Oscuro útero

Si solo viviera para cubrir con una pátina de letras las hojas que dispone la tierra en la que yazgo, mejor no haber nacido. Porque al rebufo de la lengua, uno solo escala a trompicones por la vida, y halla que su tarea volátil estaba predestinada a ser devuelta a la semilla y enmudecer. Más vale el pájaro que viaja del charco al árbol para apaciguar la sed de su madera, que el frío efímero de la inspiración.
Haber nacido, eso sí, abriendo la herida en el vientre de la madre, erguirse como una interrogación en nuestros primeros pasos y comprender al fin que no son nuestros zapatos los que desbrozan el andar.
¿A qué esa urgencia, entonces, de atarse, de darse a conocer a la luz, cuando en la matriz el pequeño ser que fuimos se nutría y crecía en la sombra?

Así, nuestra oración que cultiva el silencio en la oscuridad.
No hábilmente como lo haría un ciego,
sino abisal, torpe,
colmado de ternura y padeceres,
agitando las manos en el aire,
como el niño que comienza a andar.

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