Diario de Londres – No olviden que, ante todo, este es un diario de creación literaria y los pormenores de dos españoles sin empleo sin casa y sin dinero por Londres son de relativa importancia dada la generosidad de los sistemas de seguridad social en occidente, sin contar, todavía, a EE. UU.

A mí, los tloros nunca me habían parecido un pueblo digno de estudio. Vaya por delante que en ningún caso abogo por excentricidades antropocéntricas, y más siendo yo doctorado en ciencias humanas, pero los tloros, como millares de pueblos a lo largo de la historia, están condenados a la indiferencia. Un pueblo sin referencias culturales, sin escritura, sin rastros arquelógicos, que no ha dejado testamento físico de ningún tipo es un pueblo extinto. Se sabe (y así lo documenta Pascual Merino, uno de los discípulos más entregados de Menéndez y sospecho que amante ocasional del profesor) que los tloros existieron por terceras y cuartas referencias de historiadores locales. En el Prontuario de las Yndias Americanas, escrito por Juan Choz, a la sazón aventurero y canalla español, hay un párrafo en el que menciona a los Tloros como enemigos naturales de «las economías espirituales reales o ficticias, así como de cualesquiera menesteres relacionados con la esperitualidad (sic) o la adoración de ídolos, falsos o cristianos».
Markovitz, Los Tloros

Último poema

Esta noche gotea entre las sábanas
que tendrán que esperar a la mañana
para ser sacudidas en el sol
del patio.
A través de la ventana
alguna imagen de la calle estática
es invadida por los parabrisas
monótonos, ajando oscuramente
el agua de la lluvia, de los vientos.

Ya no queda despierto casi nadie,
los delirios y gritos son ahora
cigarras cuyo cuerpo está latiendo
en los rincones entre los pasillos.
No llega el sueño y yo no correré
para alcanzarlo.
Me miro las manos
y me asusta su carne blanquecina,
las cosas que no pueden contener.

Cruza por la ventana aquel caballo
mojado que soñé entre las nubes
de otra noche, con los cascos de plata
retumbando sobre el asfalto, terco,
ocultando con sus crines el rostro
amargo de quien lo monta.
Jinete
que construye con pasos metálicos
el temblor que ilumina tímidamente
la cara que le mira en vigilia.

La almohada reclama el vasto reino
que se ha perdido en mi cabeza como
un diamante en un bolsillo de hielo.

La fábula del lechero

Nunca te dirá no conduzcas hoy
nunca te dirá tenemos que visitar a mi madre
nunca te dirá el niño es tuyo
nunca te dirá ella te ha vuelto a llamar
nunca te dirá sin ti no soy nadie
o por favor no te enfades
no me golpees en la cara
estás enfadado
jamás volverás a verme
o me enciendes como una tea
cambia de canal
estás engordando
estás borracho.

Nunca te dirá ven a mi casa esta noche.
Nunca te dirá ¿estás solo? ¿Solo? ¿Solo?
Solo. Solo.