El arte de la seducción

Permanecí tres meses
sentado junto a la ventana
que da a mi calle.

Se detenían coches, aparcaban
recogían a sus niños, pitaban
a los abuelos, gatos arrollados
bajo el caucho de sus espuelas.

Ninguna de estas cosas poseía color,
ni me eran agradables,
pero allí me quedé, sentado,
observando al portero que cortaba
los setos mientras la mujer dormía,
y él no andaba borracho
del triste vino, triste, de las tascas
del barrio.

El afilador con su harmónica
titiritera y la piedra
de afilar a horcajadas de la Vespa.

Los SIMCAS con megáfonos
irradiando canciones de colores
desleídos y hablando de González
o de otro concejal del CDS.

El esperpento de la cabra
subiendo la escalera a ningún sitio
y que bajaba de nuevo al asfalto
a recoger limosna con las patas
ennegrecidas por el alquitrán,
picadas las pezuñas por la grava.

Quizá sea ahora cuando debiera
decirte que el poema que lees
es un itinerario inconsciente
por mi infancia y años solitarios
de mi adolescencia.

Me enamoré de ti
y pasé varios meses anhelando
que cruzaras mi calle,
y yo habría quedado muerto
de pánico tras las cortinas
sin siquiera bajar para ayudarte
a volver a tu casa.
Hoy escuché tu nombre y tu historia
clínica. Algún tipo te envenena
el corazón y vives, otro
lo encuentra y lo muerde,
el último lo tira en una caja
al Río Henares.
Tomas Tranxilium,
y no puedes dormir. Insectos
te devoran la piel. González no ganó.
Yo quiero terminar con el poema
y con todo este juego.
No puedo.

2 comentarios en «El arte de la seducción»

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