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Raúl Quirós Molina

Escritor.

Sexos en llamas (2/8)

No todo fueron bares donde la voz batallaba con Disco 2000 y los Franz Ferdinand, no todo fueron bares que cierran a las nueve de la mañana a ritmo de Gypsy Kings, ni todo fueron raves donde nos pasábamos la felicidad en un boca a boca. En realidad fue mucho más sencillo que todo eso y nos encontramos donde gente como nosotros se debe encontrar, en una cafetería. En una cafetería que se haya levantado aquí por gente como nosotros para gente como nosotros, en el que el barista se llama barista y no camarero y la dueña es una francesa con poco acento que cuelga tiestos con flores en las paredes pintadas de blanco, y allí mismo decapa sillas de jardín y de mimbre donde nos sentamos por primera vez. Toda esta gente levanta algo en el vacío: un espacio extraído a la ciudad solo para nosotros. Para que pudiera conocerme y yo pudiera conocerle a él, y que otra gente se encuentre, otros diseñadores gráficos, asistentes de moda, dibujantes, escritores que escriben en la Time Out, traductores, poetas, veganos, outsiders que trabajamos de recepcionistas de hotel o de guías turísticos, y preferimos cenar una tarta de zanahoria a cocinar. No, no se sentó, no se acercó, no me ZAHIRIÓ con miradas provocativas, no dejó notas, ni tonterías por el estilo. Fui yo. Fui yo, yo, yo, yo, yo, maldita yo, sempiterna yo quien le habló por primera vez. Supongo que ya sabéis que nadie MIRA ya, que el descubrimiento de otra persona dejó de ser inmediato en esta ciudad, necesitamos ver las caras una y otra vez para reconocerlas. No miramos al bibliotecario, ni a la chica que nos atiende en el súper, nos quedamos con la intuición de su existencia, y fuera de ese lugar, fuera de la biblioteca, del súper, esa cara, esos ojos son extrañamente familiares, esa cara me suena pero no sé de quién es, ni si la he visto, y la volvemos a olvidar. No, ya no se mira y por lo tanto no se conoce: se va descubriendo y yo fui descubriéndole a él. No se quitaba el abrigo hasta que llevaba quince minutos dentro. Se sentaba de espaldas a la puerta, y escribía y escribía en el ordenador, a veces absorto en algo, y las camareras le reponían el café en cuanto lo terminaba. Cuando ellas aparecían, el escondía las manos entre las rodillas, como si se le fueran a escapar volando, y ellas siempre se sonreían y se llevaban un mechón de pelo invisible detrás de lo oreja (qué ñoñas, qué ingenuos, qué previsibles somos todos). Y como la cajera que ves todos los días, como el tipo que conduce el autobús o la señora que te da los libros que pides y que nunca lees, empezamos a reconocernos mutuamente, con ese lenguaje microscópico que no articula más que dos o tres palabras cada vez, levantar las cejas, levantar la mano, levantar la sonrisa a los ojos y un día ya os decís hola, hola, y cada uno continúa a los suyo, no hace falta decir más y puede continuar así mientras dure nuestra vida en este café que levantaron para nosotros gente como nosotros y que el año que viene podría ser un paki o una tienda de ropa.

Un día mientras suena la banda sonora de tu juventud: The National, Taylor Swift, Kate Bush mientras te desgranas en tus traducciones, en la programación web, en los precios del vuelo que algún día cogerás a Londres o a Berlín, para visitar a aquellos amigos que se fueron cuando aún merecía la pena irse a algún lado. Lo buscas y no encuentras más que su portátil, y a él hablando fuera. Frunce el ceño, se cubre la boca con la mano, se aleja el móvil y lo observa extrañado y continúa escuchando y entonces se gira hacia donde estás y ve a través de ti, no te reconoce, quienquiera que sea la persona que está al otro lado lo ha vaciado y ahora todo es como el cristal de la cafetería, él puede ver a través de los tiestos, de las tazas, de las camareras, de las paredes, de la corteza y del manto terrestres y su cara es la de quien está a punto de perder aquello que le ata a la cordura necesaria para levantarse cada día y acostarse cada noche. Cuelga, se guarda el móvil, lo saca del bolsillo y lo entierra de nuevo en el bolsillo con furia, se restriega la cara con las palmas de las manos pero no vuelve a su sitio. Y por un momento hay una ausencia en el orden de esta cafetería: un ordenador encendido que va haciendo sonar temas de los Killers, de Muse, de Meredith Monk, de unos tipos raros que cantan en aymara y no hay nadie al otro lado de los cascos y la voz no llega a ningún ser vivo.

Si no está por ella, yo estaré por él, me dije. Aunque ni yo misma me escuché decir esto.

Y a mis quince primeras palabras surgieron con la seguridad de quien ha llegado a tiempo a evitar que caigas por un barranco. Dijo algo que no entendí y pasamos dentro y supe su nombre y él supo el mío y ya nuestras caras nunca más serían desconocidas, al menos eso, al menos ya no sería transparente pasara lo que pasara, la Tierra no sería transparente porque yo, él, nosotros estaríamos ahí presentes y eso quizá era el comienzo del amor.

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