El talento del escritor

En cada curso que doy, en cada corrección que hago, en cada charla que imparto sobre escritura creativa siempre hay algún estudiante que pregunta: ¿cómo sé si tengo talento para escribir? Parece una pregunta baladí, pero se hace necesario construir una reflexión acerca de qué significa el talento, qué usos tiene y porqué obsesiona tanto a los escritores primerizos. He encontrado este artículo en el blog de Sinjania, donde distingue entre vocación y talento. Es un buen punto de partida para el debate.

Todo el mundo sabe qué es el talento pero nadie sabe cómo funciona

Todo el mundo cree saber qué es el talento. Las definiciones varían desde la habilidad natural del escritor para juntar palabras y provocar emociones en el lector sin apenas esfuerzo, hasta una suerte de poder mágico para escribir páginas inolvidables. Estas descripciones no están exentas de belleza, y se podría elaborar todo un ensayo sobre los usos del concepto pero ninguna explica cómo se adquiere el talento, cómo se perpetúa, ni cómo funciona. Se habla de una cualidad natural, pero el lenguaje no deja de ser un artificio así que cualquier cualidad aplicada al mismo debería ser artificial.

Sabemos que el talento existe, algunos lo tienen y otros no, y poco más. El talento se parece mucho a una superstición.

Pensar en el talento no es más que el miedo a no poder comunicarnos

Uno de los grandes miedos de los seres humanos es la incapacidad de comunicar fielmente cómo nos sentimos. Si usted es torpe a la hora de expresar cómo ama a los demás, qué le ilusiona y qué le inquieta, será difícil que conecte con otros. Los escritores trabajamos sobre el lenguaje, que es uno de los pocos medios de los que disponemos los humanos para acercarnos a los demás. Tratar de comunicarse es un oficio muy arriesgado: el miedo a fracasar en el sencillo acto de comunicarnos con los demás es poderoso. Y los escritores están expuestos constantemente a este peligro. El talento es una proyección social a través de la cual dispondríamos de una habilidad única, pseudo-mágica, que alejaría la posibilidad de ser incomprendidos. Con el talento, no podemos ser malinterpretados y, por tanto, comprendidos y amados.

 Escribir, como vivir, es exponerse al fracaso

Por desgracia, el mundo es un lugar injusto donde nada nos garantiza una vida plena de comprensión y de amor. Estamos constantemente amenazados por el fracaso a conectar con los demás. Escribir es exponerse a este fracaso. Cuanto antes se asuma esta idea, más liberado se sentirá el escritor novel para escribir lo que verdaderamente cree que merece la pena escribir. Escribir, como vivir, es arriesgarse a que los demás no entiendan nuestras preocupaciones, nuestros miedos, nuestras alegrías. Escribir también es exponerse a no ser publicado y a no ser leído, a que a nadie le interese un carajo lo que pensamos sobre según qué temas. Este es un riesgo muy grande que puede paralizar al escritor y no debe ser ignorado: debe ser confrontado. Asumir que uno no es buen escritor porque no tiene talento es rehuir ese miedo durante un tiempo, pero el riesgo continuará ahí.

Eliminar el pensamiento mágico y ponerse a trabajar

Hay recursos para el escritor, que si bien no eliminarán ese miedo, le ayudarán a confrontarlo sin necesidad de acudir a pensamientos mágicos. Para escribir una novela decente y para convertirse en escritor no se necesita talento: se necesita trabajo y paciencia. Hay muchas tareas que el escritor puede llevar a cabo sin necesidad de tener una sola gota de talento y para las que no tiene excusa. Por ejemplo:

Esforzarse en mejorar la expresión escrita. Esto no es tarea de su futuro editor, es SU tarea. Usted es el escritor, usted es el que debería saber cómo utilizar el lenguaje.

Leer constantemente, cuantos más libros, mejor, incluidos clásicos. Jamás justifique su pereza para leer libros aduciendo que no quiere contaminar sus ideas. Parecerá un ignorante. Sus ideas nunca son suyas: seguramente sean fragmentos combinados con más o menos acierto de ideas y experiencias que ha ido teniendo o recabando a lo largo de su vida. Leer nunca contamina: enriquece su vocabulario, le ayuda a entender cómo se estructura una buena historia y le enseña a desempeñarse en su oficio como escritor.

Dedicarle tiempo y paciencia a la construcción sólida de nuestra novela. «No tengo tiempo» tampoco es una excusa válida para no escribir. Anote en un día todas las actividades que lleva a cabo y elimine las más innecesarias: televisión, series, videojuegos, redes sociales. Seguro que puede encontrar más de 30 minutos para dedicarle a lo que, por otra parte, usted aduce que es su pasión.

Apuntar ideas, conversaciones, anécdotas que nos encontramos en el día a día. En el móvil, en una libreta, en el portátil, en la tableta…

En resumen: poco o nada importa tener o no talento para escribir. Dice Stephen King:

El talento es más barato que la sal de mesa. Lo que separa el individuo talentoso del éxito es un montón de trabajo duro.

 

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