Un elefante en el salón

Tengo la impresión de que, desde que me convertí en un elefante, mi mujer y mis hijos hacen todo lo posible para evitarme durante el día. Esto que digo no es más que una sospecha que aún no me he atrevido a aclarar y, para ser honesto, no tengo ninguna intención de espiar las conversaciones que mantienen a mis espaldas, caso de que las hubiera. Hace un par días me sentí tentado de preguntarle a mi esposa, de manera frontal, si había pactado el silencio por mi condición de paquidermo. La duda se me enquistó a raíz de descubrir una tarde a toda mi familia reunida en la cocina con cara largas y en silencio. Parecía que mantuvieran una asamblea. En cuanto se percataron de que les observaba, se miraron entre ellos, no abrieron la boca y se dispersaron. Todas estas actitudes sospechosas como por ejemplo la de no recibir ninguna queja cuando destruí por accidente el adorno de cerámica que mi hija me regaló por el día del padre. No solo la ausencia de una protesta o advertencia contra mi torpeza sino la abnegación y pasmos absoluto con el que mi hija se lanzó a recolectar los trozos de su manualidad destruída y a deshacerse de ellos, como si se tratara de una mascota que hubiera asesinado por mi inoperancia y que no debiera ver para no sentir culpa.
Si finalmente no exigí a mi esposa una explicación fue por evitar que me apuntara con los ojos mientras arruga la boquita y después, mascullando algo entre suspiros y ayes terribles, mascullara algo entre dientes y expulsara un ignominoso «nada», ademán que por otra parte me sulfura. Conozco el enojo de mi mujer y estos gestos acrecenta mi ansiedad y mi irritación porque es su manera de protestar: «¿es que acaso no te das cuenta? ¡Eres un elefante!»

Un elefante en el salón, Alcestis Logoi

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