Seis años

Es curiosa la historia de este blog. Incluso el sustantivo anglosajón me repele, como si no hubiera un sustituto para «blog» en lengua castellana. ¿Bitácora? Ni siquiera se le aplica la metáfora correspondiente:

bitácora.
(Del fr. bitacle, por habitacle).
1. f. Mar. Especie de armario, fijo a la cubierta e inmediato al timón, en que se pone la aguja de marear.

Quieren decir cuaderno de bitácora:

~ de bitácora.
1. m. Mar. Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación.

Es de una melancolía durísima comparar un cuaderno de apuntes de intimismo plomizo, que se escribe la mayoría de las veces en un ordenador anclado a un escritorio, en un piso fulano de una ciudad cualquiera, con el cuaderno de un navegante. Nunca me he llevado bien con este blog. Aclarémoslo: nunca me ha gustado escribir en él, ni cuando más reconocimiento se le daba. Para colmo he maltratado a los pocos lectores fieles que lo seguían. Cuando no les regalaba con los fragmentos de libros desconocidos o poemas crípticos, publicaba mensajes que iban (maliciosamente) dirigidos a personas que me eran cercanas y no al deleite del lector anónimo. Un abuso. «Yo iba para algo en la vida» contiene muchos mensajes velados de amor, sí; si a las pintadas en los váteres de cualquier instituto de secundaria se les pueden llamar mensajes de amor. En nuestra casa nunca desayunamos platonismo.

Nos hemos tratado en la distancia, el blog y yo, como un matrimonio que no se habla y que cohabita en la región polar de un piso de veinte metros cuadrados. De los que aguardan pacientemente tras la puerta del baño por las mañanas y no da ni los buenos días a la mujer con la que lleva acostándose – perdón, durmiendo- veinte años; y luego protestan porque los hijos no vienen a visitarlos. A veces encendemos la tele y nos dejamos caer en una ensoñación opiácea, como cuando las cosas iban mejor entre nosotros y en el televisor ponían programas que nos gustaban y no este desconcertante ruido negro con figuras de fondo. A veces cierro los ojos y puedo escuchar un alarido que surge desde el tubo catódico.

Pero sobrevivimos. Algo nos honra y es haber mantenido nuestra intimidad con celo. No acudíamos a otras casas a grabar nuestros nombres en las puertas de sus baños ni a oler la arena del gato. Las tragedias – pero también las alegrías – las dejábamos de puertas para adentro. Si aún nos visitaban, las compartíamos.

Dejad que sea sincero. Yo dejo que el blog también lo sea. No una sinceridad banal, de patrón televidente. No: abusé de los antidepresivos. No: me quemé con mecheros. No: engañé a mis novias. No.

Me da miedo escribir, por ejemplo. Me da miedo escribir en inglés o en español, y encontrar reconocimiento. Me aterroriza que me den la funesta palmada en la espalda y me recuerden un verso que yo he escrito y que ya no recuerdo. Porque cada palabra, cada cuento o cada poema que alguien, otro, reconoce en mí, es una soga que me arrastra a una tierra que nunca quise para mí.

En el ensayo de una obra que escribí el año pasado, una actriz me preguntó «quién era X». Y no lo sabía. No sé quién es mi personaje X, no sé siquiera si es mi personaje o porqué salió así. No entiendo sus intenciones. Ni siquiera porque está allí, presentando sus respetos a la escena.

Seis años cumplió este blog, hace algunos meses. Ni siquiera sé porqué está aquí. Presentando sus respetos.

Debía estar borracho. Aún otro día
perdido, malogrado. Como siempre.

En silencio me visto y al marcharme
ella sigue en letargo. Ronca un poco.

José María Fonollosa

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