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Raúl Quirós Molina

Escritor.

Escribir a ciegas, buscar justicia a ciegas

Siempre que he escrito teatro, lo he hecho a ciegas. Quiero decir que, sentado frente al ordenador, no sabía quién habría al otro lado de la obra: si alcanzaría a un productor, a un director, a un público. A otro dramaturgo. A un actor.

Siempre a ciegas: sin saber si aquellas palabras se pondrían en otra boca que no fuera la mía, en otra habitación que no fuera la que habitaba en Bromley-by-Bow o en Dalston o en Vallcarca. Escribir a ciegas me ha supuesto un gran desasosiego, porque escribir a ciegas significa escribir sin dinero, sin contactos en la industria, en un completo silencio artístico y administrativo. Nunca ha llegado a mi buzón una subvención, una beca, un encargo; nunca un premio, una ayuda, un reconocimiento pecunario. El único dinero que recibí por adelantado para una obra fue una ayuda que mi propio hermano me dio cuando me despidieron del trabajo el verano pasado. En aquel momento me preguntaba cómo sería escribir con doce, veinte mil euros en la cuenta corriente de un premio de dramaturgia. Escribir con doce mil euros en la cuenta bancaria, con la garantía personal de algún gestor cultural que se aseguraría de que tu obra fuese a México, a un festival en Francia, al Instituto Cervantes de Varsovia y con ello los derechos de autor a final de año debe ser una experiencia fabulosa, debe proporcionar una calma de espíritu que siempre he envidiado. Es escribir en la claridad. Es escribir con la certeza de que la luz se va a pagar, de que no faltará el pan en la mesa, de que te puedes permitir tomarte una caña un miércoles. Es escribir pensando: “sí, soy escritor de teatro”.

Escribir a ciegas ha supuesto escribir con el teléfono móvil en el regazo, porque esperas que suene con una oferta de trabajo remunerada. Escribir a ciegas supone transcribir los testimonios de las víctimas de la Guerra Civil con el correo abierto, por si te citan para una entrevista para un empleo que se hace cada semana más indispensable. Escribir a ciegas es escribir los fines de semana, porque el lunes entras en la nueva oficina y no tendrás tiempo de acudir a la biblioteca antes de que cierre para documentarte. Es escribir sospechando que no vales para esta mierda, y que ya no merece la pena, y que, al menos, esta obra se debe terminar. Así se escribieron, por ejemplo, El Pan y La Sal y Flores de España.

Estos días releo el texto de El Pan y la Sal y la acusación que más se formula contra las asociaciones que allí se personan como defensa es cuánto dinero reciben del Estado. El abogado de la acusación insiste una y otra vez: cuánto dinero recibieron por buscar justicia, por dar un entierro digno a sus muertos, cuánto dinero recibieron por tratar de recuperar a sus hermanos perdidos. Como si el dinero deslegitimara la causa; como si querer buscar la verdad, la justicia, la memoria de sus seres queridos, de sus pueblos, de sus barrios, hubiera de hacerse gratuitamente, a ciegas, sin saber a ciencia cierta si al otro lado de la historia habría un político, un juez, un senador dispuestos a escuchar. Y la respuesta es más que elocuente: poco, tan poco que es como decir ninguno.

Y pienso. Cómo debe ser buscar a un ser querido en medio del silencio administrativo, sin una ayuda, sin un reconocimiento, sin una garantía personal. Cómo debe ser querer buscar la justicia y la memoria de tu abuelo, de tu hermano, de tu marido mientras tus hijos crecen, te despiden del trabajo, te separas y te divorcias, te deshaucian, te reclama dinero Hacienda. Cómo debe ser sentarse en el banquillo como acusado por querer traer a la luz aquello por lo que has caminado a ciegas durante tanto tiempo y que te miren desde un atril y te pregunten por el dinero que no has recibido. Cómo debe ser escuchar a políticos y escritores que nada de eso merece la pena, y que es indigno. Como ha debido ser la vida de Pino, de Josefina, de Ángel, de María, de Emilio durante tantos años.

Releo mi texto y siento una mezcla de desolación y culpa y ligereza.

Finalista del Nadal 2018

El jurado del Nadal ha tenido a bien incluirme en su lista de finalistas para el premio de narrativa de 2018. Es un auténtico honor compartir lista con los mejores escritores en lengua castellana como Sánchez Ferlosio, Carmen Laforet y tantísimos otros. Os dejo con la nota de prensa.

La semana que viene continuamos con las clases en Fuentetaja y Pa’Tothom.

Un abrazo a todos y feliz año nuevo.

http://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20180105/434078301022/el-74-premio-nadal-de-novela-se-falla-manana-entre-seis-finalistas.html

Hablar del procés a través de Antígona

Antígona vs. Catalunya vs. España

Solo el procés es tabú entre los alumnos que vienen a mis clases en Barcelona. Tanto da que sea una clase de escritura creativa o de teatro político: del procés nadie habla, nadie opina, todo el mundo se calla. Hablo de la gente normal, la gente que se apunta a un centro cívico a hacer teatro, del estudiante  de psicología que quiere aprender a escribir ficción, del jubilado que quiere pasar un buen rato. Y no son alumnos apocados: pueden  y quieren discutir afiladamente sobre racismo, homofobia, discriminación, la corrupción.

En Barcelona rara vez se habla del procés en público: se asemeja a un trauma de tales dimensiones que ni siquiera la palabra puede curar. Atrás quedan, te dicen en privado, discusiones entre hermanos, vecinos, amigos a quienes será difícil recuperar. ¿Por qué entonces perder el decoro frente a otros desconocidos? ¿Por qué empeñarse en defender un debate que siempre es reprobado, independientemente de las posturas de cada uno?

Sin embargo, no se podía enseñar teatro, ni política, ni a escribir de una manera honesta durante el último cuatrimestre de 2017 sin pensar ni hablar del procés. Esconder el elefante blanco de la política actual española y catalana hubiera sido cobarde. ¿Y cómo se puede hablar de la desazón de la política con los principales afectados, la gente normal?

Pues hete aquí que hallé la fórmula para hablar del procés sin el engorro de ponerme la camiseta de fútbol de uno u otro equipo. Les hice pensar y trabajar sobre Antígona, la obra de Sófocles.

Hablar de Antígona, hablar de Creonte

Antígona decide enterrar a su hermano, Polinices, tal y como manda la tradición. Polinices murió en la guerra contra su hermano Eteocles, que es considerado un héroe, puesto que defendió Tebas, y Polinices un traidor, ya que descontento con el reparto de poder, decidió arrasarla. Dos angelitos, vaya. Antígona es joven, bella y patriota, condujo a su padre ciego por el exilio, es hija de una familia desestructurada (su padre se casó con su abuela y la tuvo a ella) y tiene convicciones basadas en la tradición, la tierra, la religión.

Así que Antígona se pone manos a la obra. Ya al comienzo de la historia se le advierte que para enterrar al traidor, ha de saltarse la ley que lo prohíbe y que condena a muerte a aquel que lo lleve a cabo. Se dice, en la obra, que la ley es necesaria para garantizar la paz social, que no se honre a traidores y se castigue a los héroes, a saber, una especie de ley Mordaza que divide entre buenos y malos tebanos. Hasta aquí el símil más o menos calcado.

Me gano la confianza del partido amarillo: Antígona es la libertad guiando al pueblo y castigada por el partido azul en el poder. Sin embargo, Antígona está más cerca de un talibán que de una liberadora de pueblos. En el in media res en el que empieza no solo se salta una ley que la condena a muerte (en una estrategia suicida que, sin embargo, no produce cambio significativo entre los tebanos, que durante la obra les da todo igual) sino que además llama traidores y manda a freír espárragos a cuantos le advierten del peligro que corre.

ISMENE
Sí, sí algo lograrás… Pero no tiene salida, tu deseo.

ANTÍGONA
Puede, pero no cejaré en mi empeño, mientras tenga fuerzas.

ISMENE
De entrada, ya, no hay que ir a la caza de imposibles.

ANTÍGONA
Si continúas hablando en ese tono, tendrás mi odio y el odio también del muerto, con justicia. Venga, déjanos a mi y a mi funesta resolución, que corramos este riesgo, convenida como estoy de que ninguno puede ser tan grave como morir de modo innoble.

ISMENE
Ve, pues, si es lo que crees; quiero decirte que, con ir demuestras que estás sin juicio, pero también que amiga eres, sin reproche, para tus amigos.

Antígona no ve conflicto alguno en dar entierro a su hermano muerto, si para ello ha de perder la vida y la honra y dejar aún más huérfana su hermana Ismene. Antígona elige la muerte por encima de la vida por defender la tradición, a su hermano muerto por encima de su hermana viva. Una pulsión de muerte, clásica de los integristas, empuja a Antígona a cumplir a rajatabla con el precepto religioso, aunque ello le lleve a la extinción propia.

Pasemos a Creonte, el otro elemento de la obra. Creonte se encuentra con un marrón considerable: reconstruir un país dividido por la guerra civil. El buen hombre no tiene muchas luces, y tampoco viene de una tradición estadista muy notable que digamos. Su cuñado, Edipo, provocó una peste en la ciudad que regentaba; sus sobrinos políticos se mataron unos a otro en una guerra civil, y ahora una de sus sobrinas políticas y su propio hijo le salen sediciosos. Ya apunta maneras, desde luego, cuando va y aprueba la primera ley de su gobierno, a saber, que en Tebas hay héroes y traidores, buenos tebanos y malos tebanos, que los buenos son aquellos que han ganado y los malos los que han perdido; los primeros héroes, los segundos traidores; los primeros, honores; los segundos, a las cunetas, etc.

Creonte no se anda con chiquitas porque en aquellos momentos no existían nada así como comisiones de la verdad, ni tribunales de la Haya para dirimir estos entuertos tan complicados, así que impone una ley tan sólida como sus santos cojones en la que ciudadanos de bien serán aquellos que él decida y ciudadanos malignos los demás.

Resultado: empate a muertos y a mártires

Así que tenemos aquí a Antígona, que no se baja de la burra de enterrar a su hermano saltándose la ley de un estado policial, con sus soldados y sus cachiporras y un integrismo fanático, y a un gobernante inepto que va concediendo títulos de buen y mal tebano bajo la amenaza de muerte, nada menos.

En este punto de la historia, normalmente ya me he ganado los odios de ambos equipos, pero es que este es el punto donde quiero llegar. Antígona no es una obra que trate de la batalla entre la ley y la tradición, entre Estado y nación, entre poder legítimo y poder legitimado, sino en todos aquellos personajes que caen en el fuego cruzado de esta batalla: la tensión entre la jovencita y el gobernante es el drama, el fracaso como nación y como estados es la tragedia. Aunque Ismene, Hemón, Eurídice, Tiresias, el Coro van advirtiendo a uno y a otro alternativamente del riesgo que portan las grandes ideas como la Nación, la Tradición, la Ley, o sencillamente, España, Cataluña, ninguno de los dos verdaderamente muestra una disposición a bajar sus armas aunque eso cueste la muerte, la prisión, el deshonor, acabar con tu hijo y con tu sobrino.

Tras muchas discusiones, Antígona es condenada a muerte por inanición pero termina suicidándose, sin conseguir que su hermano sea enterrado. Hemón, hijo de Creonte, su prometido, se suicida junto a ella. La madre de Hemón también se mata, Ismene pierde a la única hermana que le quedaba, Tiresias es sospechoso de apoyar a traidores. La paz en Tebas ha costado tres vidas, Polinices ha quedado sin enterrar, el nombre de Creonte quedará por siempre marcado como la figura de la ineptitud política en esta tragedia del siglo V a. C.

Ojalá procesos tan nefastos pudieran explicarse con obras de Miguel Mihura.

TIRESlAS
Bien está, pero sepas tú, a tu vez, que no vas a dar muchas vueltas, émulo del sol, sin que, de tus propias entrañas, des un muerto, en compensación por los muertos que tú has enviado allí abajo, desde aquí arriba, y por la vida que indecorosamente has encerrado en una tumba, mientras tienes aquí a un muerto que es de los dioses subterráneos, y al que privas de su derecho, de ofrendas y de piadosos ritos. Nada de esto es de tu incumbencia, ni de la de los celestes dioses; esto es violencia que tú les haces. Por ello, destructoras, vengativas, te acechan ya las divinas, mortíferas Erinis, para cogerte en tus propios crímenes. Y ve reflexionando, a ver si hablo por dinero, que, dentro no de mucho tiempo, se oirán en tu casa gemidos de hombres y de mujeres, y se agitarán de enemistad las ciudades todas los despojos de cuyos caudillos hayan llegado a ellas —impuro hedor— llevadas por perros o por fieras o por alguna alada ave que los hubiera devorado. Porque me has azuzado, he aquí los dardos que te mando, arquero, seguros contra tu corazón; no podrás, no, eludir el ardiente dolor que han de causarte.

Leer Antígona en la red.

Próximos cursos en Barcelona:

Taller de Teatro en Fort Pienc. (Viernes a las 20.00)
Teatro de Intervención Social en Pa’Tothom (Martes a las 19.00)
Escritura Creativa (Fuentetaja Literaria – miércoles y viernes)

En España no tenemos Harvey Weinstein

En España no tenemos Harvey Weinstein porque aún no ha sido nombrado, y aquellos que no tienen un nombre son cualquiera, o lo que es lo mismo, nadie. En España no existen hombres poderosos en el mundo del teatro, el cine y la televisión que vayan a ser procesados judicialmente por acoso, intimidación o violación, que pierdan sus premios Goya o sus premios Max, que no vuelvan a conseguir un solo trabajo o, incluso, que acaben en la cárcel porque todavía se espera que sean las víctimas las que sacrifiquen  su carrera, su reputación, su trabajo y su patrimonio, es decir, su forma de vida para ponerle el adjetivo a esas caras famosas, y hacer justicia.

En España nos sorprenden los casos de Weinstein, Kevin Spacey, Dustin Hoffman, o Louis CK. No porque hubiera tantísima gente padeciendo los abusos sexuales, acosos y humillaciones por parte de gente poderosa de la industria. Ni tampoco por el número de personas que encubrieron a los violadores durante décadas. Lo impresionante es que las víctimas hayan podido alzar la voz porque el riesgo que corrían era mucho mayor que el de perder el trabajo y nunca conseguir otro: era el de ser extinguidas, el de ser tratados como idiotas, exageradas, aprovechadas por sus propios compañeros de profesión, por sus jefes, por otros directores, otros productores; podrían haber perdido su vida en este movimiento, ahogadas en un mar de juicios, demandas y contrademandas, podrían ser nada, nunca, nadie.

En España no tenemos Harvey Weinstein, en definitiva, porque ningún periodista que conozca estas prácticas ha puesto negro sobre blanco nombres y apellidos de violadores. Porque ningún compañero de rodaje ha acudido a la policía a denunciar por abuso a ese director tan condecorado que le podría llevar a Hollywood. Y porque es muy tranquilizador estar en manis contra del acoso, indignarse con el que ya ha sido descubierto, denunciado y condenado, apoyar a la compañera que levantó la voz. Porque en realidad no compromete a nadie, porque el acto heroico ya está hecho por otro, porque la persona que ha denunciado, ya ha quemado sus naves y nunca más volverá a trabajar ni en el más triste de los anuncios del teletienda.

Porque se sigue entendiendo el problema del acoso en las artes, en el trabajo, en la calle como un coincidencia individual y no una consecuencia sistémica. Sigue pensándose como una lotería que por desgracia le cae a una; de una lógica tan mágica como el éxito: estabas en el lugar adecuado, en el momento adecuado; estabas en el peor momento con la peor persona.  Todavía se perpetúa la creencia de que el azar o la mala estrella es un desencadenante válido para la peor de las condenas. Si te meten mano en un hotel, si te tocan el culo durante un rodaje, si te babean durante una fiesta es mala pata, como cuando se te gripa el motor o te revienta una rueda en la autopista o, peor, culpa tuya por estar ahí, por no comprender que el mundo del arte es así, que los hombres son hombres. Etcétera.

Mientras tanto, ese actor tan de izquierdas y tan querido por twitter que habla de derechos sociales y de feminismo seguirá metiendo hocico a sus asistentes en las fiestas de estreno; la joven promesa del cine español, que hace un cine tan vanguardista y europeo prometerá papeles a actrices novatas con el objetivo de dormir con ellas; la estrella fulgurante de la comedia le preguntará a su agente de prensa si se la chupa a su novio. Y actor, director, comediante harán sus vidas normalmente, se reunirán con sus agentes y productores, firmarán contratos, se reirán con otros compañeros. Despreocupados y ufanos porque sus nombres no han salido de la boca de nadie, no se han impreso en un papel, no han sido señalados en una manifestación, y si lo han hecho, da igual, porque no está en el sumario de un juicio y, a lo sumo, ha desencadenado una “tormenta en las redes sociales” que es la forma blandita de regañar al niño travieso. Mientras que la agente, la asistente, la actriz novata deben preguntarse si merece la pena jugarse la carrera por denunciar la injusticia o seguir soportando el acoso, la intimidación, la violación por estos Harvey Weinstein.

El resto esperamos a que lo haga.

Y esperamos, y esperamos.

Aunque, tal vez, solo por esta ocasión, no queramos esperar ni un minuto más a que las supervivientes encuentren el valor que el resto deberíamos tener y mostrarles.

Entonces sabremos quién es el primer Harvey Weinstein español, y el resto, caerá por el peso de la indignación.

Manifiesto de La Liga de Mujeres Profesionales del Teatro.