Cómo acabar con el lector (al final): Deux ex machina

Usted quiere escribir buenas historias y sigue fielmente los consejos de esta y muchas otras páginas web. Ya sean novelas, relatos u obras de teatro, su intención es llegar al lector, hacer que vibre y no sé cuántas majaderías más extraídas de algún manual de autoayuda a través de la escritura. Pues bien, no se deje mangonear. Usted no tiene que hacer vibrar a nadie ni venirse encima de ninguno. Usted lo que tiene que hacer es dejar en paz al lector y no amargarle la existencia.

Hoy quiero hablarle de los finales. El final es la parte en la que el momento de suspensión de la realidad termina y completa el viaje del lector. Es el instante en el que la persona que lee su libro vuelve a su cotidianeidad y tal vez vuelva más inteligente, reflexivo o, por qué no, entretenido. Usted puede destruir ese retorno a la realidad muy fácilmente. Debe saber cómo.

Hay diversos métodos para reventar un final, pero reseñaré  el más conocido, el llamado deux ex machina, que todo escritor finge conocer y evitar y como resultado andamos por estos mundos de Dios con finales terribles y escritores ufanos. Deux ex machina es un latinajo que viene a significar: me saco de la manga el final de esta historia porque no me he molestado en pensarla ni cinco minutos. Es fácil detectar un deux ex machina. Se trata de un elemento inverosímil que aparece de repente y resuelve el conflicto del protagonista dando cierre a la historia.

Voy a explicarle dos, uno reciente y otro clásico.

Caso 1 de Deux Ex Machina: Independence Day.

Los marcianos llegan a la Tierra. Se cargan a la mayoría de los líderes mundiales y defensas de los estados. Son alienígenas malos e hiperavanzados tecnológicamente, así que cualquier misil humano que quiera aniquilarlos es neutralizado en segundos. La Humanidad está perdida. No solo una raza de alienígenas ha viajado en el espacio-tiempo hasta llegar a un planeta que, digámoslo, a la vista del vasto universo no es ni fu ni fa en cuestión de recursos materiales, sino que además tienen la capacidad de borrarnos de la faz de nuestro propio planeta y no lo hacen, en plan sádico.

Pero un valiente informático les mete un virus en su sistema central y entonces podemos acabar con ellos. Ni que decir que los sistemas operativos, lenguajes de programación, codificación, conexión a redes y demás han de ser los mismos, sino que además este hacker habría de tener acceso a ese supersistema como para que el asunto no sonara a broma. La recaudación de Independence Day fue de 800 millones de dólares. Uno detrás de otro.

Caso 2 de Deux Ex Machina: Los dos hidalgos de Verona, de Shakespeare.

No solo los amigos yanquis son capaces de colarnos finales de poca monta, sino que el formidable, universalísimo y agente cultural Shakespeare se podía marcar unos finales de toma pan y moja. Los dos hidalgos de Verona (The Two Gentlmen of Verona) toma la historia de Valentine y Proteus, amigos de la infancia, que se separan al principio de la obra.

Proteus se queda en Verona porque le gusta Julia, pero al final su padre lo manda con su amigo a Milán. Cuando Proteus llega a Milán, se encuentra con que su amigo se ha enamorado de una muchacha, Silvia, y el muy buitre decide robársela a su amigo de la infancia.

El resto de la obra es un enredo de amores y desamores en las que hacia el final Proteus está a punto de violar a Silvia, pero su amigo Valentine aparece y exclama su horror, y Proteus se da cuenta en ese momento de lo mal que lo está haciendo y se arrepiente y todos contentos.  No es broma, la obra de teatro termina así: una gran violencia sexual contenida durante escenas y escenas que se resuelve con un apretón de manos entre hidalgos en la última página.

¿Cómo evitar un deux ex machina? Lo importante, lo fundamental es no considerar al lector un imbécil. Sí, puede que conozca a unos cuantos, pero ser un mal escritor es parecido a pertenecer a la mafia: te puedes librar durante un relato o dos, pero al final te cazan y te entierran en cemento. Algunos los aceptan, con Shakespeare, y componen obras maestras como El rey Lear, y otros fundan editoriales. La que esté más a su alcance será su solución. Pero también puede planificar su relato desde el final o revisarlo adecuadamente para evitar el bochorno que supone.

De la música y el fútbol a la Patria, la Familia y el Amor: tópicos románticos. Parte II

Pues eso: el futbolista y la cantante han llegado al vértice de sus carreras y desde ahí, todo da mucho miedo. Para un jugador, cumplir los 30 años es entrar en la prejubilación y los años en los que hay que comenzar a negociar con chinos, rusos o turcos para que la pensión pague la uni y el jaguar de los niños. En una cantante no es tan problemático eso de la edad, pero si no sabes crecer con tus fans, estos se pierden por el camino. ¿Quién va a los conciertos de los Rolling Stones? No, no son los mismos que aplauden a Arianna Grande, lo aseguro.

Así que el futbolista y la cantante se hallan instalados como representantes de la Patria y la Familia, que son sustantivos que dan miedito una vez que se les pone en mayúsculas, y necesitan crear nuevos relatos para que los calés sigan entrando en sus cuentas de maneras no sospechosas, como por ejemplo, vendiendo natillas o cremas para el pelo.

Así que el futbolista y la cantante, con la colaboración inestimable de sus agentes de márketing y story tellers se ponen al tajo y llegan a la conclusión que lo mejor para vender es contar una historia, y nada más funciona como agente catalizador de calidad para la imaginación que El Amor(tm). Por causa del Amor, la Familia se puede ir a freír espárragos y Amor es lo que funda la Patria: así que futbolista y cantante dijeron

¿Por qué no hacer como si nuestro Amor se tambaleara?

Y no era mala idea: si los pilares de todos los estados modernos fallan, el orden social y emocional del mismo fallece. (Son los pilares que hemos ido chupando desde pequeñitos, tanto tanto, que nos gestionamos por la vida como si fuéramos nosotros mismos estados unipersonales con nuestros «límites», «leyes» y «capital personal»)

Así que los agentes de prensa empezaron a deslizar que el Amor de la pareja de moda se acababa. Y se acababa no de cualquier modo, sino por las interferencias de antiguos novios, nuevas novias, engaños y demás. ¿Cómo era posible? ¡Qué angustia les agarró a los seguidores de la cantante, que lo pierde todo, fama, familia y amante guapo! ¿Será el futbolista capaz de retirarse tranquilamente y adquirir terreno para conquistar en el futuro algún puesto directivo en el club donde ahora juega? Si no son capaces de cuidar el Amor… ¿Cómo serán capaces de cuidar de su Patria, de su Familia?

Pero hay silencios, faltas de respuestas. La pareja deja de verse en público lo cual es una estrategia para generar más suspense… ¿Por qué no se ven? Se preguntan, lánguidamente, fans y haters por igual. Hasta que ella saca un nuevo single.

Debe indicarse que las ventas de discos de la cantante habían ido en descenso (picado) con los cambios de estilo que había acometido a lo largo de los años. La púber hipersexualizada daba resultados califragilísticos en términos de ventas, pero su metamorfosis a madre de dos hijos que canta canciones hipersexualizantes no había funcionado: tan solo un millón de singles, y a duras penas. Las nuevas cantantes son más jóvenes, enseñan más carne y no se les conoce maromo en activo, así que le comen el terreno.

Así que la cantante saca un nuevo single en el que explica los pormenores de la supuesta infidelidad/infelicidad en su matrimonio. Con tanto suspense, ¿cómo no adquirirlo? El disco es un superventas: la cantante explica qué ha pasado en su matrimonio feliz a través de lo que mejor sabe hacer: cantar. Al mismo tiempo, la pareja va planeando diversos encuentros que ejecuten la reconciliación. Recordemos, el futbolista quiere ser directivo de su equipo, pero como es de boca procaz, y suelta perlitas que cabrean a medio país, necesita establecer una imagen de tipo responsable y resuelto que puede hacerse con las riendas del club cuando las cosas vayan mal.

Así que aparecen, después de la historia y niegan con la cabeza, en un reportaje largo y ancho en el que explican que nunca ha pasado nada de lo que efectivamente había pasado, que nunca su matrimonio estuvo en peligro y que en realidad hablan de todas las cosas. El viaje de ambos héroes ha terminado, y ha dejado por el camino un single de los más vendidos, una imagen de candidato resuelto y el fortalecimiento del relato de personas serias y de negocios de ambos. La literatura romántica los salvó.

Y la historia acaba aquí. O no. Porque cuando todo parecía atado y bien atado, unos hackers maliciosos revelan que la cantante estaba evadiendo impuestos como si eso de cumplir con el fisco no fuera con ella. Pero eso es otra historia y la contaremos en otro lugar.

De la música y el fútbol a la Patria, la Familia y el Amor: tópicos románticos. Parte I

Esta es la historia de una pareja de famosos a los que la literatura romántica, la escritura creativa y la publicidad conviertieron en adalides de la Patria, la Familia y el Amor; y de paso, evitaron que sus cachés perdieran demasiados ceros. Es una historia que posiblemente conozca, con protagonistas de los que haya oído hablar (un futbolista y una cantante) y cuyo desenlace también esté presente en su memoria. He de advertir, a pesar de todo, que es pura ficción: una ficción de la que me sirvo para entender como los grandes géneros literarios, como el romance, no han muerto sino que están presentes y muy vivos.

Los dos protagonistas de nuestra historia son jóvenes e independientes. Él, futbolista, es el jugador díscolo que lo hace bien en el campo y da guerra entre micrófonos: tiene presencia, labia y sabe crear titulares. Además tiene sus momentos con la prensa rosa; las adolescentes forran sus carpetas con su foto y posee una sonrisa que dan ganas de comérselo a besos. Ella es una cantante que irrumpió en España con una música guerrera y muy bailable, demasiado rockera para ser latina, demasiado latina para ser gafapasta, así que fue para todo el mundo. Lo que se dice un éxito.

Los tipos de literatura romántica

Como ya saben, la literatura romántica se mueve, mayormente, en dos vectores: la pareja que se encuentra y se enamora, a pesar de ser muy independientes o tener grandes dificultades (romance Romeoyjulieta) logran consumar su amor y comer perdices; y la pareja que lleva muchos años juntos y que con la irrupción de una tercera persona, crisis existencial, niños, etcétera pone en dificultades su relación (romance Atracciónfatal). Es importante remarcar que ninguno de nuestro dos protagonistas estaba casado antes de iniciar la relación: es decir, si lo estaban, no importa mucho. Y es por ello que los nombres de las anteriores parejas (empresarios, modelos, otras deportistas) deben quedar borrados de cualquier mención en la…

Primera fase del romance

Donde el futbolista conoce a la cantante, la cantante se lo piensa pero se lían y finalmente se casan. Es decir Romeoyjulieta pero sin que nadie muera. Ojo al dato, porque un movimiento de estos en las relaciones públicas es peligroso: sitúa a los dos personajes en cuestión en otra área semántica y si no se controla el flujo del relato puede acabar con su carrera. El futbolista deja de ser un solterón que se pule el salario en discotecas y vacaciones en ultramar con modelos embobadas, y ella se aleja del antimodelo de mujer rebelde a la que han roto el corazón pero sigue adelante. Un antimodelo con el que había conquistado a España entera, ese país tan progre de puertas para fuera y católico de puertas para dentro.

A la cosa hay que añadirle algunos aspectos semióticos, para que el significado gane profundidad y el desplazamiento no resulte un fracaso. Para que usted me entienda: piense por un momento en una actriz jamona que haya caído en desgracia y ahora se pasee por la prensa rosa para ser despellejada: ¿en qué momento dejó de estar jamona? ¿En qué momento dejó de ser el sueño húmedo de españoles para ser eso? ¿Cómo se produjo ese movimiento de lo hot a lo horripilante?

Por ello es importante saber que la historia se puede contar de muchas maneras. Por ejemplo, que acudieron a una fiesta, los presentaron, quedaron, se bebieron unas copas, siguieron saliendo, se liaron. Pero eso es lo que nos ocurre a la mayoría de los mortales y la literatura romántica es siempre sueño y ficción de héroes en la que nos queremos ver reflejados, aunque sea solo en el brillo de la sonrisa de uno de ellos. Pero para evitar semejante disparate se conocieron en un Mundial. Ella era la compositora y bailaora de la canción oficial de la competición y él… Él ganó el Mundial. No él solo, claro, pero formaba parte de aquel equipo que, por primera vez en la historia, se alzaba con la Copa del Mundo. Y no cualquier campeonato sino el único Mundial que había ganado ese equipo nacional y que puso en sintonía a todo un país en medio de una crisis que mandó a todos al paro, al extranjero o a la mierda. Supuso, para muchos compatriotas, la posibilidad épica de hacer lo imposible y lo imposible es que acabes enamorándote de la cantante a la que todo el mundo desea.

Segunda fase del romance

Nadie se pregunta nunca si una supermodelo se calzaría a un tipo normal, a alguien que sea contable o auxiliar administrativo o calvo y feo. Es decir: seguro que ocurre, pero en la prensa rosa de nuestros días nunca aparece un titular como: Emily Ratajowksi sale con un repartidor de Deliveroo. Si un presentador de televisión, un actor o un futbolista se lía con una chica normal-tirando-a-guapa, todo bien, todo correcto, siempre y cuando ella sea a) más joven o b) hija de un príncipe magnate.

Y tiene una lógica dentro de la circulación patriarcal de imágenes. El capital social de la supermodelo es su belleza (exclusiva). Si cualquiera pudiera acceder a ella (por ejemplo, un contable de Puigcerdá) perdería su valor y por lo tanto pasaría de ser supermodelo a ser una normal-tirando-a-guapa que sale con alguien normal. Es decir, pasa de princesa a campesina por arte de birlibirloque. El capital social del presentador y del actor hombres pertenecen a otro orden, así que puede hacer más o menos lo que quiera con su vida amorosa. Incluso no tenerla.

En la segunda parte del romance, el futbolista y la cantante siguen cargando de símbolos su relación: él es el canalla que asienta la cabeza después de una gesta épica (la Copa del Mundo) y a quien el encuentro con LA mujer de su vida le ha cambiado la ídem; la cantante díscola finalmente halla lo que, ay, estaba en el fondo de sus canciones y que no es más que lo que quieren las mujeres en esta realidad posrromántica, que es abandonar su violencia contra los símbolos patriarcales para siempre si las enamoran.

Cuando se casan, cuando el cuento romántico (el Romeoyjulieta) se ha consumado, se completa la triada Patria, Familia y Amor. El futbolista (que ganó en nuestra metáfora blandita de la guerra) se convierte en Padre; la cantante a la que rechinaban los dientes y los huesos de la cadera por culpa de los hombres se convierte en Madre; y ambos quedan unidos en un Familia en el momento en que tienen dos hijos, frutos de ese Amor.

Incluso los republicanos que no acudieron a la boda del Príncipe y Letizia comprábamos este romance. Pero ningún amor es eterno…

Tercera fase del romance

Lo malo de ser famoso, independiente y gamberro a vestirte de traje y pasar por el juzgado es que hay una gran masa de fans para quienes te has convertido en lo mismo que ellos, con lo cual dejas de ser interesante; y otra gran masa de fans para quienes el matrimonio, la Patria y la Familia queda demasiado lejos o les es demasiado costoso. Para estos siempre queda el Amor

(continuará)

El pacto de ficción

Un pacto de ficción real y serio

El pacto de ficción es el mecanismo por el cual las personas abandonan sus pesares, miserias y felicidades cotidianas y se sientan a leer su historia. Es el sacrificio que las personas corrientes y molientes llevan a cabo para tomar su libro, ver la película que usted  ha guionizado o la obra de teatro que ha escrito y dedicarle un tiempo a ello.

Deténgase un momento y piénselo.

Una persona ha dejado de lado la vida y todas sus preocupaciones para dedicarle plena atención a lo que usted ha escrito. No lidiará con el entierro de un familiar, no escribirá esa carta de amor que hará que su marido vuelva, no se pondrá a buscar trabajo a pesar de que la compañía eléctrica amenaza con cortarle el suministro. En cambio, se tira en un sofá o en el sillón de una biblioteca, en un café o un parque, abre la primera página de su libro y se pone a leerlo.

Las condiciones del lector

El lector, además, le da a usted cierta ventaja. Porque opera de igual manera que quien escucha un chiste: no le pide a quien cuenta el chiste que la historia sea real, sino que sea graciosa y verídica. Una persona que abre un libro exige exactamente lo mismo: que la historia parezca real, es decir, que se sienta verdadera. Tome la palabra verídico por lo que es: una historia basada en hechos verídicos no quiere decir que los actores sean las personas a las que ocurrió la desgracia de telenovela, sino que portan una verdad que transmiten con su arte.

Ya puede usted establecer el cuento en la Tierra Media o en las proximidades de Orión que el lector se lo tomará como algo verídico. En ningún momento le exigirá saber cómo el escritor ha hallado que hay civilizaciones más allá del Sistema Solar; él, al igual que usted, es capaz de imaginar un mundo posible en el que otros planetas estén habitados.

Todo esto es lo que hace el lector. Abandona su vida, le da crédito a lo que usted le cuente, aunque no sea real. Lo único que le pide es que se sienta verdadero.

Usted puede meter vampiros, unicornios, marcianos enamoradizos, continentes que se mueven, banderas que cubren países: lo que usted quiera. El lector lo cree posible.

La lectura es un viaje emocional. No lo destruya.

Todos estos elementos forman parte del pacto de ficción, y sin este pacto, no existiría la literatura, ni tampoco el humor, porque estaríamos suprimiendo la imaginación. La ciencia no sería posible, las artes serían disparates, los tiempos verbales de futuro o subjuntivos serían absurdos.

Seríamos lo más parecido a un conjunto de máquinas hipercríticas, similares a algunos comentaristas de Twitter. Imagíneselo.

Su trabajo, como escritor, es que el lector no rompa ese contrato que ha adquirido con usted. Y le puedo asegurar que los buenos lectores no abandonan una novela o una película sin un gran pesar.

Usted puede romper el contrato de ficción de múltiples maneras. La primera, que venimos repitiendo en este blog desde hace ya algún tiempo, es la más común: usted se interpone entre el mundo que le ha prometido al lector y el lector. Se interpone dejando caer opiniones, manipulando el mundo descaradamente y sin , haciendo ejercicios de estilo que ni van ni vienen, despreciando a los personajes. Cuando usted deja de ser el mero transmisor de una historia y se planta en medio de su escrito obliga a que el lector abandone su fantasía y se ponga a escucharlo a usted. Y no es a eso a lo que ha venido.

El sueño en el que todos estaban muertos

Una manera muy burda de expulsar al lector de nuestra obra es obligándole a rehacer el pacto ficcional en varias ocasiones. Por ejemplo, usted puede comenzar una novela con una fantástica historia sobre una sociedad de minotauros que han alcanzado el equilibrio político perfecto. Una vez que ha detallado la historia durante uno o dos párrafos o capítulos , usted puede incluir la oración: «y de repente, despertó y se dio cuenta de que todo había sido un sueño«.

Imagínese que a usted acude a un restaurante arrocero y pide un arroz con bogavante, y después de media hora el camarero le trae un arroz a la cubana. No es que el arroz a la cubana sea malo, es que no es lo que usted había pedido. Además tiene el incordio de que usted debe comérselo e incluso si no se lo come, ya lo ha pagado.

Ocultar información sin ningún propósito es una manera muy eficiente de minar la confianza del lector. Usted por ejemplo puede presentar a dos personajes, un chico y una chica, y no establecer qué relación hay entre ellos. Durante varios párrafos, usted puede jugar al equívoco: ¿son hermanos? ¿Son amantes? ¿Son padre e hija? Y en el último suspiro, en una última frase, usted desvela que, en realidad, eran un cura y una feligresa. Felicidades, lo que usted ha hecho ha sido tirar por tierra todo el trabajo anterior para dar un golpe de efecto al final, donde se encuentra la esencia del relato.

Los personajes que están muertos o en coma pero no lo saben también son un clásico, especialmente en las series de televisión. Véase Lost o Los Serrano. A esta estrategia se le llama comúnmente engañar al personal. El escritor crea un mundo ficcional detallado y completo, con miles de conflictos y puntos de giro, pero cuando se cansa o se aburre, liquida la historia argumentando que fue Moe el que los salvó, como bien ironizan Los Simpsons:

Mantenga el pacto ficcional hasta el final

En esencia, escribir es un acto de respeto: es por ello que usted debe cuidarse de dejarse llevar por el ansia de provocar emociones encontradas a través de la ruptura del mundo que usted mismo ha creado.

Algunos enlaces de su interés:

Inteligencia narrativa.

Fronterad.

Contra mostrar y decir

De las consignas que más escuchará en las escuelas de escritura, la que viene  a continuación es la que se presenta como más certera e incontestable: el escritor debe mostrar y no decir.

Como una palabra que se repite muy seguidamente hasta que pierde su significado, el sintagma muestra-pero-no-digas perdura en las paredes de los claustros y aulas de las escuelas como si se tratase de una inscripción adagia en la cúpula de Santa María de Fiore. Pero ¿debe un escritor mostrar y no decir? No, en absoluto. El escritor no tiene porqué hacer nada si no le da la gana. De hecho, si así lo desea, puede dedicarse a la horticultura.

Decir: lo abstracto

Todo este debate mostrar/decir viene dado por una tremenda confusión. El cerebro humano solo lleva capacitado para la abstracción unas decenas de miles de años a lo sumo, con lo cual la conciencia, de existir tal cosa, es mayormente sensorial y por tanto, son los sentidos los que primero nos llevan a la comprensión del mundo que nos rodea (sonidos, luces, colores, sabores). Para reducir la ingente cantidad de estímulos de la realidad, los humanos inventamos el lenguaje, que no es más que una abstracción de la realidad. Cuando se afirma que el escritor dice se quiere subrayar que el autor se vale de las funciones más abstractas del lenguaje para narrar cierto acontecimiento. Por ejemplo: Alberto está tristeSé feliz. Dos más dos son cuatro.

Gracias al lenguaje podemos comprender qué es Alberto (una persona) y que su estado es el de la tristeza; y, sin embargo, «estar triste» sigue siendo una abstracción, porque se puede estar triste de muchas maneras: desde porque el canario ha pasado a mejor vida hasta la decepción por los alienígenas que acaban de aterrizar en nuestro planeta, que son unos sediciosos. Lo mismo pasa con ser feliz.

Decir las cosas no es mal logro evolutivo: nos ayuda a poder gestionar un mundo repleto de infinitos matices que imposibilitarían su comprensión: dos manzanas nunca serán iguales (tendrán distinto tamaño, color, peso) pero la lengua nos permite sumarlas, restarlas, pensarlas en unidades, decenas, dibujarlas, y hablar de comer manzanas los lunes, miércoles y viernes, sin que tengamos que especificar que se trata, en efecto, de manzanas distinas.  Esto lo entiende todo el mundo, hasta Ana Botella.

Mostrar: lo concreto

Lo de mostrar es otro berenjenal. Lo de mostrar en literatura consiste en cortocircuitar la abstracción del lenguaje para excitar los sentidos, la sensibilidad y las emociones del lector. Es decir, se abandona lo conceptual para acudir a lo concreto, a lo meticuloso y a lo sensorial. Fíjese en estas dos opciones.

Perico está furioso.
Perico apreto los puños y maldijo entre dientes.

En la primera oración decimos el sentimiento que azora el pecho de Perico; en el segundo mostramos los efectos de ese sentimiento y creamos una imagen más rica, orientada a la emoción y la construcción del personaje.

En esta tesitura lo lógico es que usted, como escritor goloso que todo lo quiere engalana,r actúe conforme a la lógica del mostrar, porque creará imágenes nítidas, vivas en la imaginación del lector y blablablá.

Por supuesto. Mire estos dos ejemplos:

1- El sol caía lentamente por el horizonte desnortado que adquiría en su piel el ocre de los últimos rayos. El cielo, turbado, se acogotaba dando paso a una luna plateada que llegaría rezongando entre las nubes.

2- Atardecía.

Según la teoría de batalla del mostrar y el decir, la número 1 sería la manera adecuada y literaria de hablar de un atardecer y la número 2 la menos adecuada. Sin embargo convendremos en que una novela de quinientas páginas escrita a la manera del número 1 solo puede conducir al aburrimiento y posiblemente a la angustia existencial, porque no hay monje bendecitino que se aviniera a tragarse semejante mamotreto. Si cada pasaje, cada acción, cada momento en la novela ha de estar orientado a los sentidos perdemos el sentido de la acción, que es lo que hace avanzar la historia y por lo tanto perdemos al lector.

La guía para decidir cuando mostrar y cuando decir debe ser la mesura: menos es más. Tanto si decidimos detenernos en una imagen para sugerir alguna emoción, como si aplicamos el decir para hacer correr la acción, la decisión de una y otra deben llevarse a cabo con mesura.

La primera manera de mostrar, además, provoca la tentación inequívoca del escritor novato: la de engalanar la prosa hasta hacerla completamente ilegible, por medio de adjetivos y adverbios que no aportan significado. Mire hasta que punto el texto del ejemplo 1 puede ser reducido.

1- El sol caía lentamente por el horizonte desnortado que adquiría en su piel el ocre de los últimos rayos. El cielo, turbado, se acogotaba dando paso a una luna plateada que llegaría rezongando entre las nubes.

El sol caía por el horizonte que adquiría en su piel el ocre de los últimos rayos. El cielo se acogotaba dando paso a una luna que llegaría rezongando entre las nubes.

Si además eliminamos aquellas oraciones y verbos redundantes o ridículos:

El sol se ponía. El cielo daba paso a una luna que surgía rezongando por entre las lunes.

No hay más que decir, señorías.