La verdad sobre el LHC

Sí, sí, bueno, no puedo detenerme en los detalles técnicos, luego llamo a un ingeniero para que se lo explique. Bien, pues girando en un sentido (en el de las agujas), el acelerador aceleraba en igual proporción y hacía lo mismo con las partículas del sujeto que llevara el reloj. A eso lo llamamos el Fast Forward, y en ocasiones era muy útil, porque bastaba adelantar el reloj una hora e inmediatamente había pasado una hora para el sujeto que lo llevara. Utilísimo para esperar turnos o resultados de lotería. Lo que pasaba con el cuerpo del acelerado (lo llamo así para que me entienda) es que desaparecía mientras estaba en aceleración. ¿A otra dimensión? ¿A otro universo? Yo que sé. El tipo se esfumaba y luego reaparecía en el mismo lugar, solo que una, dos o las horas que hubiera movido las agujas. A veces la gente se llevaba unos sustos increíbles en la parada del autobús. La otra forma de utilizar el aparato fue aquel que el departamento de márketing llamó Pause-Still. No me negará que los carteles de la campaña de publicidad no fueron un lujo de creatividad. Entre nosotros llamábamos al reloj «el mando a distancia de la vida real», aunque como brand es demasiado largo. En este último modo, el acelerador aceleraba al revés, es decir, que las partículas iban en sentido contrario, con lo cual el tiempo del usuario quedaba prácticamente detenido. En este caso, no desaparecía el cuerpo, al menos no es lo que se puede comprobar si uno coloca una cámara slow-motion en la puerta de las Naciones Unidas o alguna entidad financiera: lo que a simple vista parecen ráfagas de aire no son sino usuarios de nuestro reloj con el tiempo enlentecido, corriendo de un lado para otro. En la película se les puede ver perfectamente.

Relato que se incluirá en el libro Un hombre cae de un edificio

Cuento triste para hermanos

No tengo más hermanos. Mi madre dice que tenemos que escribir a Nerea. Yo no sé quién es, pero mamá dice que era una niña que vivía en casa y que era nuestra hermana y que se murió. Cuando no nos gusta la cena, mi mamá dice que nos la comamos o que nos caeremos por la ventana como Nerea. A mí me da igual pero Javi se lo come todo sin decir nada. Luego mamá se va corriendo a la habitación y viene papá y nos dice que nos lo comamos todo. Nerea vivía antes que yo, cuando Javi era pequeño y yo no existía.

Rudolf Tag, Cuentos de niños para adultos