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Raúl Quirós Molina

Escritor.

Sexos en llamas (3/8)

Bien, la historia entonces va así: tú me das tu teléfono y yo te doy el mío, pero no nos llamamos, porque, a fin de cuentas, eso es lo que hace la gente normal, se llaman, quedan, van a tomar algo, quedan más, se besan, se acuestan y tralarí-tralará, ya son pareja. Y tanto tú y como yo no queremos ser una pareja, no queremos ser ESE tipo de pareja. Entonces nos intercambiamos los números, pero no nos llamamos: un día, por ejemplo, te mando un mensaje mientras estoy de fiesta. No me contestas, y yo tampoco lo espero, y a la mañana siguiente, mientras estoy con mi amiga de resaca en la terraza de algún bar, recibo un mensaje tuyo y dices algo así como que estabas durmiendo, que trabajas mucho, que estás de resaca. Días más tarde nos encontramos en nuestra cafetería (porque ya es nuestra, porque allí nació este romance) y me comentas con ironía que menuda borrachera llevaba el otro día y yo respondo con ironía que después fue mucho peor y continuamos a lo nuestro, a nuestros dibujos, a nuestras traducciones, a nuestros cafés con leche de avena. Luego, otra noche, cuando estoy a punto de aburrirme, recibo un mensaje tuyo, que dice brevemente, estás por el centro, ¿estás por este bar, estás presente en este momento, en esta noche, en este siglo en algún lugar donde podamos encontrarnos? Y normalmente no hubiera visto el mensaje hasta mañana por la mañana, pero tenía el teléfono móvil en la mano, que es lo que hacemos cuando no queremos conversar, porque siempre hay más emoción en mi pantalla que en la línea de botellas multiformes que se alinean por detrás del camarero, en tus amigas que hablan de conciertos de hace dos años, y de ligues que se perdieron por estar borrachas. Y… Y aparece tu mensaje y suena a rescate; suena a: esto puede ser divertido. Y te digo donde estoy, pero tú no conoces esta ciudad, esta calle, este bar, y salgo y grito por el teléfono móvil, te llamo por encima del descanso de los vecinos, y me dices, no me grites y te digo que me he tomado unos cuantos chupitos, y pienso, qué idiotez, y te digo, menuda idiotez, y me dices que te guarde uno. Y entro de nuevo al bar y todo ha cambiado, ya no miro el móvil, ya no miro las botellas ni a mis amigas que hablan con guiris catalépticos que sostienen el cubata en la mano con cara de: qué coño hago yo aquí. Ni hago caso a los argentinos que piensan que las chicas de aquí son más fáciles. La turba de fin de semana, el triste espectáculo al que acudimos cada viernes, cada sábado para arrancarle un trozo de vida a los días ya no importa. Ahora entras tú, y me alzo en puntillas para ver por encima de las cabezas y te veo. Ninguna de mis amigas ha preguntado por qué he salido, o por qué he cambiado desidia por ilusión. Y esta palabra ahora se me queda grande, ilusión, porque venías al bar por mí, solo por mí, esta noche, en vez de estar con tus amigos, en vez de revolotear entre los argentinos, los guiris, la gente que mantiene conversaciones sobre cómic manga y actrices porno, en vez de entrarle a alguna diva de pueblo vestida como Emily The Strange has venido a verme a mí, que a veces me recojo el pelo porque no tengo ganas de lavármelo, que compro en los supermercados y nunca llevo bolsas, que me gasto el poco dinero que hago para empresas de márketing en vestidos estampados y libros de autores desconocidos en la Calders, y en entradas para festivales donde siempre tocan los mismos grupos. Soy yo la que vienes a ver, en esta ciudad llena de guiris, de argentinos, de okupas y de gente que duerme de 10 a 8, esta ciudad que nos aburre y nos indigna y nos ama y que no entendemos.
Miras a un lado y al otro, levantas la mano, el aire de esta visita es clandestino, me buscas y me encuentras, me siento tentada de abrazarte, de decirte, cuánto te he echado de menos, cuánto necesitaba que estuvieras aquí, pero solo pensarlo me hace sentir ridícula, así que me cuentas qué has hecho: que te has escapado de un grupo de amigos que te aburría, y pareces muy entero, muy sobrio a pesar de que son las dos de la mañana – que no has bebido, que no has estado con tus amigos, qué hueles a champú, que tu ropa parece intacta, como si hubieras salido de tu casa hace quince minutos, o de la casa de alguien y te aburría y decidiste irte, y no querías desaprovechar el resto de la noche. Y hablamos hasta que cierra el bar, y cuando vamos de camino hacia el metro, o hacia mi calle nos separamos de mis amigas, que apenas recuerdan tu nombre, y te pregunto por aquella conversación de teléfono en el café, y me dices, que era una chica a la que estabas viendo, y con la que has cortado. Me quedo perpleja porque no esperaba que en tu vida existiera una mujer, no, no, cómo podría haber existido alguien antes que yo, cómo podría haber habido alguien a quien buscaras en esta ciudad a las dos de la mañana antes que a mí, y pienso que te quieres alejar o que eres muy torpe, que no has visto aún que si quieres ligar conmigo, amarme, atraer mi atención no puede haber otra mujer ni en pintura, no, no, no, solo puedo estar yo. Solo te sonrío y te pregunto por ella, cómo es, de dónde la conocías, cuánto tiempo llevabais juntos y te noto parco, paras, reculas, me atraes hacia ti con tus dudas, con medias sonrisas, con pausas melodramáticas, hijo de puta, lo sabes hacer muy bien. Nos vemos en el café, dices, y te separas de mí, con dos besos. Supongo que imaginaba que tratarías de besarme, que lo joderías todo, que lo que en realidad te pasaba era que estabas cachondo, que te había dejado tu novia, que habías tomado que te diera mi teléfono como una prueba de que sí, de que iría detrás de ti y te metería en mi casa a la mínima. Solo dos besos, lo sabías hacer bien desde el principio, cabrón, te fuiste con las manos metidas en los bolsillos de tu cazadora vaquera, los tacones de tus botas resonaban en el asfalto y me quedé unos segundos mirándote el culo y pensando si de verdad yo te gustaba, si eras una de esas joyas de hombre que saben esperar, que no tienen prisa en follarte, en conquistarte, que no dan nada por sentado y a los que les vale una amistad, el buen rollo, la calma chicha.

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