En varias iglesias de Sevilla pensé lo siguiente

Cuando fui más católico – y siempre, en todo hombre, hay una edad donde lo mágico es menos austero, menos resentido con lo físico y lo razonable – solía acudir a la parroquia a rezar, incluso fuera de los pertinentes servicios y le rezaba a Dios por cosas tan violentas como el final del hambre y de las guerras y los dictadores. Pasó Dios a lo largo de mi adolescencia, se quedaron las guerras, eso sí, y estas permanecían tan presentes y tranquilas como las teleseries, como el Equipo A, como Modern Talking, o la Transición de Mr. Proper a Don Limpio, todo aquello era de alguna manera muy gratificante en el sentido audiovisual: el fusilamiento de Ceacescu ocurrió el mismo día de mi cumpleaños, Sadam cayó para las rebajas de Febrero, la Segunda Guerra del Líbano al comienzo de las vacaciones de mi primer trabajo; luego, por una extraña rémora moralista volví a Dios y le pedí que nunca, nunca hubiera una guerra audiovisual en mi país, que bastara con un conflicto armado, tan cruento como fuera necesario pero sordo y ciego, una vendetta del Kanun albanés, un ajuste de cuentas mafiosi, pero por favor, Dios, nada de soldados atravesándome el cuello en Betacam, ni largas columnas de ancianas empañoladas transportando colchones sobre mulas anoréxicas, no más estudiantes con pañuelos sobre la boca y pateados y repateados cien veces para deleite de futuros columnistas nostálgicos. Le pedí a Dios todo eso y luego le pedí la ceguera: no saber nunca más de ninguna guerra, de ninguna desgracia, ser ciego, sordo y mudo; mejor que todo eso: le pedí ser manco para no juntar las palmas y no tener con qué rezar.
Todo da lo mismo, Ron White

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