Recuerdos de Londres: Hampstead Heath

West End from Hampstead Heath

A Hampstead Heath fui solo la primera vez, en 2011. El tiempo ya era amable en aquella parte del año. No sabía que el Heath estaba dividido en dos parques, uno para las familias y otro que se asemeja más a un bosque, para paseantes despistados y amantes. Me perdí en los caminos del bosque y me quedé en silencio por primera vez desde que llegué a la ciudad en 2010. Un silencio arropador.
Durante los años siguientes fui allí a correr, a meditar, a volar una cometa gigantesca, a que me desvelaran las tradiciones del año nuevo persa.
A contemplar el horizonte londinense desde Primrose Hill. Cuántos colores puede tener un domingo.
A escribir unos cuántos poemas que ya perdí.

Gestione su pobreza con inteligencia empresarial. Otro viaje a Brasil I

Soy uno de los viajeros más torpes del mundo. Cada vez que organizo una visita a un lugar nuevo, empiezo a diseñar mentalmente cómo va a ser mi viaje y sé cómo va a transcurrir: hablaré con gente nueva como si fueran viejos amigos, me moveré con fluidez en el idioma local, castigaré al paladar con las exquisiteces autóctonas y dejaré el país en un reguero de nostalgias y adioses que, como la soga de esos barcos pequeños que cruzan islas cercanas, siempre tendrán una parte de mi corazón en su tierra.

Lo que pasa luego es que me doy cuenta de que soy un turista y como buen turista espero que todas esas aventuras sucedan, de otro modo me llevo una decepción tremenda y acuso al país de no proporcionarme la experiencia adecuada a mis expectativas, levanto el puño al cielo y juro por mi sangre que nunca más volveré a pisar el suelo de esa nación. Además, jamás me preparo como es debido para la experiencia turista: en Bruselas me presenté con poca idea de francés, sin mapa y sin cámara de fotos en la estación de metro Gare du Midi, que en mi cabeza quería decir: Puerta del Centro (Midi – Medio como buen cognado), es decir, centro, es decir, atracciones turísticas sin peligro de ir a caer en un barrio con gente que destripa gallinas y turistas de manera indistinta. Infelizmente Gare Midi en flamenco es Zuidstation, que ya se parece más a Estación del Sur y Sur, en cualquier lenguaje civilizado quiere decir pobres, muerte y enfermedad. Y así fue: caí en el barrio de los inmigrantes, donde la gente en la calle no lleva cámaras de vídeo sino carros de la compra y en vez de FNACs hay fruterías. Me gustó más Bruselas así que en su versión carta postal, con alemanes chupeteando mejillones y americanos admirando la Grand Place. Me hizo pensar que Bruselas era una ciudad habitable después de todo y que tenía vida detrás de su historia de pasquín informativo.

Si no has hecho algo así, es que nunca has salido de tu país
Si no has hecho algo así, es que nunca has salido de tu país.

Esta forma boba de viajar tiene sus ventajas: con el paso de los años y de los billetes de Ryanair uno ya no espera nada de sus viajes y es entonces cuando le ocurre de todo, y termina reflexionando sobre elementos del viaje en los que uno no repararía si se tratase de un turista con guía en mano o de un aventurero con machete y zurrón. En enero de este año, Alice me propuso visitar su país, Brasil, durante un mes y yo acepté encantado, aunque mi interés por visitar Sudamérica era nulo hasta entonces. En agosto tomamos un avión desde Londres hasta Salvador con escala en Río de Janeiro.

A los cinco minutos de aterrizar en Río, ya sabía todo lo que tenía que saber sobre los brasileños, su cultura, sus costumbres, sus pecados y su encanto y de alguna manera ya me estaba despidiendo de ellos.  Digo esto porque encuentro muy práctico formarse una idea preconcebida sobre un país una vez que uno pone un pie en el país y no antes. Si yo, por ejemplo, anuncio que los cariocas son presuntuosos sin haber salido de España mi credibilidad como viajero es muchísimo menor que si afirmo que los cariocas son presuntuosos y yo lo sé porque estuve allí dos semanas. Así que yo siempre aconsejo a mis amigos que se formen todos los prejuicios posibles justo cuando lleguen a los países de destino y luego esperar a que lo azaroso del viaje los vaya deshaciendo, poco a poco, como un cuentagotas sobre una terrón de azúcar, hasta que al fin el prejuicio no tenga asideros y uno tenga que aceptar que el mundo es peligro, misterio y alegría y que no sabemos cuáles son las proporciones exactas y que tal vez por eso nos dediquemos a viajar.

Lo primero que anoté en mi cuaderno sobre mi viaje a Brasil fue tomado en el aeropuerto de Río de Janeiro, mientras esperábamos la conexión con el vuelo a Salvador, fue que uno de los signos inequívocos de la explosión del desarrollo económico de un país es la inundación de las librerías del aeropuerto con libros sobre gestión empresarial, management, liderazgo y demás argot postindustrial. Pensé: en Brasil aún no han llegado las noticias de la caída de Occidente, donde tipos con MBAs y cursos de resolución de conflictos se suicidan desde los edificios más lujosos cuando ven acercarse la muerte de la ideología yuppie. Todo aquello que nos creímos acerca de cómo influir a gente importante, cómo construir tu carrera con racionalidad, cómo invertir en bolsa como un broker de Wall Street tuvo su graduación con honores el día que los empleados de Lehmann Brothers llevaban sus pertenencias, sus esperanzas y su ideología yuppie en cajas de cartón minutos después de ser despedidos.

Está lección no estaba incluída en las clases del MBA
Está lección no estaba incluída en las clases del MBA

Si en Brasil va a ocurrir lo mismo o no, ahora que está en el sendero del crecimiento económico (y por tanto ideológico), tendrá mucho que ver con cuánto de esa ideología queda en el fondo del armario de sus políticos. De momento, los estantes de las librerías de los aeropuertos añaden un elemento peculiar a esta palabrería sobre management, gestión de fondos y cómo hablar en público: Dios. Una gran parte de los libros editados bajo la materia «negocios» incluían la religión como parte consustancial al buen hacer financiero. Títulos de libros tales como: Dios, Mi Jefe de Negocios, Citas de la Biblia para manejar a sus empleados, Qué haría Jesús en su reunión, Dios está en cada despacho de márketing añaden a Dios al ya confuso lingo de los negocios. Ahora tener un negocio próspero o liderar una organización con habilidad no es tan solo una cuestión de conocimiento, capacidad y azar, sino también de gracia divina. Si Dios está de nuestro lado, los beneficios de las empresas florecerán y el país se beneficiará… Pienso todo esto mientras miro a través de los ventanales del aeropuerto y imagino las favelas cubriendo las colinas de Río: si Dios está con los que hacen dinero, ¿qué hará con los que no lo tienen? Terminé por no comprar ningún libro, ya que nos entró la sed y no habíamos dormido bien durante el vuelo desde Londres.

Dejar marchar

Hace quince días que no leo ningún tipo de diario. No se trata de una toma de postura intencionalmente política, ni de una promesa de Año Nuevo. Lo que ocurrió fue lo siguiente: yo estaba leyendo la enésima encíclica papal oculta bajo el formato de artículo periodístico en un diario de tirada internacional, y me pregunté que qué pasaría si nunca más acudiera a los periódicos, a la televisión o a Internet para enterarme de lo que pasa en el mundo. Lo que en el fondo quería preguntar es qué pedazo de mundo me quedaba una vez eliminada la prensa de mi circuito epistemológico. El Papa me daba igual.

No pretendo hacer un homenaje a las pequeñas cosas. Me disgusta -y no debería ser así- el cotidianismo, el afán desmedido por encontrar la belleza en las palomas cagonas, en los viejecitos achacosos, en los gamberros imberbes. Palomas son palomas, viejos son viejos y gamberros, gamberros. El mero propósito ya es venenoso y traicionero: encontrar la belleza como quien sale a buscar trufas al bosque. Qué pasaría entonces si uno no buscara la belleza y se rindiera ante su inútil propósito. Qué pasaría si uno saliese al bosque porque salir al bosque es de por sí suficiente motivo para salir al bosque. ¿Qué encontraría?

Ya lo sospechaba cuando mantuve las distancias con el televisor hace algunos años y con la maraña de blogs que perseguía a resuello por la Internet: a veces hay que dejar marchar. No es fácil dejar marchar la televisión, por ejemplo, si se la enciende durante tres horas al día. Uno crea un vínculo con ella, se vuelve parte de la familia e incluso preside la mesa, eso sí, sin probar bocado. Dícese de instrumento de paladar demasiado exquisito.

Los blogs son más adictivos: yo sufría una parafilia con aquellos que hablaban -mal- de literatura. Alguien tomaba un libro y no solo se molestaba en navegar por su prosa desagradable, sino que hacía acopio de fuerzas tras la horrible experiencia -porque se le queda a uno como una película blancuzca en la mente tras leer un mal libro-, y pergeñaba cuatro o cinco párrafos en los que, si el libro así lo justificaba, se daba cera al autor, al editor, al corrector, al traductor y a la suegra de todos y cada uno de ellos. ¡Si el libro lo justificaba! Que era la mayor parte de las veces. Luego estaban los blogs que chamuscaban a los primeros: los críticos de los críticos. Yo gozaba de mi Schadenfreude, esto es, el gusto por el latigazo en el lomo ajeno, pero me ocurrió lo que viene siendo ya un tic de oficio. Cuantos más años pasan, cuanto más uno va pensando en personajes, en mundo, en contar, más se mete uno en la piel de otros. Y pasó que empecé a meterme en la piel de los escritores sañosos. Y claro.

Así que dejé marchar a los blogs, también. No del todo, porque al final siempre lees uno o dos; siempre hay algún amigo que menciona alguna noticia. Digamos que dejé la puerta abierta. Y sienta bien. No solo por los blogs. La puerta abierta para la salida es también la de entrada.

Este verano viajé a Mallorca. Fue uno de esos viajes raros, sin motivos reales para hacerlo. Uno de esos viajes que se hacen a desgana y casi por obligación, casi un tránsito de negocio, una formalidad, una despedida cuando hacía meses que no quedaba nada de lo que despedirse. A mí estos viajes me agotan, y bien lo sabe mi hermano, que tuvo la gentileza de acompañarme durante los días que empleamos allí. Solo él sabe que el trayecto por Mallorca fue mucho más impactante para mí de lo que inicialmente había previsto, solo él sabe de las conversaciones que tuvimos y mantuvimos durante horas, y me sorprende ahora que la mayoría de ellas no tenían que ver siquiera con lo que allí me había llevado. Fue él el que me dio la pista de la puerta abierta: en ocasiones, hay que dejar marchar. Aunque la casa se quede hecha una pocilga. Siempre será más cómodo no tener a los incómodos huéspedes dejando huellas allí donde acabábamos de frotar con lejía. Y como siempre, la ayuda es más pronta si la casa está abierta. Creo que fue algo así. Solo recuerdo estar solo, y con mi hermano. He sido feliz desde entonces.

Diario de Londres – Terror en el parqué

Como protesta contra la dificultad para encontrar un alojamiento decente y propio, me propuse ir a la estación de King Cross / St. Pancras. En frente de un par de restaurantes italianos y bajo un cajero automático hay un rincón resguardado del viento y la lluvia pero suficientemente visible como para que un indigente o un activista – como yo pensaba ser – no pase desapercibido a las narices de los transeúntes y viajeros de autobús. Recogería unos cartones sobrantes de algún comercio adlátere y me agenciaría un conjunto de abrigo de estopa, gorro de lana con lamparones y barbas postizas y piojosas para dormir durante unas noches allí mismo. Un par de vasos de papel mordisqueados en los bordes y quizá un chucho sarnoso que me diera algo de calor formarían mi nueva habitación. El problema es que el sitio ya estaba ocupado: así me lo hizo saber el jefe de la estación, un negro redondo que escribía los horarios de las primeras y últimas salidas de trenes con letra torcida. Le habían concedido el hueco a otro indigente y ya se había instalado con un chucho más sarnoso, un gorro de lana más raído y unas barbas más piojosas y más reales que las mías.
Dormir en cualquier otra estación hubiera sido mucho menos glamouroso, porque hasta la pobreza tiene sus cotas de elegancia. El español, cuando se pone a parecer miserable, debe ser el más miserable de todos, una suerte de trepa engominado pero cuesta abajo, hacia los sumideros de droga de su ciudad natal, sus penosos derroteros vitales, etcétera. Puestos a ser pobre hay que ser el más pobre y que todo el mundo lo sepa.
Así que saltamos de habitación en habitación, a la espera de que la casa de Edu quedara libre y fuimos a caer en una habitación de la que colgaban pósteres de carga homosexual moderada o alta y que olía a raro y uno ya se preguntaba si oler raro era una cosa previa o si eran los prejuicios los que nos hacían oler. Y luego fuimos hasta Morden, a una casa aburrida, sin barniz en la madera, sin tráfico ni ruido ni muerte por ningún lado, con una correcta elegancia en los habitantes que paseaban de manera aislada y organizada en una red de calles perfectamente cuadriculada y luego fuimos a la casa de Edu y el compañero de Edu dijo que ya estaba todo arreglado, arreglado para otro, que no éramos nosotros, y nos quedamos en la puerta de la casa con la maleta, con mis trajes escurriendo la lluvia fina que nos llevó de nuevo a casa de Bárbara y Sergio, y ahora a una habitación triple de hotel donde, según se dice hay ratones y fantasmas, o fantasmas de ratones. Y luego ya no sabemos.

[…]
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

Claudio Rodríguez