchadas de sangre. La percepción del tiempo se dilata como cuando se fuma chauen.

En ocasiones, alguien la tomaba con demasiada ansia y acababa vomitando al menor movimiento. En realidad, todos acabábamos haciendo lo mismo en algún momento o en otro, así que comenzamos a machacar pastillas de codeína y a esnifarlas. Eso te destrozaba el tabique y el efecto no era mucho más rápido. Una noche, después de acabarnos un par de botellas de J&B compramos un par de jeringuillas para diabéticos en una farmacia de guardia y nos inyectamos fentanilo. Comencé a sentir picores por todo el cuerpo casi inmediatamente y la boca se llenaba de una saliva espesa, “como bolas de algodón”. Nos tiramos en un sofá y pusimos “La mirada de Ulises” de Angelopoulos y antes de que terminara el plano secuencia con los manifestantes apagando las velas, me quedé dormido. Al día siguiente, tenía el cuerpo destrozado. Conduje hasta mi casa y no encontré las llaves, vomité bilis en el jardín. Tuve  resaca durante dos días.
Diario de rehabilitación, Fernando Cifuentes

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