¿Contiene algo de verdad o es solo la proyección de un deseo de notoriedad?
La escena se repite cada dos meses, quizá cada tres: nuestro catálogo está completo, el manuscrito no encaja con nuestra línea editorial, tenemos cerrado el año. La lamentatio nunca fue un género en el que me prodigara y cuando leo las cuitas de otros escritores sobre las dificultades editoriales de sus propios manuscritos considero que ya han hecho la función por mí, aunque sea vicariamente..
Pero cada nueva novela, cada nuevo proyecto en el que me embarco, ya no se fragua en la ascuas de aquellos fracasos: es más, el tiempo (y las canas) incorporan un material nuevo sobre el que pensar. Ya no se trata de responder la pregunta: ¿para qué escribir? sino ¿por qué?
Cuando el cajón comenzó a convertirse en el devenir más probable de cada escrito, de cada novela, uno hubiera pensado que se arroparía con una manta de pesimismo y, según cumpliera años, se transformara en un escritor viejo y amargado, que ha adquirido suficiente cinismo para componer una o dos sentencias ingeniosas con las que convencerse de que todo aquello mereció la pena de alguna manera. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: quizá porque la urgencia del reconocimiento se ha ido desvaneciendo (quise ser poeta, escritor de cuento, dramaturgo, novelista: en todo triunfé y en todo fui un fracasado) me siento frente al teclado y lo que arruga mi ceño es si aquella historia que compongo contiene algo de verdad o es solo la proyección de un deseo de notoriedad.
El motivo económico es absurdo y, como buen ingeniero, he hecho mis cálculos. Los dos últimos años he hecho más dinero con publicidad automática en YouTube que en derechos de autor y representación. Hablo de cientos de euros, no de miles. Un solo mes de clases de escritura creativa paga más que la composición, corrección, edición y venta de mis libros y obras de teatro. De todas ellas juntas. Hablo, como decía arriba, de cientos de euros, no de miles. La escritura apenas paga una suscripción a una plataforma de streaming; y la satisfacción intelectual dura exactamente dos días: el momento del «sí» y el momento en que recibes los primeros ejemplares.
El otro día lo hablaba con una dramaturga amiga: ya no acudo a los estrenos de mis obras. Sentado como un miembro más del público, debo convertirme en espectador y dejar al creador en casa. Me aburro y me desespero. Las charlas con los actores y los directores, con los curiosos, son relaciones públicas que, en general, tienen poca repercusión en el proceso creativo. El resto es desasosiego, culpa y pérdida de tiempo.
Parece entonces que ese correr tras el director más conocido en Madrid o el editor más poderoso adquiere otro sentido: el de la carrera de ratas. Y la discusión se omite, año tras año: que la industria cultural está tan canibalizada por la fantasía de la meritocracia que su mayor producto es el resentimiento. En veinte años como profesor, ingeniero, programador o bibliotecario no he hablado con tantísima gente que al tiempo quiere estar (en las presentaciones, en los estrenos, en las fiestas) y que resiente asistir a todos estos happenings. Una relación sadomasoquista con la farándula que, repito, solo da trescientos euros al año.
¡Ah, está, por supuesto, el capital simbólico que otorga la cultura, o publicar en la editorial barcelonesa de moda! Pero fuera de aquello (y muchas veces ese «afuera» es fuera de los límites geográficos de los barrios de Madrid o Barcelona), los nombres no importan, ni los títulos. Es el efecto de los Goya al mejor actor novel: ¿quién lo ganó el año pasado? ¿Y el anterior?
Sigo eludiendo: ¿por qué? Porque quizá no importa, porque hasta la derrota ha perdido su mística y ya no sirve ni como material para el victimismo. Los escritores nadamos contra una ballena blanca llamada Netflix, o HBO, o Disney, que contrata psicólogos para que los visionados de series chauvinistas como Bridgerton se consuman bulímicamente, o construye psyops como 24 o Homeland. En nuestra invisibilidad, se da lo inesperado: escribir sin destino, escribir sin lugar, en la hora de la comida o en el rato muerto antes de la salida de los niños del colegio. En elegir habitar la historia antes de que el fantasma del scroll se apodere de nuestra alma. Escribir como una forma de ateísmo.
La industria cultural está tan canibalizada por la fantasía de la meritocracia que su mayor producto es el resentimiento.