El arte del autoengaño

Hoy he soñado
con un perro salvaje
que portaba un cuchillo
en su mandíbula
y entraba en el bar
donde estaba con mis amigos
y, uno a uno,
los arrastraba fuera.
Yo gritaba, yo decía a los otros
que hay un perro en mi sueño
que nos comía a todos
uno a uno,
uno a uno.
Y el perro se los llevaba
y cuando me encontré solo en el bar,
el perro me miró
y no protesté.
Ellos no protestaron.

A veces pienso
que somos los niños
que juegan sin dinero
en las máquinas recreativas
de los bares,
el epiléptico mensaje ‘insert coin’
en la pantalla.
Sabías los movimientos del héroe
sabías cuando aparecían los enemigos
y los tesoros;
a quién disparaba ,
y aún así
agitabas los mandos
y golpeabas los botones
como si en efecto jugaras
como si en efecto
existiera la posibilidad
de tomar el control
del juego.

El arte de la seducción

Permanecí tres meses
sentado junto a la ventana
que da a mi calle.

Se detenían coches, aparcaban
recogían a sus niños, pitaban
a los abuelos, gatos arrollados
bajo el caucho de sus espuelas.

Ninguna de estas cosas poseía color,
ni me eran agradables,
pero allí me quedé, sentado,
observando al portero que cortaba
los setos mientras la mujer dormía,
y él no andaba borracho
del triste vino, triste, de las tascas
del barrio.

El afilador con su harmónica
titiritera y la piedra
de afilar a horcajadas de la Vespa.

Los SIMCAS con megáfonos
irradiando canciones de colores
desleídos y hablando de González
o de otro concejal del CDS.

El esperpento de la cabra
subiendo la escalera a ningún sitio
y que bajaba de nuevo al asfalto
a recoger limosna con las patas
ennegrecidas por el alquitrán,
picadas las pezuñas por la grava.

Quizá sea ahora cuando debiera
decirte que el poema que lees
es un itinerario inconsciente
por mi infancia y años solitarios
de mi adolescencia.

Me enamoré de ti
y pasé varios meses anhelando
que cruzaras mi calle,
y yo habría quedado muerto
de pánico tras las cortinas
sin siquiera bajar para ayudarte
a volver a tu casa.
Hoy escuché tu nombre y tu historia
clínica. Algún tipo te envenena
el corazón y vives, otro
lo encuentra y lo muerde,
el último lo tira en una caja
al Río Henares.
Tomas Tranxilium,
y no puedes dormir. Insectos
te devoran la piel. González no ganó.
Yo quiero terminar con el poema
y con todo este juego.
No puedo.

Tarde en Bellecour

Y me pregunto si esta tarde no es
una pausa del mismo tiempo que
en otras ocasiones nos obliga
a aprender su gramática de plomo
hirviente con la que se escribe el mundo.

Una canción parece estar oculta
en los árboles del parque, en las hojas
que vuelan en bandadas a ras de suelo,
ya perdida su casa, hasta mis pies.

Quien fuera una de ellas y rodara
en soledad por la tierra y el asfalto,
puliendo mis aristas con la lluvia
y el viento, y reposar entre otras hojas
en un cruce de dos calles al fin.

Algunas tardes escucho una voz
al otro lado del parque que dice
‘ven, tu lugar no está junto a la luz,
sus raíces no son las tuyas,
tú eres el parque, tú eres la canción’

Levanto la mirada en ese instante
y contemplo el volar de las palomas
sobre el aire encendido por las
hojas que, en remolinos de ardiente oro
se despiden de los últimos rayos
de la tarde, del aire,
para siempre.

Se acabó

Se acabó
no hay más
no quedan ni los abismos
que a nuestra débil voz asustaban.

El mañana nunca llega
y el pasado es Historia
flotando en el tiempo.

Se acaba la vida entre estos paredones sin rostro
el centro de las cosas se ha desperdigado,
es una granada aplastada contra la Tierra.

Hay una infinitud,
la de las cosas que no existen,
que es desterrada de este aquí y este ahora
por eso ya no queda aire para la asfixia
y todo se termina, se acaba,
esto
aquí
ahora
no existe.