Algo que decir sobre los elefantes

Nada de lo último que he leído sobre cementerios de elefantes – unas lecturas a las que ni Marlow ni los disidentes hacen referencia y me han llevado a centrar mis lecturas en los aspectos zoológicos de los elefantes naturales – hace referencia a algo así como un instinto animal que empuje a los paquidermos a elegir un lugar tan determinado donde caerse muerto. Es decir, que no está inscrito en su código genético, ni en su conducta animal acudir a un cementerio de elefantes. Se trata más bien de una consecuencia y de una estadística extrañísima. Los elefantes, cuanto más ancianos, más riesgo corren de sufrir deshidratación, por eso duplican y triplican el consumo de agua. Pareciera como si a la senectud le acompañara una urgencia por beber sin que haya una necesidad fisiológica para ello. Como parece que ningún agua calma este deseo, el elefante (natural), comienza a buscar nuevas fuentes, ríos, lagos, charcas donde encontrar otro tipo de agua, un agua que tal vez sí le sacie, sí le proporcione el hartazgo. Desesperado por el ansia, abandona el territorio que habita junto a los otros elefantes, se aleja, sin aviso; vagabundea por los alrededores, solo, perdido. A veces encuentra agua nueva, pero yo veo aquí una metáfora terrible, que es la que me perturba el ánimo: su sed es una sed interior, una sed reclamada por cada una de sus células y de sus órganos y por más que la evite, va creciendo a medida que pasa el tiempo. Por fin encontrará el valle donde los otros elefantes murieron y ante el espectral panorama, le abatirá el desánimo y convencido de que su búsqueda ha sido gratuita, que en realidad estaba muriéndose y la sed era tan solo un preámbulo, se recostará bajo algún árbol y expirará.
Estoy convencido de que es el organismo el que llama a la muerte y en los casos de enfermos que acuden a estos cementerios la voluntad es falible. En la soledad abundante de huesos y espíritus tal vez crean encontrar una utilidad para su destino, confundirse entre los esqueletos de los animales, innombrables e irreconocibles, desaparecer; en fin, ser verdaderamente un animal.
He dejado de acudir a la biblioteca y he dejado de leer. No acudiré más a ninguna reunión de enfermos, no me apetece escuchar a los nuevos ni aguantar las batallitas autocomplacientes de los veteranos. No puedo quitarme la idea de los cementerios. ¿Le colocarán unas vallas alrededor, para evitar la satisfacción del elefante suicida, que descubra que otros han tenido las mismas dudas que él? Los ayuntamientos de todas las ciudades del mundo los mismo con puentes y acueductos de suicidas, o las mamparas del metro. Quiero curarme y volver a los cuadernos caligrafía en el salón. No quiero ser un elefante.

Diario de Londres – Donde comienzan los sueños

Una vez escuché la historia de un barbero-cirujano que había inventado un cataplasma fantástico. La medicina se aplicaba a los niños con terrores nocturnos y epilepsias. Se les ungía con la plasta y se les dejaba dormir. Al día siguiente despertaban sonrientes y relajados y cuando trataban de explicar qué habían soñado se inquietaban, se revolvían y se reían con tanta fuerza que a veces se llegó a pensar que el cataplasma empeoraba sus tiernas condiciones mentales. La realidad era más bella: los chiquillos tenían sueños lúcidos, que son aquellos en los cuales los soñadores son conscientes de su ensoñación y por tanto podían convertirse en creadores de su mundo onírico: inventaban animales imposibles, doblaban el tiempo, le cambiaban el rostro a sus padres y amigos para hacerlos más guapos o más feos, o daban paso sin freno a las pulsiones sexuales más inocentes y perversas que guardaban en sus corazoncitos, sin que el temor a ninguna ley los contuviera.

Luego despertaban y solo recordaban algunos restos de la aventura, como si el sueño hubiera sido un barco y el momento de despertar el cañonazo último que lo hace saltar por los aires. La piel era la única que conservaban la humedad refrescante de ese universo, gotas fresca se adherían, como la niebla al cabello, a la piel, más cuanto más se hubieran esforzado en jugar con sus sueños y sus fantasías.

Despertaban agotados, sí, pero toda la energía que parecían contener la hermética cabeza de los epilépticos se disipaba como la sal en un vaso de agua con los cataplasmas y las medicinas. De lo de después ya no me acuerdo. Posiblemente apedrearan al barbero por no curar a un niño con cáncer, o el Mal aparece y roba el arte mágico del pueblo, que acto seguido quedó sepultado por la lava de un volcán.

He estado pensando durante toda mi vida, o al menos durante toda mi vida consciente en lo que quería ser en el futuro. Veía a un tipo en la televisión aporreando la guitarra con voz flautil y por la noche me encajaba los auriculares en mi cama de 1.20 y mientras escuchaba los desgarradores aullidos con letra sobre lo inútil que es la existencia, me veía arrojando eructos a un público irracional y encantado con mis idioteces, y yo escribiría esas letras y destrozaría las guitarras al final del concierto.

Conforme fui creciendo quise hacerme escritor, pero no del tipo miserable que trepa desde el cubo de cangrejos donde se encuentran otros escritores, concejales de cultura, editores de tercera, libreros, etcétera, todos utilizando sus pinzas y sus patas sólidas para impedir que nadie más salga del cubo, sino un escritor del tipo que proviene de un país en guerra o en desarrollo, y se asienta en París, y cada escrito es oro y denuncia y no necesita hacer un máster, ni mandar copias y plicas a buzones de aldeas en la provincia de Soria, España. Yo quería ser más ben del tipo que llaman para un bolo en la UNESCO o con el Papa, del tipo que podría recibir o no recibir el Nóbel (según el clima político del momento) pero que definitivamente estaría en la lista.

Cuando llegué a la edad adulto, tan solo quería ser un ágil ejecutivo en mi empresa. Salvaría, con mis conocimientos en fusiones frías, a dos frágiles entidades bancarias al borde de la bancarrota, evitando que mucha gente fuera al paro en una época de crisis, sería de los que unifican nóminas, presupuestos, mantendría swaps y opciones a la orden del día, y trabajaría en oficinas en Londres, Abu Dhabi, Baltimore. Ganaría dinero en monedas de distintos países, cantidades obscenas, por supuesto. Me dejaría llevar lacónicamente por un diminuto sentimiento de vacío ante una copa de whisky de malta en un hotel de cinco estrellas de El Cairo.

El cataplasma del barbero infiel sería fantástico, pensé un día, deberían inventarlo. Así nos quitaríamos del terror nocturno y podríamos dormir tranquilos estos días. Pero en el cuento el cataplasma solo podía hacerles efecto a los niños: los que ya habían crecido, los que ya han asumido responsabilidades y la consciencia de ser alguien o tan solo de «ser» sufren un terror alimentado por sus acciones, por lo que el cataplasma solo les permitiría cambiar de terror en el sueño, como un mando a distancia de su inconsciente, para que tuvieran televisión, rock, mercados financieros y monstruos en sus sueños, también en sus sueños.

Roberto Aledaño, Diccionario de traducción

Diario de Londres – No gastar más dinero

El otro día me enteré de que Sonia había muerto. Charlotte, que reconoció mi voz al otro lado del teléfono, me lo soltó como si deslizara una barra de hielo a través del auricular. Luego me dijo que si quería, podía enviarme a otra escort como Sonia, que había muchas chicas que habían comenzado esa misma semana y que ya me acostumbraría. Colgué. Me molestó que tratara de endilgarme a cualquier otra fulana, pero lo que realmente me dolió es que la utilizara en el comparativo, tan a la ligera. Otra escort “como Sonia” le hubiera servido a cualquier otro putero que frecuentara el apartamento que la agencia mantenía en King’s Cross, alguno de esos tipos de la City que llegan a la puerta con la bragueta bajada y doscientas o trescientas libras asomando por el bolsillo, pero a mí, que no conocía a otra escort que no fuera Sonia, me habría asustado ante la desnudez de una muchacha real, es decir, una con pechos reales y sin pene.

Steve Reyna, Travesti

Diario de Londres – No olviden que, ante todo, este es un diario de creación literaria y los pormenores de dos españoles sin empleo sin casa y sin dinero por Londres son de relativa importancia dada la generosidad de los sistemas de seguridad social en occidente, sin contar, todavía, a EE. UU.

A mí, los tloros nunca me habían parecido un pueblo digno de estudio. Vaya por delante que en ningún caso abogo por excentricidades antropocéntricas, y más siendo yo doctorado en ciencias humanas, pero los tloros, como millares de pueblos a lo largo de la historia, están condenados a la indiferencia. Un pueblo sin referencias culturales, sin escritura, sin rastros arquelógicos, que no ha dejado testamento físico de ningún tipo es un pueblo extinto. Se sabe (y así lo documenta Pascual Merino, uno de los discípulos más entregados de Menéndez y sospecho que amante ocasional del profesor) que los tloros existieron por terceras y cuartas referencias de historiadores locales. En el Prontuario de las Yndias Americanas, escrito por Juan Choz, a la sazón aventurero y canalla español, hay un párrafo en el que menciona a los Tloros como enemigos naturales de «las economías espirituales reales o ficticias, así como de cualesquiera menesteres relacionados con la esperitualidad (sic) o la adoración de ídolos, falsos o cristianos».
Markovitz, Los Tloros