Último poema

Esta noche gotea entre las sábanas
que tendrán que esperar a la mañana
para ser sacudidas en el sol
del patio.
A través de la ventana
alguna imagen de la calle estática
es invadida por los parabrisas
monótonos, ajando oscuramente
el agua de la lluvia, de los vientos.

Ya no queda despierto casi nadie,
los delirios y gritos son ahora
cigarras cuyo cuerpo está latiendo
en los rincones entre los pasillos.
No llega el sueño y yo no correré
para alcanzarlo.
Me miro las manos
y me asusta su carne blanquecina,
las cosas que no pueden contener.

Cruza por la ventana aquel caballo
mojado que soñé entre las nubes
de otra noche, con los cascos de plata
retumbando sobre el asfalto, terco,
ocultando con sus crines el rostro
amargo de quien lo monta.
Jinete
que construye con pasos metálicos
el temblor que ilumina tímidamente
la cara que le mira en vigilia.

La almohada reclama el vasto reino
que se ha perdido en mi cabeza como
un diamante en un bolsillo de hielo.

La fábula del lechero

Nunca te dirá no conduzcas hoy
nunca te dirá tenemos que visitar a mi madre
nunca te dirá el niño es tuyo
nunca te dirá ella te ha vuelto a llamar
nunca te dirá sin ti no soy nadie
o por favor no te enfades
no me golpees en la cara
estás enfadado
jamás volverás a verme
o me enciendes como una tea
cambia de canal
estás engordando
estás borracho.

Nunca te dirá ven a mi casa esta noche.
Nunca te dirá ¿estás solo? ¿Solo? ¿Solo?
Solo. Solo.

Lecho

Lecho para dos uno y otro
uno entre otro tu vello y el mío
unidos ciegamente
invisibles
elegantes
tejidos como las cuerdas de un libro

abrazados al sudor
sal en tus labios
agitados
contra mi frente

abrazos a una lluvia
que no llega

fuera
no hablan los pájaros
ni los árboles
rezan al sol que se clava en la piel
de la ciudad
durante horas
horas en que tus uñas
son el sol tu pelo los pájaros
tu sexo no habla

te delata el verano
que puebla tus axilas
tu espalda
tus senos cubiertos de lluvia
las gotas
que inventamos para el verano
el uno y el otro
el uno contra el otro.

Flunitrazepam

Haz caso ya, no te alejes, el diácono
que ruge en el interior de la piedra
que guardas en el interior del estómago está
clamando desde los cimientos de tu ser.

Acaso no se comprenden
tus pies de barro con aquel futuro
que imaginaste en la región desértica,
acaso no creías que el amor
era un líquido ardiente,
que los vapores te llevaran
al encuentro con el amor.

No sé, a veces los árboles…
Su ceniza se cimbrea parece
morir de pie y su sombra es su lápida
innombrable.

Quisieras tal vez un televisor,
y ver tu vida en el televisor,
grabar tu vida en el televisor
para repetir, una y otra vez
los momentos más encomiables,
algún orgasmo,
añadir subtítulos en polaco,
realizar los comentarios
o la versión del director.

Primero un plano secuencia, el final:
tú mirando tu propio nacimiento
en la pantalla, en un bucle infinito
sin anuncios sin pausa sin aliento
en un círculo tragicómico
con el que alcanzar lo eterno, esto es:
lo que siempre quisiste:
no morir,
no ser inmortal.