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El pan y la sal. Flores de España.

Cómo empezar en un taller de escritura creativa

(Este es un compendio de los consejos que doy a los alumnos que empiezan conmigo los cursos de escritura).

No se puede aprender a escribir.

Esta oración es tanto un cliché como una realidad. No existe método, ni fórmula para la mejor escritura. No existen estrategias ni manuales a través de los cuales uno llega a convertirse en un contador de historias sugerentes, divertidas, extrañas, emocionantes.

A diferencia de otros artistas, los escritores no aprenden una técnica. Ólvidate del story-telling y de sus profetas anfetamínicos. Olvídate de Robert McKee, Aristóteles, Molière. No se aprende a cincelar mejor la piedra desnuda como los escultores, ni a proyectar sombras que imiten la tridimensionalidad como los pintores. Tampoco uno aprende ritmos, frases, pasos de danza, como en la música.

Lo que vas a encontrarte en este curso no será una guía para convertirte en mejor escritor o en mejor contador de historias. Porque este es un taller en el que aprenderás lo que de alguna manera ya sabes hacer: contar una historia. Es una idea que suena ridícula.

Porque es ridícula. Como todo aprendizaje.

Decimos que aprenderás lo que de alguna manera ya sabes porque nuestra vida y nuestra realidad son las historias que nos contamos unos a otros. Cómo conocisteis a vuestro mejor amigo. Quién fue tu primera novia. Qué has desayunado esta mañana. Cómo se fundó tu ciudad. Qué significa ser español, francés, catalán, kurdo. Incluso un partido de fútbol es una historia: la de un equipo, la de un estadio, la de una afición.

Porque nos contamos historias podemos imaginarnos el futuro y ajustar cuentas con el pasado, y porque nos contamos historias podemos entender el presente. Y lucharlo. Y construirlo. Lo que vienes a aprender son las historias que nos contamos constantemente.

No se puede aprender a escribir, pero en esta clase aprenderemos a saber cómo funciona una historia. Cuándo es manipuladora, cuándo hace vibrar al lector, cuándo es farragosa y cuándo es tan ligera que podría desaparecer de un soplido. Y por qué de unas maneras funciona y de otras es un desastre. Cuándo emociona al lector y cuándo lo deja frío.

Vamos a aprender a leer minuciosamente las historias de otros porque así podremos entender las propias. Porque así también podremos leer aquellos cuentos que en ocasiones nos tratan de colar como relatos y que son, bueno, engañifas, historias mal contadas, propaganda.

Los regímenes que más temen a los ciudadanos censuran libros, se ríen de sus autores e invitan a los lectores a entretenerse de otras maneras. Por ejemplo, a evadirse de su propia imaginación con una serie de televisión donde las risas ya están grabadas para que uno no tenga ni que esforzarse en encontrarle gracia. Con una tertulia donde existan dos opinadores, uno a favor y otro en contra de cualquier tema. Así uno huye de su propia risa. De su propia opinión. Lo hacen porque un ciudadano capaz de leer y de entender los mecanismos de la narración es menos proclive al engaño, a la falsificación, a la estafa. Porque comprende que los mundos imaginarios son los mundos posibles, porque un buen lector puede ver más allá de los límites de un debate acartonado o de una noticia de periódico. Un lector es un ciudadano potencialmente crítico. Un ciudadano crítico es un ciudadano libre. Y el escritor, un colaboracionista.

Algunas reglas, algunos consejos

Este taller es para ti y para tus compañeros. Estás en él porque quieres aprender a escribir/leer, o te lo han regalado y has dicho <<a ver qué pasa>>, o llevas años escribiendo y por fin te has decidido a compartirlo con otros y saber <<qué se cuece por ahí>>. Bien hecho. Bienvenido. Bienvenida.

Hay algunos consejos para que un taller fluya y sea de utilidad. Podríamos enumerar algunos mandamientos que cumplir, imponer reglas, prohibir esto y aquello. No suele funcionar. En la regla ya viene enunciada su quebrantamiento. Sin embargo, hay una máxima que si convendría tener presente:

Respeta tu curiosidad.

Lo que te ha traído aquí ha sido la curiosidad. Puede que no estés seguro de que seas capaz de escribir lo que te has propuesto. Puede que pienses que eres una persona que no ha leído lo suficiente a lo largo de su vida y que por ello no vas a sacar provecho del taller. Puede que sencillamente hayas venido aquí porque una amiga te dijo que su hermana había cursado uno y se había publicado un libro y quieres saber qué hay que hacer porque su libro era una castaña y tú puedes escribir uno mejor.

A lo mejor solo quieres hacer amigos.

En todos estos casos hay una fuerza común que os ha juntado: la curiosidad.

Respétala.

Una serie de recomendaciones para que esa curiosidad no muera.

1 – Apaga el teléfono móvil. Apaga el smartwatch. Apaga el portátil y la tablet. Es igual lo que pienses de ellos: que son interactivos, que mejoran la experiencia del usuario, que enriquecen la clase. No es así. Son consumidores de tu atención y de tu curiosidad. Están diseñados para distraerte y alejarte del cualquier presencia real. Apágalos. No temas por tus seres queridos. Por increíble que parezca, el mundo (tus hijos, tu marido, tus padres, tu novia, tu jefe, el perfil de Twitter con quien mantienes una disputa, el correo electrónico) puede perfectamente sobrevivir durante dos horas sin saber nada de ti. Y si el mundo se acaba durante esas dos horas, no dejará de ser interesante porque no te hayas enterado en tiempo real. Recuerda: respeta tu curiosidad.

2 – Sé un crítico razonable. Mira, escucha y habla con tus compañeros. Aunque no lo sepas, son más parecidos a ti de lo que te crees. Saben que quieren escribir algo, no saben muy bien el qué. O sí saben, pero tienen miedo a mostrarlo. O les asusta que el profesor sea un cretino, o que haya otro alumno que escriba mejor que ellos y les diga que su proyecto es una tontería y que mejor que se vaya al taller de manualidades. Escribir es duro. Es solitario. Uno se sienta delante del ordenador o del cuaderno y emplea horas de su vida en las que podría estar preparando un gazpacho, haciendo flexiones o insultando a alguien en las redes sociales. Ha elegido escribir una historia. Ha elegido parar el mundo (jefe, novia, etc.) para plasmarlo en un papel. Ha elegido la curiosidad. Respeta su curiosidad y su trabajo.

3 – Llega a tiempo, entrega a tiempo. Llega puntual a clase. Porque si llegas 5 minutos tarde, alguien puede estar leyendo el relato que más le ha costado en toda su vida y escuchar como alguien abre la puerta, dice <<perdón, perdón, es que me estaba tomando una cerveza y se me ha ido el santo al cielo>> es una falta de respeto al trabajo del compañero. Lo mismo con las entregas: puedes entregar, o puedes no hacerlo, pero no entregues fuera de plazo, porque supondría una ventaja frente a tus compañeros. Si no puedes entregar, pero te apetece mucho hacerlo, habla con el profesor y estará encantado de corregírtelo.

4 – Trae copias para todos tus compañeros. Lee tu relato en clase. No mandes copias por e-mail ni por whatsapp porque nadie se las leerá. Trae una copia impresa a clase (Arial 12, 1.5 puntos) para tus compañeros. Lee tú. No dejes que nadie lea tus palabras por ti: es tu voz la que queremos escuchar. Es tu ritmo el que queremos interpretar. No te pares mientras leas. No te corrijas al vuelo. No digas: <<sé que mi relato es una mierda>> porque no darás ninguna pena. Toda la clase está pendiente de ti, de tu relato, de tus opiniones, de tu forma de ver el mundo. El único relato malo es el que no has escrito.

5 – Lee, escribe, corrige. Escucha lo que tus compañeros tienen que decir. Toma notas, si lo crees adecuado y escoge aquello que te sirve y desecha aquello que consideres innecesario. No discutas con un compañero si a este no le gusta lo que has escrito. Él lo ha leído de una manera que tú no esperabas. Fin de la historia. Después corrige. Lee a los compañeros. Léelo todo. Lee ensayo, novelas, poesía, antropología. Lee la biografía de Lutero y al último premio Nobel. Lee a autores que se autopublican, a autoras con proyección internacional, a autores que escriben en Internet. Lee libros que son como un callejón desconocido en una ciudad nueva. Lee mal, sin entender nada. Lee una noticia como una obra de teatro y una serie como si fuera un poema. Y escribe. Y escribe. Y escribe.

El teatro debe responsabilizarse de la memoria histórica

Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacer la, más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos. Ella, desde el aire, nos respira.
Es contradictoria, como nosotros. Nunca está quieta. Con nosotros, cambia. A medida que van pasando los años, y los años nos van cambiando, va cambiando también nuestro recuerdo de lo vivido, lo visto y lo escuchado. Y a menudo ocurre que ponemos en la memoria lo que en ella queremos encontrar, como suele hacer la policía con los allanamientos. La nostalgia, por ejemplo, que tan gustosa es, y que tan generosamente nos brinda el calorcito de su refugio, es también tramposa: ¿Cuantas veces preferimos el pasado que inventamos al presente que nos desafía y al futuro que nos da miedo?
La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron.
Eduardo Galeano

Cada día, en España, a cientos de miles de españoles les son negados sus derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación. Familiares de desaparecidos durante la Guerra Civil y la posguerra, familiares bebés robados de brazos de sus madres, prisioneros empleados como esclavos en la construcción de monumentos y grandes empresas, homosexuales, mujeres, estudiantes torturados por oponerse al franquismo, investigadores que tratan de estudiar los archivos donde se ocultan las historias que merecen ser expuestas han visto como los sucesivos gobiernos democráticos en España han perpetuado la cultura del silencio impuesta desde la dictadura y de sus herederos.

Con todo, desde el comienzo del siglo XXI una nueva generación de activistas ha comenzado a exigir responsabilidades a los gobiernos nacionales e internacionales para que derechos tan básicos como el de la reparación, la justicia y la verdad, derechos que tejen las estructuras de las sociedades democráticas sean garantizados de manera irrevocable. Se trata de asociaciones que trabajan de manera voluntaria y gratuita, que han visto cómo el gobierno elegido por todos los españoles ha revocado cualquier partida económica para su sustento, que han sido insultadas, menospreciadas y ridiculizadas por políticos, periodistas y opinólogos.

La infamia perpetuada desde el restablecimiento de la democracia ha resonado más allá de nuestras fronteras. Organizaciones como Amnistía Internacional, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU, así como el Relator Especial de la ONU para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición han reiterado una y otra la urgencia que requiere tratar este abuso que es la negación del derecho en un país democrático como España.

Los gobiernos de España, entre tanto, se han lavado las manos cuando incumplieron tratados internacionales de extradición de individuos que participaron en abusos contra los derechos humanos, cuando señalaron con el dedo a las asociaciones que pretendían restablecer un mínimo de cordura en el país y cuando se atrevieron a sentar en el banquillo a jueces que intentaron arrojar algo de luz sobre la historia reciente de España. España, que fue una de las pioneras en la persecución internacional de dictadores y criminales de guerra en Argentina, Chile, Tíbet, Guatemala, ignoró e insultó a sus propios ciudadanos.

El teatro debe contar estas historias. Como autor y como artista, uno puede intentar pensar que puede alejarse del suelo que pisa y escribir desde la nostalgia, los cielos, las musas. Pero hemos aprendido que la tierra siempre le traerá de vuelta al suelo, obcecadamente, dónde tendrá que enfrentarse, una y otra vez, al barro del que verdaderamente venimos. Uno querría engañarse creyendo que las habilidades que el cielo le ha entregado han de ser devueltas al cielo. No es cierto. Si se nos concedió la gracia de poder y querer escribir estando aquí en la tierra, es para que contemos lo que aquí sucede. En éste, nuestro barro.

En 2013 varias personas ideamos el Teatro por la Memoria. No se trata de una asociación cultural, ni de un movimiento: no tenemos un manifiesto, ni un programa, ni siquiera tenemos socios. No somos nada: palabras. Somos una idea compartida: la de que el teatro debe clamar, desde las tablas, desde los cuerpos y las voces de los actores, desde el texto dramático, la urgente necesidad de que los derechos de nuestros ciudadanos sean restablecidos. 

Hoy, esta idea es una realidad material. Después de años de trabajo, de contactos con activistas, jueces, periodistas, víctimas y personas de la cultura, el texto «El Pan y la Sal», una obra que habla de la lucha de las asociaciones por reestablecer la memoria de este país, se estrena en los teatros más importantes de España. Anteriormente lo hicimos con Flores de España, que aún está de gira con la compañía Los Sueños de Fausto.

No creo, como escritor, que haya una responsabilidad mayor y para la que se necesita más humildad que la de haber podido trabajar con todas estas maravillosas personas por evitar que la mayor injusticia que sufre nuestro país se siga perpetuando.

Raúl Quirós Molina, autor de El Pan y La Sal y Flores de España.

 

www.lossuenosdefausto.com

Aquellas niñas que reconocimos en fotos

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Después de dos años cuidando de su madre enferma, Adela ha de enfrentarse a la tarea de rehacer su vida. Para ello se abre un perfil en una página de citas en la que conoce a Honduras, el único hombre que la trata con respeto y cortesía. Al mismo tiempo, conoce a David, novio de Teresa, dueño de varios gimnasios y maltratador, con quien comienza una relación tóxica. Conforme avanza la relación, Adela trata de librarse de David mientras le confiesa todo a Honduras a través de Internet. Pero la persistencia de David va en aumento… Años más tarde, la cantante latina más importante del momento, que superó a las grandes estrellas de principios del siglo XXI como Rihanna o Lady Gaga cuenta su vida antes de morir de cáncer. A lo largo de una historia en primera persona, narra un infierno de maltratos, prostitución y pederastia en su ciudad natal, pero también de complicidad con las mujeres que le rodeaban, compañerismo y el amor, el suave y el terrible. Y cómo llegó a conocer a Adela, la persona que le pudo cambiar la vida… Aquellas niñas que reconocimos en fotos es la primera novela de Raúl Quirós Molina, escritor y director de teatro conocido por sus obras Flores de España y El pan y la sal. Ha trabajado en varios proyectos por los derechos reproductivos, la erradicación de la violencia contra las mujeres y maternidades diversas. Esta novela fue finalista del Premio Nadal 2018.

 

Sexos en llamas (3/8)

Bien, la historia entonces va así: tú me das tu teléfono y yo te doy el mío, pero no nos llamamos, porque, a fin de cuentas, eso es lo que hace la gente normal, se llaman, quedan, van a tomar algo, quedan más, se besan, se acuestan y tralarí-tralará, ya son pareja. Y tanto tú y como yo no queremos ser una pareja, no queremos ser ESE tipo de pareja. Entonces nos intercambiamos los números, pero no nos llamamos: un día, por ejemplo, te mando un mensaje mientras estoy de fiesta. No me contestas, y yo tampoco lo espero, y a la mañana siguiente, mientras estoy con mi amiga de resaca en la terraza de algún bar, recibo un mensaje tuyo y dices algo así como que estabas durmiendo, que trabajas mucho, que estás de resaca. Días más tarde nos encontramos en nuestra cafetería (porque ya es nuestra, porque allí nació este romance) y me comentas con ironía que menuda borrachera llevaba el otro día y yo respondo con ironía que después fue mucho peor y continuamos a lo nuestro, a nuestros dibujos, a nuestras traducciones, a nuestros cafés con leche de avena. Luego, otra noche, cuando estoy a punto de aburrirme, recibo un mensaje tuyo, que dice brevemente, estás por el centro, ¿estás por este bar, estás presente en este momento, en esta noche, en este siglo en algún lugar donde podamos encontrarnos? Y normalmente no hubiera visto el mensaje hasta mañana por la mañana, pero tenía el teléfono móvil en la mano, que es lo que hacemos cuando no queremos conversar, porque siempre hay más emoción en mi pantalla que en la línea de botellas multiformes que se alinean por detrás del camarero, en tus amigas que hablan de conciertos de hace dos años, y de ligues que se perdieron por estar borrachas. Y… Y aparece tu mensaje y suena a rescate; suena a: esto puede ser divertido. Y te digo donde estoy, pero tú no conoces esta ciudad, esta calle, este bar, y salgo y grito por el teléfono móvil, te llamo por encima del descanso de los vecinos, y me dices, no me grites y te digo que me he tomado unos cuantos chupitos, y pienso, qué idiotez, y te digo, menuda idiotez, y me dices que te guarde uno. Y entro de nuevo al bar y todo ha cambiado, ya no miro el móvil, ya no miro las botellas ni a mis amigas que hablan con guiris catalépticos que sostienen el cubata en la mano con cara de: qué coño hago yo aquí. Ni hago caso a los argentinos que piensan que las chicas de aquí son más fáciles. La turba de fin de semana, el triste espectáculo al que acudimos cada viernes, cada sábado para arrancarle un trozo de vida a los días ya no importa. Ahora entras tú, y me alzo en puntillas para ver por encima de las cabezas y te veo. Ninguna de mis amigas ha preguntado por qué he salido, o por qué he cambiado desidia por ilusión. Y esta palabra ahora se me queda grande, ilusión, porque venías al bar por mí, solo por mí, esta noche, en vez de estar con tus amigos, en vez de revolotear entre los argentinos, los guiris, la gente que mantiene conversaciones sobre cómic manga y actrices porno, en vez de entrarle a alguna diva de pueblo vestida como Emily The Strange has venido a verme a mí, que a veces me recojo el pelo porque no tengo ganas de lavármelo, que compro en los supermercados y nunca llevo bolsas, que me gasto el poco dinero que hago para empresas de márketing en vestidos estampados y libros de autores desconocidos en la Calders, y en entradas para festivales donde siempre tocan los mismos grupos. Soy yo la que vienes a ver, en esta ciudad llena de guiris, de argentinos, de okupas y de gente que duerme de 10 a 8, esta ciudad que nos aburre y nos indigna y nos ama y que no entendemos.
Miras a un lado y al otro, levantas la mano, el aire de esta visita es clandestino, me buscas y me encuentras, me siento tentada de abrazarte, de decirte, cuánto te he echado de menos, cuánto necesitaba que estuvieras aquí, pero solo pensarlo me hace sentir ridícula, así que me cuentas qué has hecho: que te has escapado de un grupo de amigos que te aburría, y pareces muy entero, muy sobrio a pesar de que son las dos de la mañana – que no has bebido, que no has estado con tus amigos, qué hueles a champú, que tu ropa parece intacta, como si hubieras salido de tu casa hace quince minutos, o de la casa de alguien y te aburría y decidiste irte, y no querías desaprovechar el resto de la noche. Y hablamos hasta que cierra el bar, y cuando vamos de camino hacia el metro, o hacia mi calle nos separamos de mis amigas, que apenas recuerdan tu nombre, y te pregunto por aquella conversación de teléfono en el café, y me dices, que era una chica a la que estabas viendo, y con la que has cortado. Me quedo perpleja porque no esperaba que en tu vida existiera una mujer, no, no, cómo podría haber existido alguien antes que yo, cómo podría haber habido alguien a quien buscaras en esta ciudad a las dos de la mañana antes que a mí, y pienso que te quieres alejar o que eres muy torpe, que no has visto aún que si quieres ligar conmigo, amarme, atraer mi atención no puede haber otra mujer ni en pintura, no, no, no, solo puedo estar yo. Solo te sonrío y te pregunto por ella, cómo es, de dónde la conocías, cuánto tiempo llevabais juntos y te noto parco, paras, reculas, me atraes hacia ti con tus dudas, con medias sonrisas, con pausas melodramáticas, hijo de puta, lo sabes hacer muy bien. Nos vemos en el café, dices, y te separas de mí, con dos besos. Supongo que imaginaba que tratarías de besarme, que lo joderías todo, que lo que en realidad te pasaba era que estabas cachondo, que te había dejado tu novia, que habías tomado que te diera mi teléfono como una prueba de que sí, de que iría detrás de ti y te metería en mi casa a la mínima. Solo dos besos, lo sabías hacer bien desde el principio, cabrón, te fuiste con las manos metidas en los bolsillos de tu cazadora vaquera, los tacones de tus botas resonaban en el asfalto y me quedé unos segundos mirándote el culo y pensando si de verdad yo te gustaba, si eras una de esas joyas de hombre que saben esperar, que no tienen prisa en follarte, en conquistarte, que no dan nada por sentado y a los que les vale una amistad, el buen rollo, la calma chicha.