Menú

Raúl Quirós Molina

Escritor.

Sexos en llamas. (1/8)

Ahí llega. Otra vez él. No querrá o no sabrá reconocerme. Se detendrá en la puerta, con una sonrisa extraña, después de haber dejado pasar a todo el mundo, a sus amigos, a alguna desconocida. Ahí está, es él, en este bar, con el mismo sombrero, la misma barba de tres días, la misma colonia, el mismo él pero sin llegar a serlo del todo. Ahora se acercará a la barra; antes se tropezará con ciento y mil personas, amigos, conocidos, alguien con quien se acostó una noche y quedaron en no volverse a ver; es él haciendo de sí mismo, se acercará a la barra y el aire aburrido que respirábamos se animará, como si hubieran soltado una lata de gas sarín y todos fuésemos a morir y por ello tuviéramos que vivir más, beber más, besarnos más con todos los extraños, respirar al fin, respirar más deprisa para morir lo antes posible. Dos, tres, diez personas se giran, y mencionan su nombre, y le señalan, y se acercan. Una chica – la veo – se queda a su espalda y espera cinco, diez segundos mientras él conversa con otra persona y después le da dos toques en la espalda, uno y dos, como un pajarito hambriento. Él se girará y exclamará algo estúpido, como “hombre, cuanto tiempo, tú por aquí” pero ella no sabrá nunca que la había visto nada más entrar, que esos instantes en los que esperó bajo la puerta estudió donde estaba cada una de las caras conocidas. Para él no es ninguna sorpresa, niña, que hayas cruzado este espacio cortando entre los cuerpos, girando los hombros a un lado y a otro para no tocarte con otras personas, con un corazón que se ha saltado dos latidos de su ritmo habitual bajo el jersey de angora que llevas. Es exactamente el mismo corazón y el mismo jersey de angora que llevabas hace dos semanas, cuando un amigo suyo te entró y te dijo Esta es mi canción favorita y era My Hips Don’t Lie de Shakira o alguna tontería del estilo y te llevaste la mano a la boca y pensaste “Menudo idiota”. Pero era divertido y después habló y habló y el ingenio se transformó en una retahíla de idioteces de manual que hasta la adolescente más ingenua podría ver desde lejos, y aún así te dejaste besar (si convenimos en llamar a eso besar), y aún así dejaste que bajase su mano por tu espalda y por dentro del pantalón y firmara así la defunción de cualquier gusto que esa noche pudiera ofrecer. Pero su amigo, el que ahora entra, el que no me reconocerá, estuvo hablando contigo cinco minutos, los cinco minutos en que tu donjuán te dijo, voy a mear, guapa, y se fue a mear, tal cual, y luego te dijo quieres una copa y dijiste por qué no, si total. Si ibais a follar de todas maneras, si a estas alturas de la noche ya no te importaban los modos, si lo habías decidido a los diez segundos de conocerle, si ya habías salido cachonda del piso de tus amigas esa noche con dos ron con cola en el cuerpo. En esos cinco minutos en los que tu donjuán no estaba atizándote con la lengua en la garganta, te dejó con su amigo, a quien, uno y dos, le golpeas esta noche en la espalda, como un pajarito hambriento que picotea miguitas en el asfalto de esta ciudad. En esos cinco minutos lo conociste a él, y no te puso la mano en la cintura, ni te habló a un centímetro de la oreja, no dijo cosas como “voy a mear, guapa”. Pero sí repitió tu nombre un par de veces a pesar de que no te acordaras del suyo y durante cinco minutos te hizo sonreír, más que todo tu donjuán en la media hora en la que os habíais magreado, y después te hizo reír, sí, reír en una sala donde han arrojado una lata de gas sarín y de donde nadie saldrá vivo, todos moriremos, es el fin, así reías, y eso te puso aún más cachonda y te follaste a su amigo pero después hablasteis de él y le preguntaste cómo se llama tu amigo, el simpático, el del sombrero, ah sí, ah sí, ah sí sí sí. Y ahora le golpeas, uno y dos, porque pasa que la vida titila como una bombilla a punto de fundirse cuando vemos a ciertas personas, y tú sonríes antes de que se dé la vuelta y te dé dos besos, como si hubieseis crecido juntos; solo entonces, te acariciará la cadera, y te gustará, y querrás que lo haga más. Lo sé, yo lo he sentido, a mi corazón titilando como una bombilla a punto de morir cuando lo veo, hoy no, esta noche no, porque sé que no me reconocerá, sé que se esforzará por no reconocerme, querrá no reconocerme, y por eso puedo venir aquí y no esperar mi turno para caer en el horizonte de sucesos de su persona y perderme, como tú te perderás esta noche u otra, como se han perdido otras que se perdieron antes que tú.

Deja un comentario