6 ventajas de asistir a un curso de escritura creativa

Algunos días atrás publiqué un post acerca de las ideas equivocadas que rodean el mercado de la enseñanza de la escritura creativa. En aquel post trataba de aclarar algunas de las falsas percepciones que se tienen acerca de los métodos de enseñanza de la escritura creativa; trataba asimismo de firmar un aviso a navegantes que no le será de utilidad a los dueños de las escuelas de escritura y a algunos taumaturgos que las habitan y que prometen convertirnos en el próximo Pérez Reverte. Pero sí les será útil a los demasiado ingenuos, a los demasiado dispuestos a soltar cinco mil o seis mil euros o dólares para aprender a hacer algo que, de todas maneras, ya sabemos hacer: escribir.

Sin embargo, no todo es codicia y ganas de robar al estudiante en las escuelas de escritura. Nada más lejos de la realidad. La proporción de buenas intenciones supera con creces la pulsión sacacuartos del empresario, universidad o escuela detrás del taller, curso o máster de escritura.

1 Un curso de escritura es una prueba con gaseosa de lo que te espera si alguna vez te da por dedicarte a la escritura de manera honesta. Exponer tus textos ante un grupo heterogéneo de desconocidos y al tipo que os enseña, es un simulacro de cómo funciona la profesión de escritor. En realidad no se diferencia demasiado de cualquier otra profesión y para sentirse a gusto en ese traje uno debe lidiar con críticos paternalistas, aduladores pegajosos, opinadores profesionales, frustraciones transferidas, neurosis, reinonas del drama y demás fauna: lo que viene a ser un día normal. No obstante el peor obstáculo al que uno se enfrenta es uno mismo: sobrevivir al ego y encontrar una visión ponderada de sí mismo y su escritura es una herramienta indispensable.

2 En toda clase hay al menos una persona que puede descubrirte un nuevo autor o un nuevo libro. Esta persona debería ser el profesor. Que podrá ser un escritor más o menos conocido, o mejor o peor profesor, pero que estará encantado de hablar largo y tendido sobre ese autor polaco que tú apenas conoces y que él bebe cada mañana junto el zumo de naranja y los croissants crujientes.

3 Puede ayudarte a entender que no eres tan listo ni tan buen escritor. Y saber que uno no es muy listo ni el gran escritor que pensaba que era es un gran alivio porque nos sitúa en la casilla de salida: aún tenemos un camino que recorrer en esto de la escritura y aún podemos aprender algo de ese proceso. Descubrir que uno carece de lecturas «esenciales» (discutible concepto, en todo caso) o que su expresión escrita es deficiente (esto sí es un serio problema) puede empujarle a ahondar con más pasión en su oficio como escritor.

4 Los papeles ocultos. No es ningún secreto que muchos profesores de escuelas creativas tienen a su vez lazos con editoriales o con jurados de concursos, si no es que da la casualidad de que ellos mismos son jurados del concurso de la editorial para la que trabajan. Yo soy un firme opositor al concepto de concurso o al sostenimiento de la endogamia vernácula; pero habrá que admitir que un alumno con posibles puede ser encaminado hacia el concurso adecuado, con el jurado adecuado y en la editorial en la que uno sueña con publicar. Que uno quiera convertirse en un escritor ganador de concursos es otra mandanga, que ya trataré más adelante, pero sea: es un paso que puede alimentar una carrera genuina.

5 Aprendes a analizar obras. Y repetimos: saber analizar una obra no equivale a saber escribirla: ahí tenemos, por ejemplo, a Syd Field, gurú de los guionistas de cine cuyos libros han ayudado a muchos escritores a escribir bombazos de Hollywood pero que a él no le ha servido para firmar un gran contrato. Sin embargo, saber analizar una obra es una herramienta formidable para la construcción de nuestras propias creaciones: nos ayudará trazar el mapa narrativo o plan dramático con más facilidad.

6 Haces amigos, y hasta puede que ligues. Esto no es una cualidad exclusiva de las escuelas de escritura y de momento no he visto ninguna publicidad que lo garantice, pero la continua exposición a la emoción reblandece las máscaras más estentóreas y quién dice no a un café para discutir el final de la historia que estamos escribiendo, sobre todo si nuestro lector o lectora está como un queso.

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