Diario de Londres – Donde comienzan los sueños

Una vez escuché la historia de un barbero-cirujano que había inventado un cataplasma fantástico. La medicina se aplicaba a los niños con terrores nocturnos y epilepsias. Se les ungía con la plasta y se les dejaba dormir. Al día siguiente despertaban sonrientes y relajados y cuando trataban de explicar qué habían soñado se inquietaban, se revolvían y se reían con tanta fuerza que a veces se llegó a pensar que el cataplasma empeoraba sus tiernas condiciones mentales. La realidad era más bella: los chiquillos tenían sueños lúcidos, que son aquellos en los cuales los soñadores son conscientes de su ensoñación y por tanto podían convertirse en creadores de su mundo onírico: inventaban animales imposibles, doblaban el tiempo, le cambiaban el rostro a sus padres y amigos para hacerlos más guapos o más feos, o daban paso sin freno a las pulsiones sexuales más inocentes y perversas que guardaban en sus corazoncitos, sin que el temor a ninguna ley los contuviera.

Luego despertaban y solo recordaban algunos restos de la aventura, como si el sueño hubiera sido un barco y el momento de despertar el cañonazo último que lo hace saltar por los aires. La piel era la única que conservaban la humedad refrescante de ese universo, gotas fresca se adherían, como la niebla al cabello, a la piel, más cuanto más se hubieran esforzado en jugar con sus sueños y sus fantasías.

Despertaban agotados, sí, pero toda la energía que parecían contener la hermética cabeza de los epilépticos se disipaba como la sal en un vaso de agua con los cataplasmas y las medicinas. De lo de después ya no me acuerdo. Posiblemente apedrearan al barbero por no curar a un niño con cáncer, o el Mal aparece y roba el arte mágico del pueblo, que acto seguido quedó sepultado por la lava de un volcán.

He estado pensando durante toda mi vida, o al menos durante toda mi vida consciente en lo que quería ser en el futuro. Veía a un tipo en la televisión aporreando la guitarra con voz flautil y por la noche me encajaba los auriculares en mi cama de 1.20 y mientras escuchaba los desgarradores aullidos con letra sobre lo inútil que es la existencia, me veía arrojando eructos a un público irracional y encantado con mis idioteces, y yo escribiría esas letras y destrozaría las guitarras al final del concierto.

Conforme fui creciendo quise hacerme escritor, pero no del tipo miserable que trepa desde el cubo de cangrejos donde se encuentran otros escritores, concejales de cultura, editores de tercera, libreros, etcétera, todos utilizando sus pinzas y sus patas sólidas para impedir que nadie más salga del cubo, sino un escritor del tipo que proviene de un país en guerra o en desarrollo, y se asienta en París, y cada escrito es oro y denuncia y no necesita hacer un máster, ni mandar copias y plicas a buzones de aldeas en la provincia de Soria, España. Yo quería ser más ben del tipo que llaman para un bolo en la UNESCO o con el Papa, del tipo que podría recibir o no recibir el Nóbel (según el clima político del momento) pero que definitivamente estaría en la lista.

Cuando llegué a la edad adulto, tan solo quería ser un ágil ejecutivo en mi empresa. Salvaría, con mis conocimientos en fusiones frías, a dos frágiles entidades bancarias al borde de la bancarrota, evitando que mucha gente fuera al paro en una época de crisis, sería de los que unifican nóminas, presupuestos, mantendría swaps y opciones a la orden del día, y trabajaría en oficinas en Londres, Abu Dhabi, Baltimore. Ganaría dinero en monedas de distintos países, cantidades obscenas, por supuesto. Me dejaría llevar lacónicamente por un diminuto sentimiento de vacío ante una copa de whisky de malta en un hotel de cinco estrellas de El Cairo.

El cataplasma del barbero infiel sería fantástico, pensé un día, deberían inventarlo. Así nos quitaríamos del terror nocturno y podríamos dormir tranquilos estos días. Pero en el cuento el cataplasma solo podía hacerles efecto a los niños: los que ya habían crecido, los que ya han asumido responsabilidades y la consciencia de ser alguien o tan solo de «ser» sufren un terror alimentado por sus acciones, por lo que el cataplasma solo les permitiría cambiar de terror en el sueño, como un mando a distancia de su inconsciente, para que tuvieran televisión, rock, mercados financieros y monstruos en sus sueños, también en sus sueños.

Roberto Aledaño, Diccionario de traducción

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