Diario de Londres I

Y de repente, todo comenzó a ir más lento. La virulencia de los conductores de mi barrio, que antes me producían ataques de ansiedad, se convirtió en una ira mal contenida que apenas se atisbaba a través de los cristales de los coches. Los peatones arrastraban los pies en los pasos de cebra y los ancianos, a quienes tantas veces compadecía por sus caminares artríticos, se detenían en mitad de la acera. Como estatuas impávidas en una estampa postal, me observaban con una mirada aterrorizada y lamentable cada vez que subía a mi piso.

La ausencia de velocidad, la engañosa percepción de los movimientos microscópicos que se supone a las células de un cuerpo vivo, los lentos tragos de una botella de vino que aún conservaba en un armario de la cocina ya no significaban nada. La lentitud desprende de significados a las cosas, la sintaxis del mundo había llegado a su fin; y no se trataba de un mundo pequeño: todavía añoraba las vanas banderas a las que, cuando éramos más ingenuos, saludábamos con un cigarrillo en la mano y un gintonic en la otra.

¿Cuándo dejaron de aburrirme el precio de los apartamentos, la competición por las tarifas telefónicas, la organización de un boda, la crisis económica? La menos encomiable, la menos romántica de las opciones eran la única justa: guardar silencio. Porque tampoco asumir un cinismo juvenil, el cinismo de botellón, la pobre imitación de una filosofía punk con tazón de leche por las noches era ya justo: hace falta mucho descaro.

Manuel
Y dirige una inmobiliaria. Le va bien. En el sueño trabajaba para él. ¡Menudo trabajo! Consistía en darle la extremaunción a muertos. Durante todo el día.

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