Diario de Londres VII – Amados monstruos inmobiliarios (2)

Una de las grandes cualidades que se exigen tanto a los humoristas como a los timadores, jugadores o, en general, artistas del engaño es la contención: mantener un semblante recto, seco y sobre todo no forzado, mientras se narra un chiste o se despluma a un inocente, es una cualidad que por sí misma delata un oficio.

Esta mañana, mientras recorríamos el mundo a través de los ojos de Londres (las ruidosos mercadillos de Elephant&Castle, las sórdidas Docklands bengalíes u la estúpida Oxford Street, conocida como la M30 londinense por las taladradoras que la percuten todo el día) un individuo nos ha enseñado lo que sería, previo pago, nuestra habitación. El caso es que no era una habitación: era el salón. Ante la posibilidad de que un lapsus hubiera asaltado a mi futuro compañero – pues en el living tan solo había un sofá desvencijado, forrado con mugre- le pregunté si aquella iba a ser nuestra habitación, y me quedé a mitad de frase, porque descorrió una sábana que parecía cubrir un armario y mostró la cama doble. No sonrió un instante y a mí me sorprendió este detalle, porque afeaba el número: si hubiera dicho ¡tachán! justo después de correr la improvisada cortina, me caigo redondo al suelo.

Hace un par de días nos abrió una rusa: ella misma había alquilado el piso, de tres habitaciones, cada habitación (estrechas como un barquito dentro de una botella) venía a salir por 800 libras. Pero lo más curioso del asunto no era que se tratara de mantener con nuestro caudal a la estudiante rusa, sino cómo recibía a los inquilinos: debían ser en su mayoría hombres, de ahí el vestido ceñido, recortado por encima de las rodillas, escote ligerito, dejando al aire unas lolas de las que, humanamente, era imposible despegar la nariz. En el momento de recibirnos «estaba estudiando estadística» de esta guisa, fresca, satinada, muy eslava. La habitación grande ya había sido reservada de inmediato por un soltero que la había visitado minutos antes que nosotros.

Lo mejor de Londres y de la estomagante contención de sus modos, es que uno no sabe si visita una habitación o una obra de arte. No faltan críticos que adviertan de la gran farsa de la que vive el arte moderno, que el chito se va a acabar de un momento a otro y que van a acabar todos en el paro. Al superávit de críticos más corrosivos podrían inventarles nuevas profesiones: críticos inmobiliarios. Un tipo nos ofrece una habitación en Oxford Street. En el anuncio son 200 libras a la semana, de repente se han convertido en 250 libras. La culpa la tiene la nueva arquitectura minimalista: lo chic, en Londres, es que la habitación no sea habitación. Aquí no había cama-sorpresa detrás de una cortina, ni sugerentes rusas que bailan la lengua tras los carrillos: no había nada, bueno sí, había un tipo encima de una mesa. En concreto había cuatro: tres serraban, claveteaban y lijaban listones y un tercero descansaba encima de un mueble del mismo material. Los cuatro me miraban como animales nocturnos deslumbrados por los faros de un automóvil, los cuatro formaban parte de una performance a 250 libras la sesión semanal, con baños ocupados, camas deshechas y ventanas tapiadas. Y este tipo no se reía.

Un tipo duerme encima de mi mesa. Si lo meto en formol, me hago de oro.

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