Diario de rehabilitación – Día II

a) No sabría decirte cuánto fue, pero desde luego no fueron la «puntas» que te pones en un pico del DNI y esnifas rápidolimpiamente. Podría haber sido lidocaína, yo que sé, hubo quién creyó tomar «cocaína uruguaya» y que por eso picaba tanto. La keta es muy rápida tomada en esa cantidad: te desplomas, te hundes en un hoyo y aunque siempre hay alguien empeñado en que te mantengas de pie, no existe lugar más cómodo para el trance que el suelo. No importa que sea alabastro o parqué, incluso el hormigón (en un hangar a las afueras de la ciudad) resultan tan cómodos como un colchón de viscolátex. Tienes la piel cubierta de gomaespuma y te piensas con la fuerza y energía suficientes como para hacer el pino con dos dedos. Lo mejor es la disociación, si es que esperabas la disociación: actúas y hablas normalmente, puedes llegar a discutir temas de relativa profundidad de manera automática con un lenguaje correcto, como si hubieras dejado un pelele en tu lugar mientras que tu única preocupación es pensar cuánta carrerilla debes tomar para saltar desde la terraza del piso en el que estás hasta la terraza del bloque de enfrente, cómo mantenerte en el aire o impulsarte con los árboles que hay entre medias y finalmente qué excusa donarle al sorprendido vecino. En Valencia llegué a pensar que podía trepar por las paredes. Más que pensamientos serios son ocurrencias divertidas: que puedes mantenerte en el aire durante unos segundos o que exudas conciencia(s). Esto último es bastante frecuente: cuentas con más personas de las que realmente hay, por eso tienes la sensación de estar rodeado de mucha gente.

b) Lo cierto es que yo andaba mucho más atenta a B. que a los monólogos de mi chico. Nos pasábamos la guitarra, hablábamos de acordes y canciones fáciles de tocar. Mi chico se levantó, cogió unos poemas y comenzó a revisarlos. Le pregunté entonces si podía leer alguno de ellos en voz alta. Me dejó uno y empecé a recitar, pero entre la keta, el cansancio y que el poema no tenía ni una maldita coma o pausa en las dos páginas que ocupaba, me entraba la risa y puse caras extrañas. Mi chico me arrebató el poema de las manos, lo leyó para sí y después lo tiró al suelo y lo pisoteó. Parece que le molestó darse cuenta de que aquel poema era malo, no sé, me dio un tanto igual. B. y yo continuamos con la guitarra y mi chico fue a preparar más keta.

c) El método de preparación es sencillo: se abre un bote y se vierte en un plato llano. Después se introduce en el microondas un minuto o dos, hasta que se evapore todo el agua. El residuo se raspa con una tarjeta de crédito y se machaca hasta que quede pulverizado. El polvo es muy blanco y muy fino. También hay quien lo bebe directamente: nunca la probé, pero tratándose de un anestésico no me fiaría.

Diario de rehabilitación, Fernando Cifuentes

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