La comedia de las cajas

(El CHICO abre la puerta. Entra sigilosamente pero la CHICA se despierta y le ve entrar)

CHICA – ¿De dónde vienes?
CHICO – De por ahí.
CHICA – ¿De por ahí?
CHICO – Sí.
(Silencio)
CHICA – ¿Me lo vas a decir o no?
CHICO – Vengo de hacerme la prueba.
CHICA – ¿Perdón?
CHICO – La del HIV.
CHICA – ¿Qué?
CHICO – Sí, pero no te preocupes, soy seronegativo.
CHICA – ¿Cómo se te ocurre? ¿Cómo que te has ido a hacer la prueba del SIDA? ¿Estás loco?
(El chico se encoge de hombros.)
CHICA – ¿Y no tienes nada qué decir? ¿Apareces de improviso y me cuentas que podrías ser seropositivo? ¡Así, sin más! Y yo ¿qué?
CHICO – No te preocupes, no lo soy.
CHICA – ¿Y con qué cara me quedo yo?
CHICO – Ah, eso. No seas arrogante. No lo he hecho por ti. Sabía que daría negativo.
CHICA – Entonces, ¿por qué te la haces? Tal vez quiera saber quién eres realmente.
CHICO – Nadie. No he tenido contactos de riesgo.
CHICA – Estás loco. ¿Qué debo pensar yo ahora?
CHICO – Estoy aburrido.
CHICA – ¡Estás aburrido! ¡Y te haces la prueba del SIDA!
CHICO – Sí. Y aunque sabía cuál iba a ser el resultado siempre guardas una pequeña esperanza de que lo tengas. Es un subidón cuando te dan la mano y te dicen que no, que estás sano. El educador social parecía enfermo. Quizá él sí tuviera el SIDA. No sé. Me decía que tenía que respetar al «compañero». Ja. No pongas esa cara, no he hecho mal a nadie. Luego me he sentido fatal por el educador social y toda esta farsa.
(Silencio)
CHICO – Pero ya da igual.

Arturo Pasalino, La comedia de las cajas