Por un puñado de bellotas

Un cuento de Víctor Pérez Cantó, alumno de nuestras clases

Oeste de Extremadura, junto al río Guadiana. Tierra de dehesa y alcornocales, donde las piaras de cerdo ibérico hozan y retozan.
Entre las brumas de una mañana de febrero un motorista solitario, a lomos de su chopper roja, atraviesa los senderos alejándose de un pasado que no quiere recordar. El pañuelo anudado en la cabeza, y una funda de guitarra atada al respaldo trasero. En el lateral del depósito una pegatina: “The red driver”.
En una hondonada del camino, bajo una oscura polvareda, un grupo de jornaleros en sus quads arremete contra el motorista, entre risas, gritos y miradas torvas. Se dirigen a los campos del marqués de Almendralejo, don Alfonso de Sotobosque.
El joven, repuesto del asalto, prosigue su rodadura entre las heladas carrascas y los arbustos secos. Pronto llega a una parcela, junto al río, donde un hombre de edad avanzada, aunque corpulento, trajina con el heno, moviendo fardos como si fuesen almohadas de pluma.


—Buenos días —grita Guillermo desde la linde.
El anciano le hace una señal con el brazo para que se acerque.
—Buenos días, joven. ¿Se ha perdido?
—No. Uno nunca se pierde cuando no sabe adónde va.
El ranchero se quita el sombrero de esparto y se rasca la cabeza, mientras mordisquea una brizna de paja.
—Pero su nombre si lo sabrá ¿verdad?
—Sí, perdone. Me llamo Guillermo. Willy.
—Pues muy bien, Willy. Ahora vamos a la casa, que tiene usted pinta de no haber comido mucho hoy, y de haberse aseado menos aún. Yo soy Marcial. Marcial de la Fuente.

Mientras le prepara unos huevos con panceta, café y tostadas, Marcial le explica todo sobre su campo que, aunque es pequeño, tiene las mejores encinas de la comarca. El agua del río es un elixir de vida para todo lo que allí crece. De esas encinas salen las mejores bellotas; y de éstas, los mejores jamones. Se gana bien la vida, pero es viudo y sus hijos hace tiempo que tomaron caminos hacia horizontes lejanos. Así que necesita ayuda.
—No pareces tener experiencia en la dureza del campo. Tienes unas manos fuertes, pero delicadas. ¿A qué te dedicas?
—He sido jugador profesional.
—¡Vaya por Dios! Otro tahúr marrullero. Sois únicos para atraer problemas.
—No, no, Marcial. Me he explicado mal. He sido jugador profesional de golf.
Marcial no puede decir palabra, al quedarse con la boca abierta como madriguera de raposa.
—Es verdad que no se nada de agricultura ni ganado —aclara Willy —, pero aprendo muy rápido, y no me asusta el trabajo físico.
Repuesto de la impresión, el granjero se levanta como si acabase de recordar algo.
—Ven a ayudarme. Nos vamos.

Cargada la pick up con una docena de sacos de las mejores bellotas de la finca, el ranchero pone a galopar la furgoneta entre las encinas, lo que asegura un viaje muy movido. Willy aprovecha el recorrido para terminar de explicar sus andanzas deportivas.
—Nunca fui de los jugadores conocidos; he jugado siempre en países árabes, donde se pagaba muy bien.
—¿Y por qué lo dejaste?
—Fue por una desgracia —dice Willy, apretando la mano con la que se aferra al asidero interior, sobre la ventana —. En un torneo, tuve una mala salida y la bola golpeó en un árbol. Con toda su velocidad, el rebote alcanzó la sien de un espectador, que murió en el acto.
Willy queda callado, con la mirada perdida a lo lejos. Marcial deja pasar unos segundos de silencio.
—¡Vaya! Pero eso fue pura mala suerte.
—Tal vez, pero no lo he podido superar. Y aquí estoy, esperando que los caminos me lleven a un destino desconocido. ¡Aunque deseaba que fuesen caminos con menos baches!

Cuando llegan a la hacienda, el marqués está hablando a los jornaleros, que han aparcado sus quads junto a los corrales. Uno de ellos reconoce a Willy, con quien se había cruzado por la mañana en el encinar. No le quita ojo.
En el porche de la casa, Patricia de Sotobosque escucha a su padre, que organiza a los hombres. Saluda con la mano a Marcial, a quien tiene mucho cariño: de pequeña siempre le dejaba bañarse en su vado del río y le enseñó a diferenciar las mejores bellotas y los lechones más prometedores. Ella tampoco le quita ojo a Willy, que está descargando los sacos.

Acabada la faena, Marcial y Willy se dirigen a la casa, para cobrar la entrega. Al subir al porche, Willy tropieza en un escalón y casi se topa con la hija del marqués, que sonríe ruborizada. Tras recomponerse, Willy casi choca con la jamba de la puerta, al no poder apartar la mirada de la joven.
—Paty, hija, cierra esos ojos azules que nuestro joven invitado va a acabar mal antes de entrar —se burla el marqués, que ríe con descaro.
Ya en su despacho, el marqués cierra la puerta y cambia el tono jovial. Amenaza a Marcial con no pagarle las bellotas si continúa en su empeño de no venderle sus tierras.
—Marcial, maldita sea —le grita. —Tienes unos mil años y aquella tierra va a quedar muerta de asco cuando tú no estés. Eres un viejo cabezota que no quiere reconocer que sus hijos le han dejado tirado.
—No tienes derecho a hablar de mis hijos. Yo ya encontraré qué hacer con mis tierras, no te preocupes. Pero, desde luego, serán para alguien que las ame y respete, no que las vaya a explotar hasta la extenuación.
Paty abre la puerta para unirse a los tres hombres. Nunca le ha gustado cómo trata su padre a Marcial.
—Despídete de cobrar esta entrega —dice don Alfonso, con el puño cerrado frente a la cara de Marcial. —Con doce sacos no tengo ni para empezar. ¡Tienes que venderme tus tierras, carcamal orgulloso!
—¡Padre, basta ya! —grita su hija. —No le hables así, no tienes derecho. Y págale ahora mismo los sacos, que no somos ladrones.
El marqués se derrumba en la silla de su escritorio, abatido por no haber domesticado a tiempo a esa fiera de hija. Con desgana saca del cajón un sobre con un fajo de billetes.
—Aquí tienes tu dinero, diablos. Pero esto no va a quedar así, te lo aseguro.
Se levanta a toda prisa, con el rostro enrojecido y da un portazo al salir. Willy se acerca a Patricia.
—¿Esto es siempre así?
—Va cada vez a peor. Y no se cómo va a acabar —dice Paty, con ojos llorosos.
Willy la coge de la mano y ella se le abraza al cuello, sollozando. Marcial se levanta con timidez, y hace una seña a su nuevo peón para que le siga.
De vuelta al rancho, caída la noche, los dos hombres van en silencio. Uno preocupado; el otro con cara de bobo.

Al día siguiente, Willy sale por la tarde a dar un paseo en moto, hasta la casa del marqués. Poco después de salir, ve acercarse los quads de todos los jornaleros del marqués. Se aparta del camino y se oculta hasta que pasan. Pero, al percatarse de que van camino del rancho de Marcial, comienza a seguirles a distancia.
Al llegar a los pastos donde comen los cochinos de pata negra, los vehículos se detienen. Los hombres desmontan y Marcial observa que van cargados con unas voluminosas mochilas, aunque no las distingue bien. Sospecha que puedan ir a robar bellotas. Acelera la moto y se coloca entre los quads y las primeras encinas, levantando una gran polvareda al frenar derrapando. Los hombres tosen, se restriegan los ojos y juramentan. Willy apaga el contacto. Se baja despacio, sin desviar la vista de los quadtreros. Una bola de matojo, empujada por el viento, pasa rodando sobre las bellotas del suelo, como si fuera la señal que da inicio al duelo.

Cuando los hombres se colocan bien las mochilas Willy se da cuenta de que no vienen a robar las bellotas, sino a envenenarlas: son sulfatadoras. Comienzan a rociar las bellotas con los nitratos de sus depósitos. Dos de ellos intentan fumigar a Willy, que se parapeta tras la funda de la guitarra. En un movimiento rápido, la abre y saca de ella el instrumento que no utilizaba desde la muerte de aquel desgraciado en Dubai: el “red driver”. Una madera 1 de grafito teñido de rojo. Los jornaleros del marqués estallan en una gran carcajada al ver la herramienta de aquel pijo de ciudad.
Por el camino, llega Pati en su bici eléctrica. Esa tarde había tenido ideas similares a las de Willy: seguir a los jornaleros de su padre, y encontrarse con él en la finca de Marcial. Al llegar al lugar del enfrentamiento, se planta en medio de los hombres.
—Pero ¿qué estáis haciendo? ¡Insensatos, deteneos ahora mismo!
—No se meta en los asuntos de su padre, señorita. —Grita el capataz.
Este hace una seña a uno de sus facinerosos quien, con rapidez, sujeta por los brazos a la chica y la acerca al grupo, mientras ella patalea, resopla y grita.
—¡Soltadme, malditos lacayos rastreros, hijos putativos de madre bastarda!

Willy, perplejo de que semejante sarta de improperios procediese de unos labios tan hermosos, rebusca en su bolsillo. Por fin saca dos bolas Callaway amarillas. Con la bota forma en el suelo una pequeña peana de tierra. Se agacha y coloca las bolas sobre el montículo, a un palmo de distancia una de la otra. Los sulfatadores se quedan parados, atónitos, observando los movimientos del joven. Situado a la izquierda de las bolas, coloca las manos en el grip del palo y calcula las yardas que le separan de los atacantes. Levanta un back swing, lento, que se carga de energía a medida que asciende. Y con un doble latigazo, casi imperceptible para la vista, lanza las bolas como dos misiles fulgurantes. Una de ellas golpea en el entrecejo del hombre que sujetaba a Paty. La otra golpea en el mentón del capataz. A cámara lenta, como en una película de Sam Peckinpah, ambos caen al suelo como sacos de estiércol. Paty sale corriendo hacia Willy y se arroja en sus brazos. El resto de maleantes huye en sus quads.
—Willy, ¿qué ha sido eso?
—Este no es momento hablar, Paty.

Willy la abraza con fuerza, pero con dulzura, y la besa con el deseo irrefrenable de hacer pronto un “hole in one”.
El sol se va escondiendo hacia al oeste, tras las riberas del río, con las montañas lusitanas asomando tras el horizonte. Willy, sonriente, conduce su chopper. Paty, montada a la grupa, le abraza con fuerza por la cintura, fundida con su espalda. Lleva el pañuelo de Willy anudado al cuello.
La silueta oscura de la “red driver” se recorta contra el sol anaranjado y frío, que se refleja en el Guadiana.

Raúl Quirós Molina
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