El juego era el escondite

El juego era el escondite. Lo jugaban cada tarde, la niña, su abuela y el piso de tres habitaciones donde convivían con los padres de la niña, cada tarde, después del colegio y la merienda. La niña se escondía siempre en tres lugares: debajo de la cama de sus padres, en la bañera y en el armario de la habitación de la abuela. La abuela contaba uno, dos, tres y los pasos cortos y prietos de la niña resonaban por el pasillo. Luego, la abuela anunciaba su presencia allí por donde pasaba. Se hacía preguntas en voz alta, «¿dónde se ha metido?» «¿se ha perdido la niña?» Tras un par de minutos la encontraba y vuelta a comenzar. A veces jugaban al escondite hasta que volvían a casa los padres de la niña. La abuela no se alarmó cuando no encontró a la niña ni debajo de la cama, ni en la bañera, ni el armario. Siguió lanzando las mismas preguntas al aire, mientras agradecía a Dios que le hubiera concedido a su nieta la inteligencia para esconderse de su abuela. Movió algunas mantas, miró bajo las tablas de la cocina, abrió los armarios que nunca utilizaban, registró los sofás, las mesas con mantel, detrás de las cortinas. Buscó durante cuarenta minutos. De vez en cuando se detenía y prestaba atención, en silencio, esperando que un murmullo, una risa o tal vez una carrera de un escondite a otro delatara a la nieta. La mujer, intranquila, salió del piso. Esperó unos segundos en el descansillo y dio la luz. Llamó a la puerta vecina y le preguntó por la nieta. La vecina se preocupó y se unió a ella. Llamaron a las dos puertas de enfrente. Después preguntaron a los vecinos de la planta superior y a los de la inferior. Por último, acudieron al portero. Nadie había visto a la niña. Varios vecinos se introdujeron en el apartamento y revisaron cada una de las habitaciones. Apartaron las sábanas que cubrían los fondos de los armarios, cambiaron los muebles con libros y comprobaron que no se había escondido en el espacio que queda entre la pared y las tablas. La abuela, mientras tanto, llamó a la madre de la niña. La madre de la niña acudió de inmediato. Llamó al padre. Se avisó a la policía y se puso en marcha un dispositivo urgente de búsqueda por todo el barrio. Mientras la policía interrogaba a cada familia del bloque, el padre y la madre de la niña, junto a algunos vecinos, sacaban a toda velocidad todas la pertenencias fuera de la casa. Se daban instrucciones en voz alta y se sudaba cuando las sillas eran transportadas fuera mientras la abuela apilaba los libros, la ropa interior, los zapatos y otras pertenencias en el descansillo de la escalera, mientras un corro de vecinos susurraba y se lamentaba de la fortuna de la abuela. Un niño se acercó a unos muñecos de la niña y fue reprendido por sus mayores, como si el juguete se hubiera transformado en una corona funeraria que guardara el recuerdo de su antigua propietaria. Después de varias horas, ya no entró ni salió más gente de la casa. Los vecinos volvieron temerosos a sus casas, la policía regresó a la comisaría y la abuela, que esperó a que el descansillo estuviera vacío y los últimos ánimos cayeran sobre ella, entró en el apartamento. Ahora, sin mobiliario, ni decoración, con pelusas rodando por el suelo y papeles que se habían derramado sobre el parqué con el movimiento del escritorio, parecía abandonado.
Dos años más tarde la abuela murió a causa de una insuficiencia renal. Las energías fueron abandonando poco a poco a los padres de la niña, que se dejaron llevar por una melancolía innombrable y desistieron de continuar buscando a su hija. Abandonaron el piso al poco de morir la abuela y se trasladaron a uno más pequeño, con menos habitaciones, para que no quedara ninguna vacía que les recordara a su hija. No lograron venderlo y el piso quedó cerrado salvo para el portero del edificio, que de vez en cuando subía a ventilarlo y a inspeccionar con tristeza los rincones donde la niña podía haberse escondido. Los vecinos fabricaron historias oscuras como que la niña había penetrado en alguna grieta en un tabique y había quedado atrapada entre los tabiques, que había trepado por el hueco del extractor de humos y había muerto asfixiada o creaban suspicacias en torno a la bondad de la abuela.
El edificio, en estado ruinoso, fue planificado para su derribo años más tarde. Todos los antiguos inquilinos fueron recolocados en nuevos bloques, siguiendo el mismo orden que el que guardaban en el barrio. El día en que las empresas de demolición acudieron con excavadoras, cizallas y martillos, se encontraron con una pareja que les rogó poder asistir a todo el proceso de demolición. Durante dos semanas, los padres de la niña permanecieron tras las vallas de protección sin perderse un solo movimiento de las labores de demolición y desescombro. Cuando la jornada en el tajo concluía se marchaban a su nuevo piso, pero al día siguiente los trabajadores los descubrían revolviendo los contenedores y vagando entre las ruinas del edificio. Se les expulsaba y volvían mecánicamente a su posición detrás de la valla. La pareja desapareció el mismo día que las obras terminaron y en el lugar donde se levantaba el edificio quedaba un solar calvo, ridículo, solitario, entre los nuevos edificios que se habían ido construyendo a la par. Los niños del barrio lo tienen como su lugar favorito para sus juegos.

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