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Follar (literatura erótica)

—Sigue…

Ella hurga en mi recto y a la vez me lame el glande. Con la mano libre, me masturba con oficio. Por fin se para. Se acerca al mueble para limpiarse el dedo con una toallita de papel y quitarse el tanga.

Unos momentos después me cabalga, poniéndome una mano en el pecho y acariciándome los pezones. Con la otra mano, se sujeta la coleta. En esa posición, sus tetas parecen hasta bonitas. Me pregunto con cuántos clientes se lo ha hecho en esta misma cama. Sus gemidos se prolongan un rato. Pero no es suficiente.

Mi miembro pierde la erección.

—Date la vuelta…

Ella lo entiende a la primera. Se pone a cuatro patas. Se mira en el espejo. Se ha debido de mirar mucho en ese espejo. Conoce las posiciones que más la favorecen. Yo se la meto poco a poco primero por el coño y, viéndola en esta postura, recupero la erección.

Autor desconocido 1

Ya te tenía dentro de mí, llenándome por completo, y entonces, de repente me taladraste tan hasta el fondo que no pude evitar el alarido que surgió de mi garganta. Tú te relajaste un momento, y empezaste un movimiento muy lento, muy lento y hasta suave, casi te saliste en varias ocasiones. Me tranquilizaste, por eso permití que las cosas prosiguieran su curso.
Aquella fue mi primera vez. Nunca en la vida había sentido tanto dolor, nunca había gritado tanto, cada vez que volvías a entrar podía sentir cómo me desgarrabas las entrañas, y pensaba: “Que acabe ya, que acabe ya”…, hasta que empezaste a acariciarme el pubis por delante, y entonces fue una extraña mezcla de placer y dolor: me hacías mucho daño y a la vez me gustaba mucho, hasta que, poco a poco, el placer fue amortiguando el dolor. De pronto pegaste una sacudida muy fuerte, obligándome a chillar una vez más. Entonces empezaste a darme duro y muy rápido, dios, no podía respirar, me faltaba el aire, el cabezal de la cama golpeaba contra la pared, y sentía cómo ese animal salvaje que tienes se te hacía aún más grande, se te ponía más duro, lo notaba palpitar en mi interior, y yo no podía dejar de gritar porque me hacías daño…, hasta que, aún no sé cómo, creo que llegué al orgasmo, y tú me seguiste y te vaciaste dentro de mí —al menos, eso me pareció—…

Autor desconocido 2

De nada sirvió que Kate Millett se dejara media vida en su Política Sexual explicando que los modos de escribir escenas de sexo o sobre sexo en general solo cubrían un aspecto del trasunto de follar: el de la ciencia ficción masculina (al menos en el primer fragmento hay un conato de gatillazo, aunque luego acaba corriéndose gracias a la habilidad de la prostituta). Argumenta que eso escora al lector y lo instruye sobre lo que está bien en su deseo y lo que no. Catequizan. Le dio para el pelo a Henry Miller y a Norman Mailer; y puso a Genet como antiparadigma. Según los dos primeros, lo correcto en la alcoba era que una le faltara el aire, él se vaciara dentro de la otra, y que al menos a una le pareciera que había tenido un orgasmo. Mantener una relación sexual es comportarse como una muñeca hinchable.

El problema de los dos fragmentos del comienzo es que no son escenas eróticas: son escenas de violación que se tratan de pasar como escenas eróticas. Y eso confunde al personal. La distancia entre una escena erótica y una escena de violación es tan grande que es imposible confundirla. Otra cosa es que todo lo que uno sepa sobre el sexo venga de las malas novelas y la tele y no de andar de gatos pardos.

¿Se deben evitar las escenas de violencia sexual a toda costa? No, lo que se debe evitar es timar al lector. Que existe una fetichización de la violación es innegable: el deseo es un túnel oscuro en el que uno se enfrenta a sus sentidos. Que se han escrito escenas de violación en obras maestras, también: léanlas. La violación de Lucrecia, de Shakespeare; Las Troyanas, de Eurípides. Escritores que vivieron en tiempos locos y, con todo, sabían distinguir un crimen de un placer. Lo que molesta es que hoy no pueda uno leer una escena erótica contemporánea que no incluya modos o expresiones que incluyan sintagmas como Nunca en la vida había sentido tanto dolor, nunca había gritado tanto…

La escritura erótica o pornográfica no siempre fue así. Todas estas novelas con escenas de violación eran originalmente un producto de saldo de misóginos y rencorosos de serie Z en la anglosfera. Sin embargo, los movimientos proderechos en yankilandia tras la II Guerra Mundial inquietaron a los popes del In God We Trust, y la industria cultural yanki siempre atenta a que las cosas no se vayan de madre pasó a la reacción. Así autores más bien mediocres como Bukowski, Miller o Mailer (algunos de ellos previamente censurados) tuvieron banda ancha para propagar sus pajas escritas. Otros, como Dalton Trumbo, fueron incluidos en una lista negra. Al escritor patrio le llega a través de las traducciones y, de ahí, a posar como un chico malo en entrevistas con fotos en blanco y negro.

Como decía, no fue siempre así . En el comienzo de Las mil y una noches, Sah Zamán descubre que su esposa lo engaña en cuanto sale de viaje.

Estaba mirando por ellas cuando vio que la puerta del palacio se abría y salían veinte jovenzuelas y veinte esclavos; la esposa de su hermano estaba entre ellos. Era hermosísima, muy bella. Avanzaron hasta llegar a una fuente y allí se quitaron los vestidos y se sentaron. Entonces la esposa del rey gritó:
—¡Masud!
En seguida un esclavo negro se adelantó, la abrazó y la poseyó. Lo mismo hicieron los restantes esclavos con las jovenzuelas, y no dejaron de abrazarse y de besarse hasta que el día se desvaneció.

Las mil y una noches

Este tipo de fragmento, que se puede hallar con abundancia por todo el libro, es una joya escrita. En primer lugar, ejerce de literatura saltándose unos cuantos tabús y reglas sociales. La reina, ejemplo de castidad y pureza, es la que perpetra el engaño, y quiebra así el mandamiento del matrimonio. No solo eso, sino que además es la organizadora del asunto, que da la voz para que el esclavo acuda a ella y se inicie así la orgía. Es, además, una orgía plenamente democrática: veinte esclavos, la reina y veinte jovenzuelas se ponen al turrón sin importar quién es quien, ni su posición social, ni su color de piel.

Hay un tercer elemento, que puede pasar desapercibido y que es el más bonito de todos: el marido cornudo. El marido cornudo es el más infamado de todos. Es un rey vengativo y poderoso (como se verá después, que pasará a todos por espada) pero, una vez que descubre el engaño, en vez de ordenar a sus soldados que los trinchen allí mismo, se queda mirando. Todo el tiempo, hasta que dejan de abrazarze y besarse y el día se desvanece. Casi podría decirse que no actuando, consiente aquel engaño de fantasía, e invita al lector a que contemple y se deleite con él antes de recapacitar y matarlos a todos. Como decía más arriba, el deseo es un túnel oscuro.

Ella hurga en mi recto no invita a deleitarse con un tabú quebrado, me invita a ver una colonoscopia. Y a certificar que el autor no sabe que lo que se hurga no es en el recto, sino en el ano. Por favor, no escriban mamarachadas de este calibre: es una escritura mediocre. Vamos con otro autor.

¡Oh, joder! -dijo, sin contenerse ya y sorprendiéndome por la energía de sus expresiones-. ¡Dios santo,
qué temperamento! Amigas mías, dejemos de entorpecernos: ¡al diablo todo lo que todavía vela a nuestros ojos atractivos que la naturaleza no creó para que estuviesen ocultos!
A continuación, tirando las gasas que la envolvían, apareció a nuestra vista bella como la Venus que inmortalizaron los griegos. Imposible estar mejor hecha, tener una piel más blanca… más suave… unas formas más hermosas y mejor pronunciadas. Euphrosine, que la imitó casi en seguida, no me ofreció tantos encantos; no estaba tan rellena como Mme. Delbène; un poco más morena, quizás debía gustar menos en general; pero ¡qué ojos! ¡qué ingenio! Emocionada con tantos atractivos, muy solicitada por las dos mujeres que los poseían a que renunciase, como ellas, a los frenos del pudor, podéis creer que me rendí. Dentro de la más dulce embriaguez, la Delbène me lleva hasta su cama y me devora a besos.

Justine, Marqués de Sade

Nuevamente aparece el tabú: una abadesa, dos menores, un convento, una orgía lésbica. No encontrarán rectos, clítoris, glandes, ni toallitas de papel con las que limpiarse el dedo que hurga en rectos ajenos. El Marqués de Sade es incluso ingenuo en la expresión: «piel blanca», «suave», «formas hermosas». ¿Por qué Sade sí y «me pegaste una sacudida fuerte» no? Es que con el marqués contemplamos (y nuevamente nos convierte en mirones) una transgresión por todas las partes. Rescatada desde el deseo negado y oculto y bajo estrictas capas de convención social: una recta tutora que pervierte a dos inocentes que tiene a su cargo y que tienen a bien descubrir esos placeres. Aquí no hay lucha, ni resistencia, ni hay ignorancia plena: todo el mundo en ese fragmento sabe si quiere estar o no en una orgía con una abadesa. Es el narrador el que nos lo hace saber.

¿Qué hacemos entonces con las escenas eróticas? Imitar la vida. Ante la sed, uno puede directamente pedir un vaso de agua; pero ante las ganas de intimar uno se busca otras estrategias más rocambolescas: lo primero que quiere saber es si la otra persona es receptiva: propone, sugiere, juega. Lo erótico también se define por aquello que impide la culminación: un novio sobreprotector, un marido celoso, unos hijos que siempre están en casa, el cura de la parroquia. El buen escritor lee y monta una escenografía adecuada y pone trabas a los futuros amantes: el lector debe esperar que ocurra, quiere que ocurra, pero no al momento: ha de ser consciente de la sed de los personajes y la propia. Como se puede comprobar la parte genital es lo de menos y tiene sus limitaciones: hay pocos sinónimos de glande que no suenen a estropicio: capullo, bálano. Del mismo modo, un cunnilingus se puede contar sin usar palabras rocambolescas: use su imaginación, no un diccionario de sinónimos.

Y sobre todo, escriba indecencias. No indecentemente.

El porqué de todo

¿Qué quieres contar en tu guion? ¿De qué va tu historia? ¿A quién va dirigida? ¿Qué narrador vas a utilizar? ¿Qué tiempo vas a utilizar en tu novela? ¿Cuál es la estructura que tienes pensada? ¿En qué época sucede? ¿Es tu personaje principal un perro? ¿Es su antítesis una hormiga? ¿Cuál es el conflicto principal? ¿Dónde está la pistola de Chéjov?

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Todas preguntas son muy pertinentes, afiladas y capciosas, para hacer pensar al escritor novel sobre la historia que quiere escribir. Una batería para que reflexione sobre la técnica y decida que debe comprar el libro del profesor que versa, casualmente, sobre técnicas de escritura.

Todo esto fluye hasta que un día un alumno se presenta en clase con la sinopsis, la escaleta, diez fichas de personaje y el oneliner de su novela: un hombre se levanta un día con un pene en la cabeza. Es una idea real, presentada por un ser humano con cabeza y ojos en una de mis clases. Otra alumna: mi protagonista es una vulva y quiero contar su historia. La tentación de proponerles una novela conjunta donde vulva y pene acaben por conocerse y retirarse a una ficticia Isla del Amor era demasiado grande para dejarla pasar. Ese año me despidieron con deshonores del taller de escritores donde trabajaba. Tuve que trabajar. Esa fue la magnitud del fracaso.

Todo este guirigay y la deshonra se hubiera evitado si hubiera formulado una pregunta: ¿por qué?

Con el tiempo he decidido que esa es la única pregunta que merece la pena preguntarle al alumno-escritor: ¿por qué quieres escribir una historia sobre un hombre que tiene un pene en la cabeza? Hay que hacer la pregunta sin entonación irónica, sin sarcasmo, esperando una respuesta redonda, sincera. ¿Por qué quieres escribir eso?

En realidad, la respuesta es lo de menos: los escritores hacen lo que hacen, escribir sus libros y cuentos, porque no saben contestar plenamente a la pregunta. A veces les pagan por escribir alguna reseña o prologar un libro; es decir, hacen su trabajo por dinero, un poco como todo el mundo. Pero luego hay actividades del todo gratuitas y no demasiado pensadas. ¿Por qué escriben? La peña se droga, se casa, se muda a Berlín, se dedica a reparar bicicletas para ganarse la vida. ¿Por qué? Porque es lo que hay, porque algo hay que hacer, ¿no?

Quizá uno escriba porque no hay nada que hacer. Los eventos consuetudinarios son tan pesados en nuestra vida, la de los mindundis, que uno solo logra cierta ligereza cuando lo transpone en un relato. Me vale como razón. Hay quien escribe porque quiere demostrarle a su padre que puede hacer algo más que rellenar hojas de Excel: también me parece correcta. En general, cualquier razón que conduzca al fracaso más descorazonador es una buena razón. Nadie más mezquino que aquel que escribe para algo; el que escribe para ser alguien. Y una vez puesto negro sobre blanco, se sienten muy satisfechos de sus hallazgos monádicos. ¡Qué pesadilla! Suele formar parte de la ristra de nombres intercambiables que las editoriales llevan de feria del libro en feria del libro y de conferencia en conferencia para leer desde una palestra lo que escribieron en un Word la noche anterior: creedme, es mejor esconderse de todo ello.

Hay algo terrorífico en rascar el porqué de lo que uno escribe: Christine Angot habla constantemente de relaciones incestuosas padre-hija y describe, sin sentimentalidades, el terror de un abuso en cada una de sus novelas. Una y otra vez, escribiendo toda una vida alrededor de un evento. Juan Marsé escribe de qué supone ser apellido negado en un barrio pobre: novela tras novela, día tras días, escribiendo sobre ese por qué insoluble. Qué liberación poder compartirlo.

Hete aquí otro por qué: para estar menos solos en el cuento de nuestra vida.

Leer para que no te jodan

Siempre cometo el mismo error, en cada curso: doy a leer pipas a los alumnos. Le tengo tanto pánico al momento en el que boquean cuando preguntas si se han leído la novelita de 120 páginas que mandaste tres meses atrás, que he empezado a conformarme con que lean sólo tres novelitas durante un curso que dura nueve meses. Me conformo con que lean una página y un tercio al día. Aun así, hay quien protesta con una frase de los Simpsons. Esta es mi vida.

De entre los títulos que mandé leer, todos menos uno dieron lugar a debates jugosos sobre construcción de personajes, uso del tiempo, autocensura, verosimilitud. Hemos leído a Juan Rulfo, Patricia Highsmith, Carson McCullers, Paul Auster, Silvia Hidalgo, Ian McEwan, Flaubert. Que Juan Rulfo te enseñe cómo jugar con el tiempo en tu narración es un privilegio al que puedes acceder con un carné de biblioteca. Solo uno de los títulos generó unanimidad de opiniones, por lo mala que era. A mí no me lo parecía, pero luego la autora se hizo política de carrera y cambié de parecer respecto a su obra. Hay dos tipos de errores en la carrera de un escritor. El primero es meterse a columnista y el segundo, meterse a político.

Este año, sin embargo, he tomado una decisión: vamos a hacer lo contrario que hacen los dramaturgos, los novelistas o los guionistas de cine profesionales. Vamos a leer obras de teatro, estudiar guiones y, por qué no, leer libros. (Es inaudita la cantidad de dramaturgos con los que me he encontrado que no pueden dar siquiera el nombre de una sola editorial de teatro)

Un profesor hijo de Satanás que recomienda leer libros para mejorar el pensamiento crítico del alumnado y, de paso, su escritura: ¡qué desfachatez, qué insensibilidad acudir a lo que han hecho otros para hacerlo mejor! Hay que inventar la rueda cada vez, y para ello, empezaremos con un cuadrado pintado en el suelo. Aquel alumno que me decía que jamás leía porque no quería corromper su inspiración angelical dejó de escribir en cuanto tuvo la ocasión: un gesto de buena fe hacia la Humanidad. Hay gente que se apunta a clases de conducir para escupir al profesor y protestar porque quiere caminar descalzo por la autopista y los coches no dejan de pasarle a toda velocidad. Hay que respetar toda opinión, aunque sea una opinión que atente contra tu vida o la de los demás. Que un escritor no lea es un atentado.

Amador Fernández-Savater dice: Pensar es la fuerza de los débiles; y para los que no tienen a mano una universidad y un trabajo que les permita ir a clase cuatro horas diarias existe el pensamiento escrito: un libro. La gente ahorra cinco años para ir a la Universidad de Nueva York a estudiar Creative Writing para darse cuenta de que le van a contar lo mismo que Enrique Páez o cualquier profesor de un Centro Cívico y que la lista de lectura la podía encontrar también en la biblioteca del distrito IV de Alcalá de Henares, Madrid, Spain.

Ya sea ensayo, novela, obra de teatro, libro de poemas: leer un libro es pensar e imaginar lo que ya pensó el autor, es interpretarlo dentro de nuestra cosmovisión y es disponer, gratuitamente, de nuevas razones para la crítica, la disidencia, la construcción de nuevos imaginarios.

Leer es también perder la inocencia: por ejemplo, tras las tragedias históricas de Shakespeare no podrás tragar The Crown, un producto de propaganda británico más o menos descarado que ha necesitado millones en promoción. Cuando algo necesita tanto dinero y repetir tantas veces que compran tu coche punto es, es que algo huele raro: es mejor no llevárselo a la boca.

Imaginad por un momento que disponéis de los mismos materiales intelectuales que un jefe de estado imbécil, un economista cruel o un antropólogo racista. Podrían joderte, pero no podrían venderte la moto. Podrán decirte que el algodón no engaña y que te sientas fresco y seguro, pero no habrás perdido el olfato: el ejercicio de la imaginación ya te pone sobre aviso, y esto ya es un principio de contrapoder: saber que no.

(Para los curiosos: la lista comienza con Drácula, sigue con Samanta Schweblin y sigue con Camila Sosa)

La autocensura

Mucho se ha hablado en los últimos años de la posibilidad de publicar hoy obras como Lolita, Huckleberry Finn o cualquier novela de Norman Mailer. Hay, quién dice, que vivimos en una dictadura de la corrección política, que ya no se puede hablar claro sobre inmigrantes, mujeres o trans y hay incluso, quien se gana el aguinaldo escribiendo columnas, opinando en la tele y publicando libros en los que se desmenuza la coacción permanente e insoportable que sufren.

La tostada se huele desde lejos porque quien normalmente protesta sobre los problemas de libertad de expresión y la restricción de derechos suele tener la autopista de la opinión abierta solo para él. ¿A qué se debería, sino a magia negra, que uno no pueda abrir un periódico y sin ser ametrallado por los lamentos sobre el gran humor que se ha perdido con la cancelación de los chistes sobre negros, gangosos y mariquitas? Cancelación es el sustantivo (yanqui, por otro lado, para seguir la costumbre de reutilizar ideas WASP y desecar un poco más el castellano) y libertad de expresión, el heraldo de los irredentos de la libertad de expresión.

Adivinen: los libros realmente cuestionados en EE UU hablan de negros, transexuales, Islam y gays. Sorprendente coincidencia ideológica que nunca indigna al columnista que ve cancelación en que cuatro monigotes le llamen la atención desde una red social. Oirán hablar más del acoso que ha sufrido un librepensador antisemita como Dieudonné que de la posibilidad de que un país haya creado listas negras de libros.

La gigantesca farsa de la cultura de la cancelación ha tenido, efectivamente, sus víctimas: los autores, que se han creído que crear personajes misóginos, tránsfobos o racistas lo convierte a uno misógino, tránsfobo o racista y, casi sin quererlo, incorporan la mentira de que una horda de gentuza bienpensante está dispuesta a ahorcarte por no encajar en su modelo ético.

Y del miedo inyectado brotan ficciones que cumplen la profecía. Anunciada, no lo olvidemos, por los mismos que se forran alertando de un peligro de censura inexistente. Los columnistas anti-woke son lo que es Securitas Direct a las okupaciones: generan un pánico del cual solo se forran ellos.

Parecerá mentira, pero con este tipo de cosas tenemos que trabajar en los talleres de escritura. Porque de un tiempo a esta parte no hay en los ejercicios mujeres perversas, homosexuales trabajando para la extrema derecha, antiabortistas que se forran con su negociete de abortos clandestinos. La literatura se parece, demasiado pronto, demasiado rápida, a una taza de Mr. Wonderful.

Y es un asco trabajar como profesor en tiempos como estos.

De lo que no se habla, no existe; y hablar ha sido la primera arma para cometer y también para luchar contra las injusticias: si nadie, en ningún momento, hubiera hablado sobre la necesidad de una sistema de salud público, el voto femenino o el matrimonio homosexual hubiera prevalecido el discurso más injusto: que la seguridad social es un despilfarro que impide ganarse la vida a las humildes corporaciones de la salud; que eso de votar las mujeres, jaja y lo último, bueno, no hablemos de tonterías.

Cuesta hacerles creer a los alumnos que su oficio, por discreto que sea, es fundamental: sus ideas, su arrojo y su valentía son importantes porque tienen un medio (los libros) que aún posee un aura de respeto y seriedad. Que no tiene, por ejemplo, alguien en YouTube. Podríamos discutir sobre lo útil que es informarse en un medio sin ningún tipo de edición, manejado por una corporación a la que preocupa más que se vea un pecho a que se exploten menores o se debata que la Tierra es plana. La libertad de expresión era eso: que el catedrático tuviera que ponerse a la altura de tu prima Maricarmen.

Cuesta hacerles creer a los alumnos que la corrección política no existe y que no deben escribir pensando a quién van a ofender, sino a quién van a hacer reflexionar. Y que si hay una corrección, es bienvenida como elemento al debate, pero no como límite a la propia escritura. Si existe la corrección política, existe como legítimo disentir. Un antisemita como Dieudonné puede ganarse la vida e incluso defraudar a Hacienda sin dejar de ser antisemita. Los políticos pueden publicar largas tiradas sobre eugenesia y genética débil y nadie acaba en la cárcel ni deja de cobrar: se le hace presidente de alguna comunidad autónoma. No suena a que vivamos precisamente en una cultura de la cancelación, sino en el bufé libre de las opiniones de mierda y como autores, noveles o expertos, se ha de reclamar un lugar de disenso, calmo pero tozudo, contra esas inercias que han convertido la opinión pública en una manufactura importada y sin imaginación.

Cuesta hacerles creer que nunca sabrán quién está al otro lado de la página, ni que puede hacer con aquello que lee.

Escribir desde Tiananmén

Si durante una clase se propone un ejercicio sobre la escena en la que un hombre que paró los tanques de la plaza de Tiananmén, nueve de cada diez alumnos escribirá desde el punto de vista del hombre de las bolsas: cómo se levanta esa mañana, lo que desayuna, cómo se despide de sus familiares y cómo se topa con la hilera de tanques antes de ser detenido por el ejército chino. Los más audaces lo alargarán hasta su llegada a prisión, su más que posible tortura, proceso y ejecución.

No se puede reprochar nada a esos nueve escritores, porque el relato épico ha horadado todo potencial narrativo alternativo, y hasta la llegada al poder del alcalde del pueblo más rocambolesco de la península parecía escrito en el firmamento como la derrota de Troya. No es nuevo el punto de vista del héroe: aparece (parcialmente) en la Odisea, la Ilíada (por momentos), el Gilgamesh o la Guerra de las Galaxias. El estudioso Joseph Campbell habló de aquello del ciclo del héroe y desde entonces suelen coincidir punto de vista y protagonista.

Esta identificación no siempre es inocente: seguimos, como lectores o espectadores, la lucha moral del protagonista, ya sea para encontrar alguna redención o comprensión en su lucha, e inmediatamente nos identificamos con él. Creemos, porque así se construye la peli, que Luke Skywalker es el bueno porque es granjero, rubicundo e inocente y sus tíos son asesinados por unos soldados, pero no hay ninguna pista en la película que nos haga ver por qué socavar el Imperio de Palpatine será positivo para el orden de la Galaxia, especialmente cuando los apoyos a la República son escasos.

La fotografía periodística tampoco es inocente, ya sea porque el fotógrafo hace una interpretación de lo que allí cree ver, ya sea porque la dirección del periódico le cuelga una historia que les sea conveniente. Del hombre de Tiananmén no se sabe nada, por más que se ha investigado. Se especuló que era un estudiante, alguien que pasaba por allí o un policía de paisano protestando por la violencia con la que se estaba reprimiendo. Quizá era el conductor de un tanque destruido que quería que lo recogieran. No se sabe, pero sin embargo, todos parecemos saber quién fue y qué pasó.

Escribir siempre es un proyecto ético y la pedagogía es algo de lo que todo escritor serio debe huir. Del punto de vista se habla a menudo como una técnica creativa, pero en realidad es una herramienta ética: al contar la historia desde el punto de vista del conductor del tanque, de la madre de quien para el tanque o del juez que debe decidir si ejecuta o no al rebelde no solo trazamos otras líneas para un mismo hecho, sino que cuestionamos, desde la verosimilitud, un concepto de verdad impuesto, no discutido.