Lo del chaval que limpia váteres en Londres

Estoy a dieta de noticias. Hace unos meses me instalé en el navegador web el plugin Chrome Nanny (que traducido al español quiere decir la niñera del navegador) y que se activa cada vez que trato acceder a la página web de un periódico. Así, cuando abro los matutinos ansioso por saber lo que ha pasado en el mundo durante mi sueño, un corto pero elocuente mensaje ocupa la pantalla de mi ordenador y no me deja acceder a la página web. ¿No deberías estar trabajando? dice.

Las dietas se llevan a cabo porque uno quiere sentirse mejor consigo mismo o por necesidad médica. Se abandona el azúcar para alejar la diabetes pero también para elevar los glúteos, se deja el alcohol para que uno no le duela el pancreas o la cabeza cada domingo de nuestro calendario solar, se deja de fumar porque acelera la muerte. Yo nunca había llevado a cabo una dieta de ningún tipo, al menos no de manera consciente, pero entiendo el sufrimiento de los dietistas sempiternos, como mi padre: cuando uno se propone dejar de comer algo, beber algo o hacer algo que entiende perjudicial para sí, el mundo se confabula contra él. El que quiere dejar de fumar se encuentra con que a la entrada de cada establecimiento – sobre todo si es un bar o un restaurante – hay alguien fumando. El que quiere dejar de comer porquerías se da cuenta de que las grandes ciudades están infestadas de locales de comida rápida; y el que quiere dejar de beber, bueno, nunca vio tan fácil acceder a una cerveza salvo cuando se propuso ser abstemio. Para calmar la ansiedad uno siempre puede saltarse la regla: hoy me como un dulce, pero no más. Hoy un sorbito de vino o un cigarrillo de liar. Pero ser benevolentes con nuestro vicio acucia más su condición, su realidad oculta y viciosa, y elpequeño sorbito se convierte por birlibirloque en la curda más grande del año, y eso que aún no estamos en Diciembre.

Con cierta intermitencia y debido a mi contacto con la irritante humanidad pero no tan irritantes amigos, acabo por saber cómo va el mundo según lo escriben los periódicos. No sé cómo van las cosas en el mundo en sí, porque vivo en un barrio chiquitito y casi nunca pasa nada, excepto que a un lituano le multaron por escupir en la calle y que la asociación de vecinos protesta por la cantidad de basura que se acumula en el barrio tras las noches de juerga. Lo que sí sé es cómo los periódicos, en concreto los españoles, retratan la vida en el mundo. Que viene siendo idéntica manera en cómo retratan la vida los periódicos de cualquier país. A los periódicos les parece relevante hablar y llenar páginas durante días de acontecimientos que bien mirados, no tienen ninguna trascendencia: por ejemplo, que un padre mate a sus hijos, más propio de una página de sucesos que de un periódico serio. No tienen ningún reparo en documentar, con una precisión casi pornográfica, cómo lo hizo, cuánto tardó en hacerlo, la mirada fría que mostró durante el juicio, el dolor de la madre, el sentimiento enconado del pueblo donde vivía, en definitiva, páginas y páginas de información inservible más apropiada para una mala obra de teatro que para un periódico, cuyo propósito inicial era el de informar y consecuentemente educar. Con Internet se multiplica porque además de los periódicos informando existen infinidad de «nuevos periodistas» que aprovechan lo suculento del plato dispuesto por los periódicos tradicionales para fustigar desde sus blogs estrella la baja calidad del periodismo español y proponiéndose con disimulo como garantes de la ética jornalística del siglo XXI. Como construir una casa con excremento y esperar que no huela a mierda.

Así que estos días ha salido por los periódicos un chaval que con dos carreras y un máster está limpiando váteres en un café de Londres. Mis amigos estaban completamente indignados: quien más y quien menos, ha podido hacer de Londres su hogar y prosperar en sus carreras más rápidamente que en España. Conozco abogados, diseñadores, retocadores de fotografía, historiadores y, por qué no, escritores como yo que gracias a nuestro esfuerzo hemos encontrado en Londres una recompensa dificil de obtener en nuestro país. Me preocupa la irritación de mis amigos porque parece que en su queja se descolgaba una acusación al chaval: de ser un incompetente, de sufrir de estrechez de miras y de dar una imagen de la inmigración española en Londres completamente errónea y fuera de lugar. Pero tras saltarme mi dieta de periódicos y atiborrarme a noticias y sentirme tremendamente culpable por ello me di cuenta de que el chico de los váteres no ha querido dar imagen ninguna. Esto fue lo que ocurrió: publicó un post en Facebook y publicó un twit en el que venía más o menos a decir que le parecía injusto estar limpiando váteres con dos carreras y un máster. No, el chaval desde luego no escribió un artículo en El País, tan dado a retratar a españoles desnutridos en las colas del paro de Oslo o fontaneros trabajando en negro en Berlín. No escribió al ABC hablando de las bondades del jamón y las fiestas españolas que organiza en Sao Paulo para matar la morriña, ni acudió a El Diario a acusar al PP de que los españoles se estén yendo en masa al extranjero. Yo me imagino a Benjamín llegando a su casa después de un día de perros y dejando constancia de su malestar en su Facebook y en su Twitter, como hacen miles de millones de personas en este mismo momento en Facebook y en Twitter. Después se prepararía la cena y se iría a dormir porque al día siguiente le tocaba la misma mandanga. Ése el relato de su maquiavélico proyecto de desprestigio de la vida en Londres.

Luego llegaron los periódicos. Y crearon a Benjamín Serra, el español con dos carreras y máster que limpia váteres en Londres. Y de repente todos los españoles en Londres limpiábamos váteres y vivíamos en la cola del paro.

Post de Benjamin Serra en Facebook
Post de Benjamin Serra en Facebook

Hay dos rasgos o dos pinceladas que distinguen a un emigrante español de otro cualquiera y dejadme que construya aquí un estereotipo para su posterior derribo. Lo primero es su incensante y apasionada búsqueda de la verdad. No trato de hacer una caricatura: el español que se anda con medias verdades, que cuenta una parte de la historia o que utiliza el secreto como arma no es bien recibido por otros españoles: es considerado un farsante y un cobarde. Esto nos causa muchos problemas en entornos donde cierta vaguedad es necesaria, donde se precisa el edulcorante de la mentira, como en una entrevista de trabajo. Si nos preguntan cómo fue nuestro anterior empleo y sentimos que fue una basura, no dudaremos en decir que nuestro jefe era un cabronazo, que estábamos muy mal pagados y que lo dejamos porque estábamos hasta los mismísimos cojones. Tal acto de sinceridad acobarda a cualquier manager, tener a un empleado que te cante las cuarenta cuando metas la pata requiere una resilencia de líder mundial. El desempeño del día a día puede convertirse en un infierno cuando tu equipo está formado por empleados que van a escrutar tus decisiones y hacerte saber lo erróneas que son. El otro rasgo distintivo de los españoles es que una vez alcanzada nuestra verdad, se enraíza en nuestro propio ser, nuestra verdad es nuestro rostro, nos identifica y nos concede un valor único frente a los demás. Dudar de esa verdad, ponerla en cuestión e incluso abandonarla para encontrar otras verdades es poner en duda nuestro valor y en consecuencia nuestro ser. Nos convertimos en nada, en parias, en marginados. Por eso defendemos nuestras verdades levantando la voz en las discusiones, aporreando el teclado en los comentarios de las noticias o soltándole un sopapo a algún despistado de vez en cuando.

El complejo de Don Quijote

Esto, que bajo el prisma del sentido común se llama testarudez, los periódicos llaman «libertad de opinión» y hacen de ello un negocio. Por eso Benjamín Serra era tan suculento. El españolísimo sentimiento trágico de la vida, tan castizo como el Quijote, tan cristiano como el propio Jesucristo, en el cual las cosas no valen nada si no se han conseguido desde abajo, es una verdad muy extendida y jugó en contra del chaval. Cuando para merecer un puesto de trabajo bien remunerado uno tiene que servir cafés y limpiar váteres, o haber pasado una temporada larga en el infierno, cuando uno tiene que beber del amargo cáliz de la vida para disfrutar apenas de una alegría, cuando Job es un principante comparado con la larga travesía por el desierto que es la vida laboral, quejarte en Facebook de lo injusto que es tener dos carreras y un máster y estar quitando mierda es pecado. A este mundo se ha venido a sufrir y a no rechistar por ese sufrimiento, esta es la verdad. Olvidan mis queridos amigos londinenses los primeros compases de sus estancias en Londres. La incertidumbre a la hora encontrar casa. La insondabilidad del caracter inglés. Las horas trabajadas en negro por mucho menos de lo que cobraríamos en España. La pequeña alegría de encontrarse con otro español y de compartir penas, consejos y esperanzas con una pinta. Estoy seguro de que si Benjamín Serra no hubiera aparecido en todos los periódicos del mundo y hubiera sido nuestro compañero de piso no nos hubiera indignado tanto su impaciencia, su rabia, su dolor, su tremenda ingenuidad de chaval de veinticinco años. Nos hubiera conmovido y seguramente le hubiéramos invitado a una comida. Pero leímos a Benjamín Sierra, protagonista de una ópera que llena páginas y blogs y periódicos cada día. La ópera se llama «Realidad» y «Lo que pasa» y la música lleva definiendo guerras, acusando movimientos populares, destruyendo culturas desde Gutenberg. En nombre de la libertad de información. Ahora habrá que volver a la dieta, una vez más. Es una cosa de salud.

Addenda: Los vascos no son velocirraptor.

Recuerdo la primera vez que me encontré con un vasco. Fue en un hostal en Dublín. Para un madrileño, encontrarse con un vasco era como encontrarse con un velocirraptor. Uno debía bajar la cabeza y no mirarle directamente a los ojos, hablar con frases cortas y claras en un español neutral pero comprensible y tratar de evitar cualquier contacto más allá de la cordialidad que se nos debe. Cuando la estrechez del hostal nos hizo coincidir en la cena y comenzamos a conversar acerca de nuestras vidas me di cuenta de dos cosas. La primera era que mi vecino vasco no guardaba una pistola en la mochila. La segunda, que él guardaba los mismos prejuicios contra los madrileños. Mi amigo vasco me dijo que la primera vez que fue a Madrid estaba aterrorizado. Según la imagen mental que tenía, Madrid era una zona de guerra controlada por bandas de skinheads que patrullaban las calles en busca de vascos, catalanes e inmigrantes para darles mamporros y de una patada devolverlos a su país, que en el caso de Cataluña y el País Vasco no era su país de verdad, era nuestro país, pero no lo era, bueno, ese lío. Así que un día hizo de tripas corazón, llegó a Madrid y… No pasó nada. Se emborrachó en Malasaña, se enrolló con una chica de Soria, sufrió unas cuantas coñas sobre los cócteles Molotov (una bebida clásica) que se echaba al colate y volvió a Zumárraga impaciente por visitar los madriles otra vez.

Velocirraptor vasco en Londres
Velocirraptor vasco en Londres

¿De dónde viene ese miedo? Yo no recuerdo que en la escuela tuviéramos una clase en la que el profesor nos hablara de los vascos como velocirraptors. Había una ligera noción el aire, algunos estereotipos flotando en la atmósfera pero eran tan pequeños que eran inasibles. Mis padres nunca hablaron mal de ningún vasco, porque no conocían ninguno… ¿De dónde surgía ese horror a los vascos? Y entonces uno recuerda que cada vasco y cada catalán que aparecía en televisión, en los periódicos parecía el mismo diablo en persona. Eran tipos que hablaban de la opresión española (no de las fuerzas de seguridad españolas, que no son elegidas por los españoles, sino de los españoles en sí, a título particular que elegían joder a los vascos y catalanes), que hablaban de barbaridades como el RH-, la genética única, la raza, la identidad. Mi colega vasco hablaba igual pero desde el otro lado: los españoles llevábamos la constitución tatuada en la espalda y secretamente acudíamos al Valle de los Caídos a honrar a los caídos por la patria. Por mucha cara bonita que tuviéramos. Descubrimos cuál era el origen del problema: si uno quiere ver animales prehistóricos solo tiene que reforzar esa idea día a día, año tras año y un día emergen de esa atmósfera inasible. Velocirraptors. Llevan extinguidos millones de años. Y los podemos ver. Ese día hicimos un pacto, no leer periódicos hasta el día que nos encontrarámos de nuevo. Nos dimos la mano y me juré cumplir la promesa.

Lo siento, Mikel.

Seguiré viéndote como un velocirraptor.

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