Genes y causas

Existe una pintoresca tendencia en ciertos medios (y entre «medios» se incluyen los blogs de divulgación, que sirven como megáfono a medios tradicionales) de dar bombo a noticias que vinculan genética y voluntad, convirtiendo ésta en inexistente por cuanto aquélla la define. El adjetivo «científico» parece eximir de la obligación de los redactores de aplicar algún tipo de criterio racional al filtrado de noticias, cuando no al análisis y a su descarte o al menos su reemplazamiento a la sección más amarilla del periódico o noticiario de turno.
Una de las últimas interferencias de la genética en la psicología conductual no es nueva, ni mucho menos: que los hombres tenemos algo así como un gen que nos hace más vulnerables a la tentación de la infidelidad. Un tal Hasse Walum declaró hace un par años haber encontrado el vínculo entre la infidelidad (masculina) y la genética. El milagro científico viene explicado en las siguientes líneas:

[…] The team found that men who carry one or two copies of a variant of this gene  allele 334  often behave differently in relationships than men who lack this gene variant.
The incidence of allele 334 was statistically linked to how strong a bond a man felt he had with his partner.
[…]
Men who had two copies of allele 334 were also twice as likely to have had a marital or relational crisis in the past year than those who lacked the gene variant. There was also a correlation between the mens gene variant and what their respective partners thought about their relationship.

No falta quien denuncie, desde el humor, o desde un rigor que debía imperar en cualquier estudio estadístico – pues de eso va la vaina, de contar gente y de dar publicidad a universidades de escaso prestigio – la falta de seriedad de un informe de estas características. Pero hay algo más, algo siniestro y más que preocupante que conceder a la tradición de la querida el status de circunstancia connatural al macho.

Pierre Bourdieu, en su ensayo La dominación masculina, que el cinturón del estereotipo no se ceñía únicamente a la mujer: el hombre también está preso de la imagen que se proyecta de él, y que la responsabilidad de una sociedad más justa o más racional entre sexos debía partir de esa asunción, y no de una centrada única y exclusivamente en la condición de la mujer/lo femenino.

La dominación masculina

Quizá compartir el privilegio de la infidelidad con la mujer (el descubrimiento de un gen que pruebe que la infidelidad también le es ajena a la voluntad de las mujeres es cosa de organización mediática) nos parezca chusco y divertido, y tal vez aplaudamos con gracejo que exista tal cosa como un programa universal que nos predetermina a decantarnos por ciertas opciones morales y que nada podemos hacer por evitarlo. Es algo terriblemente discriminatorio: un gen determina el comportamiento del macho. Una vez desprovisto de esa leve cualidad como es el albedrío ¿hasta que punto se puede profundizar y falsear, como es el caso, en las relaciones genética – conciencia para conseguir atención internacional sobre algún oscuro departamento de alguna universidad falta de fondos? ¿De qué estaríamos hablando, legalmente, si se llevara hasta el final, por ejemplo, habilitando una respuesta genética para el maltrato o el abuso sexual? Estaríamos hablando de un sistema jurídico que podría aceptar como eximentes los códigos genéticos del violador y que podría tomar medidas legales en base a ese mismo código.

Por fortuna, parece que la digestión de estos estudios termina  por ser rápida y las noticias de este tipo pasan desapercibidas por la comunidad científica en favor de una industria editorial de autoayuda, mayor beneficiaria del asunto, supongo. Salvo que por repetición, algo de ese sustrato ideológico acabe calando y se termine pensando que en efecto hay genes y éstos que determinan la voluntad y que eso constituye algo así como una naturaleza propia, una naturaleza organizada y con posibilidad de ser controlada desde un laboratorio, es decir todo lo contrario de la naturaleza.