Charla pronunciada en Salt sobre el Teatro del Oprimido

Muchas gracias a todos por venir a esta charla. Mi nombre es Raúl Quirós Molina y soy profesor de teatro y política en Pa’Tothom. He de decir que estoy muy emocionado por estar aquí, en Salt, hablando de Teatro del Oprimido, de política, de pedagogía, de xenofobia y del trabajo que hacemos en Pa’Tothom.

Me siento tentado de contaros la historia de Pa’Tothom, de Jordi y Montse, que son las personas que crearon esta asociación teatral y política, pero creo que no hay mejor presentación que contaros qué hacemos en Pa’Tothom, porque en el teatro, como en la política, lo que moviliza a los participantes no es la historia o la nostalgia, sino la acción en el presente.

Digo que Pa’Tothom es una asociación política y más allá de ello que es una asociación política radical. Y si esto os asusta, lo que sigue os hará huir. Es radical porque parte de ideas radicales: que el estado actual de las cosas en este mundo, que la crisis, el racismo, la homofobia, las diferencias salariales entre hombres y mujeres no son circunstancias naturales, no son cosas que surjan así, como setas en el bosque y con las que tenemos que lidiar, y que la vida siempre ha sido así y nunca cambiará y que lo mínimo que tenemos que hacer entonces es escribir muchos tweets enfurecidos, y «ayudar» a nuestra mujer o novia en casa o acoger a un refugiado en casa. Que todo esto está muy bien y nos hace sentir mejor, pero no ataca a la raíz, no explica de dónde surge esa diferencia y porqué todos estos hechos, la diferencia salarial, el racismo, la homofobia responden al actual sistema político y económico y se sirven de ellos y de nosotros para perpetuarse y que si no se cambia desde esa raíz, se repetirá y perpetuará. Para estudiar y confrontar estas inercias, en Pa’Tothom nos servimos del teatro y más en concreto (aunque no exclusivamente) del Teatro del Oprimido.

Muchos de vosotros ya conoceréis algo del Teatro del Oprimido, sabréis que se trata de un tipo de teatro donde uno puede salir a escena y tratar de deshacer algún lío que ha ocurrido en la obra. Son normalmente obras que tratan de alguna injusticia social, el maltrato, la prostitución, el bullying. La obra trata de un protagonista, un oprimido, que trata de luchar contra el origen de esta opresión, normalmente personificado en un opresor: el marido maltratador, un skinhead, el chulo, el jefe que no te quiere pagar. El oprimido está ahí dale que te pego durante quince o veinte minutos tratando de que no le opriman y finalmente fracasa. Y entonces se le pide al espectador que detenga la obra, que entre en la misma y que trate de hallar una solución a ese fracaso y que el inmigrante, la mujer maltratada o la prostituta estén menos oprimidos y toda la pesca. Esta es la versión sencilla del Teatro del Oprimido y la que más se ve en festivales y en asociaciones y es muy divertida, pero es justo decir que normalmente no tiene ni pies ni cabeza. Trataré de explicar porqué.

En primer lugar, debemos plantearnos qué significa ‘estar oprimido’, y tal vez, podamos saber si se puede hacer algo así como un teatro de del oprimido que sirva para los propósitos de romper esa opresión y conseguir agrietar el statu quo, que como insinuaba más arriba, es la conjunción de estructuras y poderes (fácticos, económicos, políticos, históricos)  que perpetúan las desigualdades en la sociedad.

Por ejemplo, ‘ir al cine y que los niños no me dejen escuchar la película con sus palomitas y sus gritos’ no es una opresión, porque ni los niños, ni las palomitas, son grupos o elementos de opresión, no hay algo así como un grupo de oprimidos por los niños que comen palomitas y las consecuencias en la vida y en la libertad individual y colectiva de que esos niños ruidosos existan es nimia. Es un ejemplo un poco tonto, pero ha salido en talleres y es más frecuente de lo que nos pensamos.

Otro ejemplo: «a mí lo que me oprime son los mendigos», bien, fantástico, genial, que a una persona de bien le moleste acudir a sacar dinero y encontrarse con un mendigo allí tirado es algo legítimo, pero tratarlo como «opresión» es una idiotez como un piano, sobre todo porque los mendigos no detentan ningún tipo de poder económico, político, ideológico sobre el resto de la sociedad, y porque a fin de cuentas esta persona puede sencillamente ir a otro cajero, y el mendigo seguirá siendo el mendigo y seguirá durmiendo donde pueda y el otro tendrá el dinero bien calentito en La Caixa o en el BBVA.

Un último ejemplo, muy recurrente y que nos va a meter en el ajo: típica obra de teatro donde solo se muestra una mujer maltratada que recibe palizas día sí y día también y en la que se pide al público que intervenga y haga de mujer maltratada y trate de solucionar esa opresión. Oiga, es como pedirle al condenado a muerte que luche contra la opresión a la que le somete el verdugo cuando lo va a ahorcar. Aquí no estamos haciendo «Teatro del oprimido» sino «Teatro de la víctima» y ahora explicaré qué diferencias hay entre ser un «oprimido» y ser una «víctima». El oprimido, al menos, empieza a vislumbrar la causa de su opresión, empieza a conocer que hay unas reglas, una estructura, un sistema que lo perpetúa, al menos no lo ignora, pero si el protagonista es una víctima, podemos caer en un error fatal: es darle la oportunidad al público para condenar a la mujer maltratada en su miseria. Tipos de respuesta que se obtendrán cuando la mujer es presentada como víctima:

– Que la mujer le abandone.

– Que la mujer denuncie.

– Que la mujer se lo diga a sus familiares.

Pues bien, el problema de este planteamiento es que la mujer maltratada, en este caso que he expuesto, ya es una víctima: cuando alguien te está dando palizas en el comedor de tu casa es porque un sistema entero te ha fallado, cuando no has tenido ni la más mínima oportunidad de saber que el pescado ya está vendido. Que no se trata de que el tío que está abusando de ti sea malo, bueno o regular, sino que la violencia contra las mujeres empieza con cosas tan sencillas como que cobren menos que los hombres, que tengan que estar guapas, llevar hijab o no, minifalda o no. Cuando te van a fusilar, cuando el skinhead le prende fuego a un refugio es porque se han agotado todas las posibilidades. Presentar a una víctima como responsable de su propia opresión (y ojo, dijo «víctima» y no «oprimido») es condenar a la víctima a su miseria y es repetir el mensaje neoliberal de que cada uno es responsable de su propio destino: perdone, pero yo nunca elegí que mi marido o mi pareja me maltratara. No creo que nadie lo haga cosas así.

Trataré de hacer entonces una aproximación a lo que significa ser o estar oprimido: es pertenecer a un grupo que se relaciona con otros en inferioridad de condiciones.

Repito: PERTENECER A UN GRUPO.

Esto es fundamental para entender las opresiones: nunca son individuales, sino colectivas. Yo, por ejemplo, que me meto mucho en los debates sobre la prostitución y salgo escaldado, alucino cuando salen en la tele prostitutas blancas, jóvenes, catalanas, españolas hablando de lo fantástico que es disfrutar de tu propio cuerpo, del mucho empoderamiento que concede ser dueña de tu destino, y ser libre para hacer lo que te venga en gana en el sexo y que elegir ser prostituta es una nueva forma de activismo. Fantástico, lo aplaudo pero ¿cuándo nos ponemos a hablar de la industria del sexo, de los empresarios de prostíbulos, y de si la elección es verdadera elección o simplemente ser prácticos económicamente? Entre ganar 1000 euros en un McDonalds al mes y 1000 euros por pasar una noche con un cliente, y tengo que pagar un alquiler, comprarle los libros a mi hija, enviar dinero a mi madre, etc. Pues miren, a mí no me digan qué hacer con mi cuerpo. Pero jamás preguntan por qué las cosas son así o si se pueden cambiar: es el «sálvese quién pueda», yo, que soy blanca, joven y española o catalana, que me puedo permitir pagarme una página web y un agente de prensa, que puedo ir a la televisión a hablar de cómo el sexo es maravilloso y liberador no me pregunto, ni siquiera planteo qué mundo es este en el que existe que tal cosa como pagar por sexo, que los que pagan por sexo en su inmensa mayoría son hombres y que esa sea una opción de empoderamiento femenino aceptable, si no existe alternativa posible u otros empoderamientos donde la integridad física, sexual, moral, psicológica de tu grupo social esté en riesgo. Repito, ser oprimido es pertenecer a un grupo oprimido, a un grupo que está en una desigualdad, ser musulmán en una sociedad católica, ser mujer en una sociedad patriarcal, ser lesbiana en un mundo regido por lo hetero, percibir un salario en el mundo de la plusvalía empresarial. Lo que esta prostituta joven, blanca y empoderada no ve, no quiere o no puede ver es que las opresiones son transversales y no oprimen por igual a todos los miembros de una comunidad.

Para entender esto me voy a valer de una metáfora: imaginad que unos alienígenas vienen a la Tierra y se detienen en un cruce de carreteras con semáforos: ellos podrán entender, después de muchas observaciones, que los coches se detienen con la luz en rojo y continúan con la luz en verde, que la combinación de luces permite que los peatones crucen por el paso de cebra, etcétera. Todo esto lo podrán entender los alienígenas sin mayor dificultad, pero lo que no podrá entenderse a simple vista es por qué, quién y cómo ha impuesto esas reglas ahí, no entenderán que hay un código de circulación en vigor, que hay unos policías que te multan si te lo saltas y unos jueces que te meten en la cárcel si pillas a un peatón, y no entenderán que todos los participantes hayan internalizado estas reglas, este sistema coercitivo por el que todo el mundo se rige y que hace que la circulación no sea el caos más absoluto. Pues bien, el teatro del oprimido y Pa’Tothom va de presentar esta situación tal cual, sí, con mujeres, con inmigrantes, con chavales, con presos, pero entendiendo el sistema de circulación, el sistema judicial y policial que hace que las injusticias que padecen se perpetúen y que nos atañen a todos.

El oprimido es, además, alguien que puede elegir y puesto que puede elegir puede luchar contra la estructura opresiva y es alguien que tiene contradicciones: un hombre negro sufrirá opresión por ser negro, pero al mismo tiempo pertenecerá a una clase opresora: ser hombre. Bien, el teatro del oprimido es una herramienta que sirve para activar a los oprimidos, a hallar no solo las causas y el funcionamiento de su opresión sino también a buscar posibles aliados para deshacer o confrontar esa opresión. Es por eso que es un proceso artístico, político y radical en el cual los oprimidos tratan de hallar las estructuras opresivas que los someten y qué posibilidades tienen de encontrar ventanas donde terminar con esa opresión. Por ello se hace necesario que el Teatro del Oprimido lo hagan los oprimidos y, sobre todo, que los oprimidos tengan conciencia de serlo: no es una herramienta de adoctrinamiento ni de buenrollismo.

Yo, que soy blanco, de Madrid y de raíces cristianas no puedo tener la cara dura de pretender saber qué hacer con las penurias que puede pasar un musulmán en Salt, o un refugiado en Siria, o una prostituta, puedo acompañarle, puedo investigar en mi propia clase qué privilegios tengo y cómo esos privilegios le oprimen, pero no puedo hablar por él. Esta es quizás la parte fundamental del teatro del oprimido: son los propios oprimidos los que toman las riendas del proyecto artístico y político. El creador del teatro del oprimido, Augusto Boal, decía: el teatro del oprimido es un ensayo para la revolución. Cuando internalizamos el proceso de deconstrucción de una opresión, cuando analizamos las causas y los agentes, y sobre todo, cuando observamos cómo nosotros también pertenecemos a este proceso podemos empezar a cambiarlo y con ello cambiar el mundo que nos rodea.

Bien, pues este tipo de cosas hacemos en Pa’Tothom, que es la asociación radical y política de la que venía hablar. Estamos instalados en el Raval, que es un barrio precioso en Barcelona, y que está sufriendo uno de los ataques más brutales por la especulación inmobiliaria y turística que yo haya visto. Tiene una población inmigrante bastante elevada y además empobrecida (porque nadie se mete con los inmigrantes con dinero de, por ejemplo, el Passeig de Gràcia) y, como en estos casos, los discursos dominantes son los mismos que en cualquier parte del mundo occidental, que si hay muchos pakis y son terroristas, que hay redes de pederastia, que si se vende droga, en fin, todas estas mierdas que no son más que intoxicaciones para derruir el tejido social y asociativo del barrio.

Os quiero contar una cosa sobre el Raval que a mí me impresionó cuando llegué: la cantidad de cámaras de vídeo que hay. Pensad en el Raval como una ciudad dividida en tres partes: la parte de los guiris-hipsters, todos aquellos que se quedan cerca del museo de arte contemporáneo con sus monopatines y sus Ipods, donde están todos los hostales y tiendas de bicis antiguas. Después está la parte más vecinal, que es donde está Pa’Tothom, y la parte más inmigrante, por así decirlo, que es donde están los negocios de los pakis, tiendas de teléfonos móviles, electrodomésticos de segunda mano y cosas así. Pues bien, las cámaras de vídeo están instaladas en estos dos últimos lugares, se dice que por seguridad, pero a mí me hace mucha gracia. Porque ¿quién coño querría robar en la zona pobre del Raval? ¿Es más, quién robaría en el Raval? Para eso me iría a Pedralbes, donde viven los directivos del Barça y donde tendrán sus casas llenas de joyas y trastos tecnológicos de primeras marcas. En el Raval a lo mejor puedes robar una secadora de veinte años de antigüedad o las bragas de una vecina. Pero no: la cámara tiene un sentido semiótico, es que incluso podría estar desenchufada y cumpliría su función. A la gente del barrio le está diciendo: ojo, te vigila, y cuando alguien te vigila es porque eres capaz de acciones dignas de ser vigiladas, a nadie se le vigila por ser buena persona. Al turista o al guiri le dice: ojo, que vas a entrar en una zona chunga pero tranquilo, que lo vemos todo desde aquí.

En Pa’tothom se habla de todo esto que os he contado pero con más gracia y salero, se enseña a los alumnos a organizar talleres de teatro del oprimido y a trabajar opresiones, es decir, se educa en Teatro del Oprimido, se educa políticamente y de manera radical. También se hacen cursos como el que yo llevo, que es Teatro y Política y en el que utilizamos la historia del teatro (los griegos, Shakespeare, Brecht) para entender el mundo en el que vivimos, y donde tratamos de pensar colectivamente, de activarnos políticamente. También hay clases de interpretación, dramaturgia, movimiento actoral, es decir, es una pequeña escuela de teatro pero que no quiere competir con las grandes escuelas de teatro clásico como el Institut o el Col·legi de Actors, nuestros alumnos son gente de todo tipo: tenemos al grupo de joves, que acuden a Grenoble cada año con una obra nueva a un festival de teatro, las madres del Bon Pastor, que es un grupo de madres de diversos orígenes que tratan temas relacionados con la maternidad (y que llevan 7 años dale que te pego), también trabajamos con presos, con chavales que se «han caído» del sistema educativo, con gente bienpensante, con activistas, con gente que no tiene ni puta idea de nada pero quiere tenerla. Hay una máxima de Boal que dice: «El teatro del oprimido lo puede hacer cualquier, incluso los actores», pues bien, imaginad que magnífico caos tenemos ahí metido.

Diréis, todo eso está muy bien pero más o menos vivimos en un mundo en el que los problemas se van limando, ahora tenemos la Ley contra la violencia de género, los gays se pueden casar, la peña sale a protestar e impide que el autobús de HazteOír haga el cafre por ahí, no estamos tan mal, ¿no? Con educar a los críos y a la gente en no pegar al negro ni a las mujeres vamos bien. No, no vamos bien, hay que ir más allá. Porque corremos el riesgo de ir poniendo tiritas, de ir «tolerando» es decir, «dejar participar» a las minorías, pero no enfrentarnos al poder que las oprime y que nos oprime. Les voy a dar un ejemplo. Yo viví en Londres durante cinco años y me vine a vivir a Barcelona en 2015, justo antes del Brexit. El Reino Unido es ahora mismo la quinta o sexta potencia mundial y tiene un sistema de defensa, que en realidad es un sistema de ataque nuclear, llamado Trident que les cuesta 250 mil millones de euros / libras. Estoy hablando de un sistema de defensa que les cuesta todo el dinero que genera Grecia o Israel en un año. Pues bien, en el barrio donde yo vivía, Tower Hamlets, que tiene también una inmigración importante de zonas como Pakistán o Bangladesh, donde también hay «células terroristas», «mezquitas peligrosas», «prácticas religiosas medievales » y mandangas del estilo (¿os dais cuenta de que el cuento es el mismo aquí, allí, en Bruselas, París…?) la pobreza infantil era del 50%. Es decir, uno de cada dos niños sufría de pobreza. ¿Es por que son moros? ¿Es porque es su cultura? ¿Es que son felices siendo pobres? Hablamos de la quinta potencia mundial, una de las democracias más antiguas, blablablá que permite que haya zonas del país donde los niños no coman lo suficiente, pero sí, por ejemplo, que se renueve un escudo antimisiles que cuesta 200 mil millones de libras. Uno podría pensar: ¿qué demonios tiene que ver una cosa con la otra? Pues mucho: ese escudo antimisiles, como la cámara de vídeo, son signos, unidades semióticas: hay pocos países, acaso ningún país beligerante al Reino Unido con capacidad nuclear lo suficientemente potente como para requerir una respuesta de esa magnitud pero sirve como advertencia, es como plantar un gigantesco pene al lado del Big Ben y decir: aquí estamos nosotros, somos Gran Bretaña. Y con todo, el riesgo de que niños malnutridos, abandonados en sus barrios, se acerquen a posiciones radicales y terminen por cometer atentados contra su propio país es algo más peligroso y probable que los sirios o los coreanos bombardeen Londres o Devon. Si yo paso hambre y veo que mi gobierno se gasta 200 mil millones de euros en defensa cuando no puedo comprarle leche a mi hijo, os puedo asegurar que yo mismo me apunto a la yihad, aunque no tenga ni idea de lo que es. Que los niños de Tower Hamlets, musulmanes o no, radicales o moderados, se mueran de hambre, no es algo casual: es algo político. Porque no es una cosa de «integrar» a los musulmanes, a los gays, a las lesbianas, a los negros, ¡si integrados ya están! Si no estuvieran integrados Salt, Barcelona, París, Lonndres hubieran ardido hace mucho tiempo, es que todo el aparato político, ideológico y del estado están puestos al servicio de que acepten la opresión y la injusticia como algo natural y cuando alguien se rebela, cuando a alguien le da por protestar se le indica cortésmente su lugar. ¿Cuántas mujeres de las que hay aquí aún andan con miedo por la calle, cuántas naturalizan que de vez en cuando hay que «aguantar» los piropos del jefe, los cuidados de los niños, y cuántas, a raíz de estas opresiones no pueden vivir sus vidas en plena justicia, como proponen los estados modernos?

Sigo con el Reino Unido. Si ustedes siguen la política británica, sabrán que existe un partido, llamado UKIP, que es el equivalente al Frente Nacional, a Plataforma por Catalunya o a Donald Trump, son partidos que cada vez ganan más adeptos (el UKIP, aunque no tenga representación parlamentaria, fue el impulsor del Brexit y se llevó nada menos que 5 millones de votos en las últimas elecciones), pues bien, el problema está que los Tories, para no perder votos, tuvieron que hacer suyos ciertos postulados, es decir, tuvieron que metamorfosearse en una suerte de UKIP pero que no fuera tan descarado, lo mismo le pasa al Partido Socialista Francés, al Partido Demócrata norteamericano, lo hace el PSOE, etcétera, es decir, se ha utilizado la crisis para propagar una serie de ideas racistas, homófobas, misóginas y presentarlas como baluartes de la incorrección política, es decir, se justifican palabras y luego actos de opresión como actos de liberación (liberarse de la corrección política, del buenrollismo, que el pobre hombre blanco heterosexual, que ha perdido sus privilegios, de un golpe en la mesa). Esto es fascismo puro y duro, y estamos en el siglo XXI.

Os puedo asegurar que a pesar de la seriedad de mi discurso, en Pa’Tothom reflexionamos y actuamos desde el juego teatral, desde la imagen pero también desde la cabeza y desde el corazón. Lo malo que tiene el teatro del oprimido y el teatro político es que tienen una fecha de caducidad muy cercana porque el poder, el capitalismo, el heteropatriarcado encuentran siempre estrategias novedosas y originales para colarnos sus preceptos, para introyectarlos en nuestra forma de pensar y de comportarnos frente al mundo, es por eso que es una batalla que se ha de hacer permanentemente y en la que tratamos de integrar todos los saberes, todas las inseguridades y toda nuestra energía para combatirlo.

Muchas gracias.

El problema de cierto teatro reivindicativo

Detengo por un momento la serie de lecturas y reflexiones sobre los griegos para poner palabras a un fenómeno que observo, cada vez con más frecuencia, en obras que pretenden tener un carácter reivindicativo.

El viernes acudí a ver una obra de teatro/cabaret acerca de la presión social sobre la imagen de las mujeres. La compañía estaba compuesta de cinco chicas y un chico, y el director de la obra era asimismo un hombre. A través de diversos sketches los espectadores asistíamos a las injusticias a los que el cuerpo de las mujeres está sometido diariamente: desde la imposición de tener hijos, a la directriz de permanecer bellas a cualquier precio. Un problema de primera importancia y necesario, sobre todo cuando el repunte de actitudes machistas está encontrando nuevos picos en las nuevas generaciones.

Sin embargo, el gran peligro de construir teatro acerca de un tema (y entiendo por tema un discurso que está problematizado) es dejarse llevar por las inercias ideológicas, y contaminar el proceso teatral con cháchara más propia del mal periodismo que del teatro. Cuando una obra, reivindicativa o no, repite la estela de los cartógrafos de la opinión en columnas y revistas, ésta se convierte, en el mejor de los casos, en una caja de resonancia del pensamiento perezoso al que acostumbran el periodismo y las redes sociales. Es justamente esto lo que ocurrió con esta obra.

A lo largo de diez o quince escenas, los espectadores asistimos a las siguientes imágenes.

  • Un hombre orinando sobre el rostro de una mujer.
  • Una mujer utilizando el flujo de su menstruación para cubrirse el acné.
  • Una mujer bebiendo un bote de Fairy porque, supuestamente, quema grasas.
  • Dos mujeres acribillando a insultos a una tercera por tener sobrepeso.
  • Una mujer sumergiendo su cara en un bol repleto de caracoles.
  • Una mujer (sudamericana) maquillándose alegremente los moretones, mientras justifica el maltrato de su compañero y graba un vídeo que sube a Internet. Una connotación racista sumergida recorría toda la obra, puesto que a través de las instrucciones de esta mujer se perpetraban las mayores barbaridades.
  • Dos mujeres batiéndose en duelo por la capa de un hombre.

He visto cientos de obras, nuevas y antiguas, donde se han utilizado todos los recursos imaginables para concienciar al espectador de que lo que se está visualizando es importante y es digno de ser pensado. El gran problema surge cuando a lo que se está asistiendo es a un festín de la victimización y no a la reflexión de las injusticias que sufre un colectivo.

Si nos detenemos en el conjunto de las escenas que menciono arriba, podemos extraer un mensaje que opera en dirección opuesta a la que se pretendía originalmente. Si quisiéramos entender las opresiones de las mujeres siguiendo la obra, nos lleva a inferir que son ignorantes, superficiales, malévolas, sumisas y dependientes de la mirada del hombre en todo momento. Cuando se representa a un grupo oprimido como único causante o colaborador necesario de su propia opresión, se le arrebata el poder de romper con ella y se da la razón al opresor. No hubo momento alguno en el que las mujeres, en tanto que mujeres, reflexionaran acerca de su opresión y se unieran para combatirla. No hubo ninguna escena de búsqueda de aliados o aliadas, un respiro, un enfrentamiento, un contraste, nada, cero, salvo por un momento en el que las actrices, completamente fuera del papel, se dirigieron al público para explicarnos cómo debía practicarse un cunnilingus, habilidad muy práctica de cualquier manera, pero que nos lanza a un debate enajenado, casi surrealista: ¿la liberación de la mujer pasa porque se les practiquen mejores cunnilingus?  ¿Y qué ocurre con todo lo demás? ¿Qué mensaje feminista, o qué contradicción muestra un hombre que orina en la cara de una mujer? El desagradable festín al que se somete al espectador no tiene un verdadero final reivindicativo, sino profundamente conservador: el problema de la presión social de la imagen de las mujeres es terrible, pero es que las mujeres son así y no hay mucho que se pueda hacer. ¿Qué preguntas se hacen?

El creador de teatro debe hacerse cargo de quién está hablando y cómo lo está presentando y conocer cómo opera la injusticia. Cuando opresor y oprimido se encuentran en el mismo plano moral (como estas obras en las que el soldado nacional y el republicano son igualmente inocentes, porque «la guerra no entiende de bandos y todos somos seres humanos«) se está naturalizando la injusticia y, por tanto, se está perpetuando.

Dicho esto, sería conveniente trazar algunas guías para todos aquellos que trabajamos en el teatro con material sensible, sean opresiones que nos tocan directamente u otras que no lo hacen, pero que reconocemos como tales y queremos ayudar a desterrar.

1 – Lee, investiga y habla, pero sobre todo escucha. Hablar de las injusticias que no nos atraviesan directamente no es algo prohibido (lo hizo, por ejemplo, John Stuart Mill) pero dejarse llevar por el concepto que uno tiene de justicia e injusticia suele estar intoxicado por sus propios prejuicios de clase, género, raza…

2 – Pertenecer a un grupo oprimido no le otorga a uno directamente conciencia de oprimido.

3 – No relativizar las opresiones ni convertirlas en bidireccionales, pues es la mejor manera de desactivar cualquier crítica y camuflar la injusticia real. Ni los hombres son maltratados de manera estructural en ninguna sociedad patriarcal, ni los cristianos son marginados frente a otras religiones en comunidades mayoritariamente cristianas, ni bobadas por el estilo. Estudia quién detenta el poder en cada situación, cómo se propaga y se ejerce sobre las minorías y atente a eso. Lo contrario (obras sobre el maltrato que sufren los padres, lo marginados que están los blancos en la universidad y demás) son argumentaciones reaccionarias, no solo no invitan al debate sino que lo anulan y benefician al grupo opresor.

 

Las mujeres

Tú no lo sabes, porque la vida te tiene distraída con sus banalidades, pero en unos pocos días estarás muerta. Tu piel reposará contra el frío metal de la camilla de la morgue, los periodistas revolotearán con sus cámaras y sus plumas a tus vecinos, las llamadas de teléfono sorprenderán a tu familia, que se quedará blanca como la sábana que te cubre el rostro… Pero eso no ha de preocuparte más, porque estarás muerta. Poco importarán entonces el vestido de flores que querías ponerte para el próximo verano (y que te probaste ese mismo día que te mataron) y las dos clases de pilates a las que fuiste con este propósito y de las que te rendiste porque te daba la risa, con tanto ejercicio absurdo y tanto estiramiento de no sé qué. Claro que era la primera vez que hacías algo de gimnasia en mucho tiempo, y ahora, en los últimos compases de una vida que ya se te acaba (y tú no lo sabes todavía), te debates entre si renunciar a este verano o apostar por el vestido.
Será esta tarde, o será mañana, o quizá pase en unos meses, pero es irremediable: te matarán. Te pasará como a esas otras mujeres, a esas a las que les pasa lo que no le pasa a nadie, nunca. Setecientas en la última década, a manos de sus compañeros sentimentales. ¿Compañeros? ¿Un compañero que mata?

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
[…] Cesare Pavese.

El día que vengan a darte muerte, ésta vendrá a confirmarte lo que ya se te había advertido: que tu muerte no es más que un suicidio. Que llevabas mucho tiempo cruzando la línea, provocando, poniéndole en ridículo y que a un hombre no se le puede una enfrentar. Que todos tenemos un límite. Que lo vuestro no es un homicidio, ni un asesinato, sino un crimen pasional o un crimen por honor, como si en acabar con tu vida hubiese un acto de poesía. Ahora que estás muerta debes saber que los hombres pequeños e insignificantes no son capaces de poesía alguna y por eso matan, matan, matan. Te mató la insignificancia de un hombre – no la poesía.

No estuvo solo, éramos tantos los que contemplábamos esta tu muerte a cámara lenta. Tu hermano que te decía que denunciaras, que qué tonta que eres, que a ver si es que te mereces a un idiota así; tu suegra que te dice que es que él tiene un pronto, y que nunca se paró a pensar que aquél insignificante que salió de su vientre sería capaz de mandar a otra mujer a la tumba. Los periodistas, que colocan tu esquela en la sección de sucesos, y que habría que preguntarles que pasaría si en vez de mujeres, se tratase de taxistas o joyeros. Los jueces y juezas, psicólogas y psiquiatras, abogados, el peso de la ley, en fin, que te colocaron el sambenito de la víctima, de la incapacitada, de ese alguien a quien hay que esconder en refugios, pensiones y centros como si fueras una delincuente; a quien hay que cambiar de vida y de nombre, a la sombra de tu familia, de tus niños, de tu vida, de tu trabajo, no vaya a ser que a tu hombre, tu verdugo que camina tranquilo por la calle, que se va a llorar en total libertad al hombro de sus amigos, que van diciendo tu nombre en voz alta, no vaya a ser que este hombre pequeño le dé por ir a matarte.

Y ahora que estás muerta y que ya no te tienes que esconder y que ya nada te importa, conocerás a los peores secundarios de esta la historia de tu asesinato. A todos esos ciudadanos y ciudanas de bien que tú ni siquiera llegaste a conocer y que sienten tu muerte y lo ven una desgracia, pero que defenderán a pecho partido que ya hemos logrado la igualdad entre hombres y mujeres. Gente honrada que cree que sí, que hay mujeres maltratadas, pero que también hay muchos hombres maltratados y que una cosa es equiparable a la otra, y te dirán que muchos hombres se suicidan por vosotras, pero que no sale en las estadísticas, porque vuestras formas de matar son más retorcidas, más psicológicas, en fin, que es que en el fondo sois así, malas. Malas, malas, malas, como Eva, como Medea, como la mujer que tu asesino decía que eras. Personas buenas que menean la cabeza y dirán que un 0.005% de denuncias falsas por malos tratos son suficientes denuncias para recapacitar sobre la Ley Integral contra la Violencia de Género y que más mujeres deberían denunciar, aun cuando no denuncian, ¡por qué no denunciarán estas idiotas! Y se preguntan porqué la mayoría de las asesinadas ni siquiera habían pisado una comisaría: las matarían por bobas.

Sí, nosotros, la gente bondadosa, también te matamos un poquito. Somos los que tomamos certezas por hechos y experiencias por ley, y a fin de cuentas, una mujer muerta es tan solo eso, una mujer muerta; y una mujer muerta sucede a otra, y aquí seguimos contándonos la misma puta historia, con los mismos personajes, un mes tras otro, un año tras otro, mientras el número sigue aumentando, lenta pero tozudamente, y los reporteros reportan, los jueces juzgan, y todos opinamos; todo en su justo orden y en una moderación que no sabe de urgencias; una mujer tras otra, un año tras otro, tal vez hasta que los cementerios solo tengan nombres de mujer y la tierra se poble de hombres pequeños, mezquinos, insignificantes que matan, matan, matan.

Infomaltrato Mujer

 

Vecinos

No debería contar esta historia, porque no sé narrar historias de gente qué conozco. No he tenido buenos vecinos en Londres. A decir verdad, no he tenido ni buenos ni malos: la mayoría han sido sombras pasajeras en el trajín del día a día, personas decentes con los que intercambiaba un buenos días y un buenas tardes si se daba el caso y la frustración del día lo permitía. Cuando llegué aquí, mientras trataba de ajustarme al cambio de piel que es una nueva ciudad como Londres, me ocurrió lo peor que le puede pasar a uno en estos procesos: perdí la llave de mi casa. Vivía solo por aquel entonces y apenas llevaba cuatro meses en este país, así que poco sabía de la celosa intimidad de la que presumimos los londinenses y que llena las consultas psicológicas y los pubs a diario. Fui tocando puerta tras puerta hasta que un vecino en calzoncillos se apresuró a abrirme la puerta. Le dije que era nuevo en el vecindario, que había perdido la llave y que tenía varias bolsas de la compra en la puerta: ¿no sabría por casualidad de algún portero o vecino que guardara una copia de la llave? Sorprendido, casi cómico, el hombre me dijo que no sabía y se volvió a quien parecía ser su amante, preguntándole si sabía de alguien que tuviese una copia de mi llave. La pregunta les era alienígena, ¿quién confiaría la llave de la puerta de tu casa a un vecino? Llamé a otra puerta menos amable que me mandó a la mierda y ahí decidí que lo mejor sería recorrer en metro las quince estaciones de metro que separaban mi casa de la de la dueña, española, que me dio una copia y la factura del cambio de cerradura dos días después.

Cuando vuelvo a España, cada dos o tres meses, los vecinos, lo quiera o no, me dan el parte de lo sucedido no ya en mi planta, si no en todo el bloque. Da igual que permanezca un fin de semana o un mes entero, que vaya acompañado o no, día tras día, cada encuentro son diez minutos de un fragmento de la gran novela que construimos en nuestro edificio de apartamentos. Al principio lo desdeñaba como cotidianeidades sin sentido pero hoy tengo más humildad y me lo tomo como un intento colectivo de crear una historia sobre el lugar en el que vivimos, sobre contarnos nuestras vidas de una manera que tenga sentido. Muertes, nacimientos, casamientos, achaques, nuevos inquilinos se cruzan transversalmente con el momento político, con el parte meterológico o el tráfico, y mi posición como observador intermitente casi pone en revuelo a la comunidad, que parecen esperar un día tras otro para encontrarse conmigo y regalarme fragmentos de una historia tan trivial como fascinante.

En Londres, solo he conocido a un tipo así, que vivía en el piso de abajo. Lo conocí en 2012 y me despedí de él en 2014, desde el autobús. Me cuentan que descubrieron su cadáver la semana pasada. Llevaba varias semanas muerto y al parecer, la ola de calor facilitó que el hedor del cuerpo llegara a las otras casas. Llamaron a la policía, al juez y certificaron su muerte. Ahora estoy muy cansado, incluso para contar esta historia, pero quiero contarla.

Conocí a mi vecino por mi compañera de piso: no te acerques al tipo de abajo, que está loco. ¿Está loco? Está loco, no hables con él, no sea que vaya a ser peligroso y nos mate a todos. Esta era mi compañera de piso, que se volvía histérica porque los de abajo ponían música caribeña a las 11 de la mañana o porque la limpiadora brasileña le arruinaba el día cuando no terminaba su turno antes de que ella volviese del trabajo. Todos están locos menos yo: es el chiste del conductor suicida, que ve a los otros conductores en dirección contraria. Era una invitación a que nos presentaran.

¿Estaba loco mi vecino? Bien, me pasaba notas ilegibles debajo de la puerta y estaba convencido de que la CIA orquestaba un espionaje mundial a través de nuestros teléfonos móviles. ¿Estaba loco? Sí, lo estaba, estaba diagnosticado, tomaba litio y era muy consciente de lo mal que se encontraba a veces. Me enseñó la caja de pastillas cuando tomábamos agua en su apartamento, y una foto en la que aparecía su hermano con su sobrino. Su hermano se pasaba, de vez en cuando, pero quienes más se pasaban eran los servicios sociales. A veces se lo llevaban una temporada y venía calmado y un poco más triste. Yo solía salir a correr a la misma hora todos los días y él sabía a qué hora llegaría, allí en el descansillo, me esperaba fumándose un charuto. Me contaba que el lavado de cerebro de los londinenses llegaba a límites esquizofrénicos, que venía originalmente de Isla Mauricio, que había sido electricista (me enseñó el título) y que echaba de menos trabajar.

No tenía absolutamente nada en la casa. Nada. Ni siquiera cubiertos. Ni sábanas, ni persianas. Así vivía mi vecino. Con la pensión del estado, las pastillas, su título de electricista y la foto de su hermano con su nene. No necesitaba nada más. Solo las historias: sabía que la pareja de arriba se iba a mudar porque iban a tener un bebé, que los de abajo preparaban un jerk chicken genial y que el del primero estaba cambiando el parqué. Digo esto porque mi vecino era el único que contaba la historia de toda su comunidad y como el cuentacuentos, como el Tiresias de Balls Pond Road, tenía que estar por fuerza un poco loco, un poco ido, porque se cargaba sobre sus espaldas la novela y la historia de tantas familias.

Tiresias, como yo, se quedó un día sin poder entrar a su casa y ni se molestó en ir pidiendo la llave: para qué, si ya conocía los recovecos de sus vecinos. Si ya sabía que le consideraban un loco. Intentó tirar la puerta abajo y no desistió hasta que una ambulancia y unos señores de verde le agarraron del brazo y se lo llevaron por unas semanas. Mi compañera de piso pudo salir de casa y la vida siguió su curso. Y cuando volvía de correr allí seguía, recabando historias, preguntándome directamente porqué seguía trabajando en la oficina si yo lo que quería era ser escritor.

Leo la historia de Joyce Vincent, que murió durante la Navidad de 2003, rodeada de regalos y la televisión encendida y su cadáver no fue encontrado hasta tres años después, en 2006; leo la historia de David Clapson, un ex-soldado que murió de inanición (sí, de inanición, en el Reino Unido) con 3 libras en el bolsillo y una bolsa de té en la despensa; me pregunto por toda esa gente que quise profundamente y que insiste en escapárseme de mi vida, en desaparecer absolutamente como agua en el océano de ojos tristes y paso apretado que es esta ciudad, y en toda esa gente a la que yo he desertado por hastío, por pudor, por venganza; me entero de la muerte de Tiresias y de su cadáver preguntándose, segundo tras segundo, qué será de una comunidad tan ciega y tan sorda, de una gente tan mezquina como la que se queda en la tierra, y no encuentro, de verdad que no encuentro las palabras con las que añadir si quiera una palabra amable a esta novela comunitaria que estábamos escribiendo, en qué momento se nos olvidó contarnos los unos a los otros nuestras vidas, en que momento saltamos de este punto fugaz, pretendiendo olvidar lo pequeños y preciosos que somos en el gran gran vacío que es este universo oscuro y frío.

Teatro por la Memoria. El teatro también debe responsabilizarse de la memoria histórica en España.

Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacer la, más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos. Ella, desde el aire, nos respira.
Es contradictoria, como nosotros. Nunca está quieta. Con nosotros, cambia. A medida que van pasando los años, y los años nos van cambiando, va cambiando también nuestro recuerdo de lo vivido, lo visto y lo escuchado. Y a menudo ocurre que ponemos en la memoria lo que en ella queremos encontrar, como suele hacer la policía con los allanamientos. La nostalgia, por ejemplo, que tan gustosa es, y que tan generosamente nos brinda el calorcito de su refugio, es también tramposa: ¿Cuantas veces preferimos el pasado que inventamos al presente que nos desafía y al futuro que nos da miedo?
La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron.
Eduardo Galeano

Cada día, en España, a cientos de miles de españoles les son negados sus derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación. Familiares de desaparecidos durante la Guerra Civil y la posguerra, familiares bebés robados de brazos de sus madres, prisioneros empleados como esclavos en la construcción de monumentos y grandes empresas, homosexuales, mujeres, estudiantes torturados por oponerse al franquismo, investigadores que tratan de estudiar los archivos donde se ocultan las historias que merecen ser expuestas han visto como los sucesivos gobiernos democráticos en España han perpetuado la cultura del silencio impuesta desde la dictadura y de sus herederos.

Con todo, desde el comienzo del siglo XXI una nueva generación de activistas ha comenzado a exigir responsabilidades a los gobiernos nacionales e internacionales para que derechos tan básicos como el de la reparación, la justicia y la verdad, derechos que tejen las estructuras de las sociedades democráticas sean garantizados de manera irrevocable. Se trata de asociaciones que trabajan de manera voluntaria y gratuita, que han visto cómo el gobierno elegido por todos los españoles ha revocado cualquier partida económica para su sustento, que han sido insultadas, menospreciadas y ridiculizadas por políticos, periodistas y opinólogos.

La infamia perpetuada desde el restablecimiento de la democracia ha resonado más allá de nuestras fronteras. Organizaciones como Amnistía Internacional, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU, así como el Relator Especial de la ONU para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición han reiterado una y otra la urgencia que requiere tratar este abuso que es la negación del derecho en un país democrático como España.

Los gobiernos de España, entre tanto, se lavan las manos cuando incumplen tratados internacionales de extradición de individuos que participaron en abusos contra los derechos humanos, cuando señalan con el dedo a las asociaciones que pretenden restablecer un mínimo de cordura en el país y cuando se atreven a sentar en el banquillo a jueces que intentaron arrojar algo de luz sobre la historia reciente de España. España, que fue una de las pioneras en la persecución internacional de dictadores y criminales de guerra en Argentina, Chile, Tíbet, Guatemala, ignora e insulta a sus propios ciudadanos.

El teatro va a contar estas historias. Como autor y como artista, uno puede intentar pensar que puede alejarse del suelo que pisa y volar hacia frágiles paraísos de musas y arcángeles literarios. Pero hemos aprendido que la tierra siempre le traerá de vuelta al suelo, obcecadamente, dónde tendremos que enfrentarse, una y otra vez, al barro del que verdaderamente venimos. Uno querría engañarse creyendo que las habilidades que el cielo le ha entregado han de ser devueltas al cielo. No es cierto. Si se nos concedió la gracia de poder y querer escribir estando aquí en la tierra, es para que contemos lo que aquí sucede. En éste, nuestro barro.

En 2013 fundamos Teatro por la Memoria. No se trata de una asociación cultural, ni de un movimiento: no tenemos un manifiesto, ni un programa, ni siquiera tenemos socios. No somos nada: palabras. Somos una idea compartida: la de que el teatro debe clamar, desde las tablas, desde los cuerpos y las voces de los actores, desde el texto dramático, la urgente necesidad de que los derechos de nuestros ciudadanos sean restablecidos.

Hoy, esta idea es una realidad material. Después de dos años de trabajo, de contactos con activistas, jueces, periodistas, víctimas y personas de la cultura, Teatro por la Memoria anuncia su primer grito desde un escenario: Flores de España.

Gracias la labor infinita de la compañía de teatro Los Sueños de Fausto, Flores de España abre el sábado 16 de mayo de 2015 en el Teatro de los Santos de La Humosa, en Madrid, para contar las historias de aquellos que desaparecieron, que sufrieron y cuyos derechos han sido negados aún 40 años después de la muerte del dictador.

No creo, como escritor, que haya una responsabilidad mayor y para la que se necesita más humildad que la de haber podido trabajar con todas estas maravillosas personas por evitar que la mayor injusticia que sufre nuestro país se siga perpetuando.

Raúl Quirós Molina, autor de Flores de España.

www.teatroxlamemoria.org

www.lossuenosdefausto.com