Diario de Londres – No gastar más dinero

El otro día me enteré de que Sonia había muerto. Charlotte, que reconoció mi voz al otro lado del teléfono, me lo soltó como si deslizara una barra de hielo a través del auricular. Luego me dijo que si quería, podía enviarme a otra escort como Sonia, que había muchas chicas que habían comenzado esa misma semana y que ya me acostumbraría. Colgué. Me molestó que tratara de endilgarme a cualquier otra fulana, pero lo que realmente me dolió es que la utilizara en el comparativo, tan a la ligera. Otra escort “como Sonia” le hubiera servido a cualquier otro putero que frecuentara el apartamento que la agencia mantenía en King’s Cross, alguno de esos tipos de la City que llegan a la puerta con la bragueta bajada y doscientas o trescientas libras asomando por el bolsillo, pero a mí, que no conocía a otra escort que no fuera Sonia, me habría asustado ante la desnudez de una muchacha real, es decir, una con pechos reales y sin pene.

Steve Reyna, Travesti

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