Etiqueta: escritura creativa

  • Escribir lo que nadie pide

    ¿Contiene algo de verdad o es solo la proyección de un deseo de notoriedad?

    La escena se repite cada dos meses, quizá cada tres: nuestro catálogo está completo, el manuscrito no encaja con nuestra línea editorial, tenemos cerrado el año. La lamentatio nunca fue un género en el que me prodigara y cuando leo las cuitas de otros escritores sobre las dificultades editoriales de sus propios manuscritos considero que ya han hecho la función por mí, aunque sea vicariamente..

    Pero cada nueva novela, cada nuevo proyecto en el que me embarco, ya no se fragua en la ascuas de aquellos fracasos: es más, el tiempo (y las canas) incorporan un material nuevo sobre el que pensar. Ya no se trata de responder la pregunta: ¿para qué escribir? sino ¿por qué?

    Cuando el cajón comenzó a convertirse en el devenir más probable de cada escrito, de cada novela, uno hubiera pensado que se arroparía con una manta de pesimismo y, según cumpliera años, se transformara en un escritor viejo y amargado, que ha adquirido suficiente cinismo para componer una o dos sentencias ingeniosas con las que convencerse de que todo aquello mereció la pena de alguna manera. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: quizá porque la urgencia del reconocimiento se ha ido desvaneciendo (quise ser poeta, escritor de cuento, dramaturgo, novelista: en todo triunfé y en todo fui un fracasado) me siento frente al teclado y lo que arruga mi ceño es si aquella historia que compongo contiene algo de verdad o es solo la proyección de un deseo de notoriedad.

    El motivo económico es absurdo y, como buen ingeniero, he hecho mis cálculos. Los dos últimos años he hecho más dinero con publicidad automática en YouTube que en derechos de autor y representación. Hablo de cientos de euros, no de miles. Un solo mes de clases de escritura creativa paga más que la composición, corrección, edición y venta de mis libros y obras de teatro. De todas ellas juntas. Hablo, como decía arriba, de cientos de euros, no de miles. La escritura apenas paga una suscripción a una plataforma de streaming; y la satisfacción intelectual dura exactamente dos días: el momento del «sí» y el momento en que recibes los primeros ejemplares.

    El otro día lo hablaba con una dramaturga amiga: ya no acudo a los estrenos de mis obras. Sentado como un miembro más del público, debo convertirme en espectador y dejar al creador en casa. Me aburro y me desespero. Las charlas con los actores y los directores, con los curiosos, son relaciones públicas que, en general, tienen poca repercusión en el proceso creativo. El resto es desasosiego, culpa y pérdida de tiempo.

    Parece entonces que ese correr tras el director más conocido en Madrid o el editor más poderoso adquiere otro sentido: el de la carrera de ratas. Y la discusión se omite, año tras año: que la industria cultural está tan canibalizada por la fantasía de la meritocracia que su mayor producto es el resentimiento. En veinte años como profesor, ingeniero, programador o bibliotecario no he hablado con tantísima gente que al tiempo quiere estar (en las presentaciones, en los estrenos, en las fiestas) y que resiente asistir a todos estos happenings. Una relación sadomasoquista con la farándula que, repito, solo da trescientos euros al año.

    ¡Ah, está, por supuesto, el capital simbólico que otorga la cultura, o publicar en la editorial barcelonesa de moda! Pero fuera de aquello (y muchas veces ese «afuera» es fuera de los límites geográficos de los barrios de Madrid o Barcelona), los nombres no importan, ni los títulos. Es el efecto de los Goya al mejor actor novel: ¿quién lo ganó el año pasado? ¿Y el anterior? 

    Sigo eludiendo: ¿por qué? Porque quizá no importa, porque hasta la derrota ha perdido su mística y ya no sirve ni como material para el victimismo. Los escritores nadamos contra una ballena blanca llamada Netflix, o HBO, o Disney, que contrata psicólogos para que los visionados de series chauvinistas como Bridgerton se consuman bulímicamente, o construye psyops como 24 o Homeland. En nuestra invisibilidad, se da lo inesperado: escribir sin destino, escribir sin lugar, en la hora de la comida o en el rato muerto antes de la salida de los niños del colegio. En elegir habitar la historia antes de que el fantasma del scroll se apodere de nuestra alma. Escribir como una forma de ateísmo.

    La industria cultural está tan canibalizada por la fantasía de la meritocracia que su mayor producto es el resentimiento.

  • 120 días y 120 noches en Sodoma

    Los 120 días de Sodoma es una obra incompleta, escrita durante el encierro del Marqués en la Bastilla, en un rollo de hojas pegadas una sobre la otra, y cuyo destino era, desde el principio, la clandestinidad: ese riesgo, ese peligro de que lo plasmado con tinta a la luz de una vela ardiera tras el último punto y final, ese volar por debajo de la mirada de los carceleros hace la escritura vibrante y revolucionaria aunque doscientos años después nos parezca plomiza. No le restemos valor, nosotros lectores occidentales de autores que hablan de escribir a «la contra» mientras navegan entre premios a la carrera y becas ministeriales.

    De lo que planeó escribir a lo que finalmente pudo escribir, solo ha quedado la parte, prácticas y diversiones de la coprofagia. La estructura de cada jornada es muy similar a la anterior, pero no tiene tanto de falta de imaginación como de reproducción de un mundo que se estaba configurando frente a sus ojos. Una vez acabada la parte de comer mierda, el resto de jornadas pondría en práctica el bestialismo, mutilación, pederastia, incesto y combinaciones de las anteriores y, en vista de la minuciosidad y extensión con la que Duclos, la narradora, describe la coprofilia durante todo el libro, la Humanidad puede agradecer que no finalizara la obra porque hubiera ensombrecido cualquier película gore del futuro.

    El libro comienza con cuatro hombres aburridos y contrarios a la vida que deciden encerrarse en un castillo junto a un grupo de esclavos sexuales, durante 120 días, para poner en vivo cualquier práctica sexual que se les pase por la cabeza. Sin embargo ese «pasarle por la cabeza» no es, tan siquiera, producto de su imaginación, sino de la imaginación de los esclavos. Como veremos, no son 120 días de libertinaje y orgías, sino algo mucho más perverso y más mecánico: son 120 días de producción industrial. ¿De qué? De nada: no hay producto, no hay beneficio más que el placer único de poner a trabajar a sus esclavos.

    Un aristócrata, un banquero, un juez y un obispo se casan con las hijas y esposas de los otros para evitar conflictos de intereses o celos. Hacen acopio minucioso de víveres y organizan el rapto y cásting de aquellos esclavos sexuales que les servirán durante cuatro meses. Se encierran en el castillo de uno de ellos, sin posibilidad de escapada (ni siquiera los cuatro perversos consideran su propia posibilidad de huida ante una rebelión de esclavos) y desde el primer minuto ponen en práctica su elaborado plan.

    Los cuatro popes de la sociedad industrial no dejan lugar a la espontaneidad, el deseo o la lujuria: lejos de lo que podría ser una orgía, todo está perfectamente organizado: horas, amantes, días, práctica sexual. Más adelante, cuando Duclos comienza a narrar los vicios coprofágos de sus clientes, los cuatro popes organizan también la alimentación de los esclavos y comprueban sus deposiciones para que todo nada salga del plan que han ideado. De hecho, es esa organización extrema, el control de la alimentación, las horas de sueño, comida, bebida, la pérdida del virgo de sus esclavos la única práctica sexual que les satisface profundamente: una orgía de control y minuciosidad, similar a la del contable que repasa una y otra vez la hoja de cálculo y se extasía ante la congruencia de los números.

    Los cuatro hombres, como decía arriba, son contrarios a la vida y no solo porque su propia biografía sea la de violadores, pedófilos y asesinos, sino porque son hombres carentes de imaginación. Incapaces de pensar nada, incapaces de articular un deseo, se ven en la confusa situación de haber conseguido organizar una orgía interminable, de haber ejercido todo su poder para violar, extorsionar, raptar y enclaustrar a varias decenas de jóvenes y, un día después, no saber qué hacer con todo aquello. Su placer era el ejercicio del poder, por lo que necesitan la imaginación de otros para no destruirse mútuamente. Por ello, deciden escuchar cada noche a una narradora para que les proporcione ideas sobre qué hacer, puesto que el tedio amenaza con acabar con ellos. En la obra, solo nos llega el testimonio de Duclos, aunque se suponía que en la obra final Duclos sería reemplazada por otras narradoras, antiguas prostitutas con mucha imaginación y labia para entretener a los señores.

    Duclos es el personaje más misterioso, porque es el único que narra en toda la obra. Todo lo demás es un libro de cuentas espantoso, una ristra de personajes descritos con tanta precisión que los hace indistinguibles unos de los otros. No hablan, no fabulan, no piensan: han sido convertidos en meros objetos de decoración y usufructo por parte de los villanos. Duclos, sin embargo, tiene algo que ellos no tienen: la habilidad narradora. Las anécdotas que cuenta cada noche son el aliento de los cuatro gerifaltes y en una suerte de Mil y una noches invertida, sin las historias de Duclos, los cuatro señores se extinguirían, puesto que verían pasar los días sin otro propósito más que el tedio. Sin embargo, Duclos ha sido prostituta y todas las historias que comparten tienen un protagonista que es un espejo de los captores: son chambelanes, banqueros, políticos o altos funcionarios, siempre hombres, siempre de la misma edad que su audiencia. Nunca trasluce si ha odiado su profesión o a sus clientes, ni si colabora o sobrevive a sus captores. Pero ronda la sospecha de que todo puede ser una mentira prolongada, una broma perpetuada para humillarlos. Durante las primeras jornadas, Duclos cuenta anécdotas de raptos y corrupción de menores, pero los señores protestan y solicitan que se demore más en los detalles, puesto que de esa precisión surgirán las saberes que aplicarán concienzudamente a las siguientes jornadas. Duclos se sabe productora de conocimientos y los amos obedecerán ciegamente aquello que la narradora les presente: son títeres de repetición, incapaces de imaginar. Sabiendo que su propia supervivencia depende del preciosismo con el que narre su pasado y que los oyentes lo pondrán en práctica de manera acrítica, las historias rápidamente viran a la coprofilia. Duclos sabe que al día siguiente el aristócrata, el obispo, el banquero y el juez se comerán la mierda de sus esclavos, y estos, lejos de capturar la ironía o el sentido de la venganza, incitan a Duclos a proseguir con su fantasía.

    Así, durante páginas y páginas, Sade abochorna al lector con decenas de variaciones del mismo tema: la mierda. No deja espacio a nada más, salvo a algunas reflexiones nihilistas de los señores: producen mierda, consumen mierda y perfeccionan el proceso de la elaboración de mierda para no acabar nunca: es una máquina frenética de deyecciones y sumerge al lector en ello hasta lograr espantarlo de la propia lectura..

  • Follar (literatura erótica)

    —Sigue…

    Ella hurga en mi recto y a la vez me lame el glande. Con la mano libre, me masturba con oficio. Por fin se para. Se acerca al mueble para limpiarse el dedo con una toallita de papel y quitarse el tanga.

    Unos momentos después me cabalga, poniéndome una mano en el pecho y acariciándome los pezones. Con la otra mano, se sujeta la coleta. En esa posición, sus tetas parecen hasta bonitas. Me pregunto con cuántos clientes se lo ha hecho en esta misma cama. Sus gemidos se prolongan un rato. Pero no es suficiente.

    Mi miembro pierde la erección.

    —Date la vuelta…

    Ella lo entiende a la primera. Se pone a cuatro patas. Se mira en el espejo. Se ha debido de mirar mucho en ese espejo. Conoce las posiciones que más la favorecen. Yo se la meto poco a poco primero por el coño y, viéndola en esta postura, recupero la erección.

    Autor desconocido 1

    Ya te tenía dentro de mí, llenándome por completo, y entonces, de repente me taladraste tan hasta el fondo que no pude evitar el alarido que surgió de mi garganta. Tú te relajaste un momento, y empezaste un movimiento muy lento, muy lento y hasta suave, casi te saliste en varias ocasiones. Me tranquilizaste, por eso permití que las cosas prosiguieran su curso.
    Aquella fue mi primera vez. Nunca en la vida había sentido tanto dolor, nunca había gritado tanto, cada vez que volvías a entrar podía sentir cómo me desgarrabas las entrañas, y pensaba: “Que acabe ya, que acabe ya”…, hasta que empezaste a acariciarme el pubis por delante, y entonces fue una extraña mezcla de placer y dolor: me hacías mucho daño y a la vez me gustaba mucho, hasta que, poco a poco, el placer fue amortiguando el dolor. De pronto pegaste una sacudida muy fuerte, obligándome a chillar una vez más. Entonces empezaste a darme duro y muy rápido, dios, no podía respirar, me faltaba el aire, el cabezal de la cama golpeaba contra la pared, y sentía cómo ese animal salvaje que tienes se te hacía aún más grande, se te ponía más duro, lo notaba palpitar en mi interior, y yo no podía dejar de gritar porque me hacías daño…, hasta que, aún no sé cómo, creo que llegué al orgasmo, y tú me seguiste y te vaciaste dentro de mí —al menos, eso me pareció—…

    Autor desconocido 2

    De nada sirvió que Kate Millett se dejara media vida en su Política Sexual explicando que los modos de escribir escenas de sexo o sobre sexo en general solo cubrían un aspecto del trasunto de follar: el de la ciencia ficción masculina (al menos en el primer fragmento hay un conato de gatillazo, aunque luego acaba corriéndose gracias a la habilidad de la prostituta). Argumenta que eso escora al lector y lo instruye sobre lo que está bien en su deseo y lo que no. Catequizan. Le dio para el pelo a Henry Miller y a Norman Mailer; y puso a Genet como antiparadigma. Según los dos primeros, lo correcto en la alcoba era que una le faltara el aire, él se vaciara dentro de la otra, y que al menos a una le pareciera que había tenido un orgasmo. Mantener una relación sexual es comportarse como una muñeca hinchable.

    El problema de los dos fragmentos del comienzo es que no son escenas eróticas: son escenas de violación que se tratan de pasar como escenas eróticas. Y eso confunde al personal. La distancia entre una escena erótica y una escena de violación es tan grande que es imposible confundirla. Otra cosa es que todo lo que uno sepa sobre el sexo venga de las malas novelas y la tele y no de andar de gatos pardos.

    ¿Se deben evitar las escenas de violencia sexual a toda costa? No, lo que se debe evitar es timar al lector. Que existe una fetichización de la violación es innegable: el deseo es un túnel oscuro en el que uno se enfrenta a sus sentidos. Que se han escrito escenas de violación en obras maestras, también: léanlas. La violación de Lucrecia, de Shakespeare; Las Troyanas, de Eurípides. Escritores que vivieron en tiempos locos y, con todo, sabían distinguir un crimen de un placer. Lo que molesta es que hoy no pueda uno leer una escena erótica contemporánea que no incluya modos o expresiones que incluyan sintagmas como Nunca en la vida había sentido tanto dolor, nunca había gritado tanto…

    La escritura erótica o pornográfica no siempre fue así. Todas estas novelas con escenas de violación eran originalmente un producto de saldo de misóginos y rencorosos de serie Z en la anglosfera. Sin embargo, los movimientos proderechos en yankilandia tras la II Guerra Mundial inquietaron a los popes del In God We Trust, y la industria cultural yanki siempre atenta a que las cosas no se vayan de madre pasó a la reacción. Así autores más bien mediocres como Bukowski, Miller o Mailer (algunos de ellos previamente censurados) tuvieron banda ancha para propagar sus pajas escritas. Otros, como Dalton Trumbo, fueron incluidos en una lista negra. Al escritor patrio le llega a través de las traducciones y, de ahí, a posar como un chico malo en entrevistas con fotos en blanco y negro.

    Como decía, no fue siempre así . En el comienzo de Las mil y una noches, Sah Zamán descubre que su esposa lo engaña en cuanto sale de viaje.

    Estaba mirando por ellas cuando vio que la puerta del palacio se abría y salían veinte jovenzuelas y veinte esclavos; la esposa de su hermano estaba entre ellos. Era hermosísima, muy bella. Avanzaron hasta llegar a una fuente y allí se quitaron los vestidos y se sentaron. Entonces la esposa del rey gritó:
    —¡Masud!
    En seguida un esclavo negro se adelantó, la abrazó y la poseyó. Lo mismo hicieron los restantes esclavos con las jovenzuelas, y no dejaron de abrazarse y de besarse hasta que el día se desvaneció.

    Las mil y una noches

    Este tipo de fragmento, que se puede hallar con abundancia por todo el libro, es una joya escrita. En primer lugar, ejerce de literatura saltándose unos cuantos tabús y reglas sociales. La reina, ejemplo de castidad y pureza, es la que perpetra el engaño, y quiebra así el mandamiento del matrimonio. No solo eso, sino que además es la organizadora del asunto, que da la voz para que el esclavo acuda a ella y se inicie así la orgía. Es, además, una orgía plenamente democrática: veinte esclavos, la reina y veinte jovenzuelas se ponen al turrón sin importar quién es quien, ni su posición social, ni su color de piel.

    Hay un tercer elemento, que puede pasar desapercibido y que es el más bonito de todos: el marido cornudo. El marido cornudo es el más infamado de todos. Es un rey vengativo y poderoso (como se verá después, que pasará a todos por espada) pero, una vez que descubre el engaño, en vez de ordenar a sus soldados que los trinchen allí mismo, se queda mirando. Todo el tiempo, hasta que dejan de abrazarze y besarse y el día se desvanece. Casi podría decirse que no actuando, consiente aquel engaño de fantasía, e invita al lector a que contemple y se deleite con él antes de recapacitar y matarlos a todos. Como decía más arriba, el deseo es un túnel oscuro.

    Ella hurga en mi recto no invita a deleitarse con un tabú quebrado, me invita a ver una colonoscopia. Y a certificar que el autor no sabe que lo que se hurga no es en el recto, sino en el ano. Por favor, no escriban mamarachadas de este calibre: es una escritura mediocre. Vamos con otro autor.

    ¡Oh, joder! -dijo, sin contenerse ya y sorprendiéndome por la energía de sus expresiones-. ¡Dios santo,
    qué temperamento! Amigas mías, dejemos de entorpecernos: ¡al diablo todo lo que todavía vela a nuestros ojos atractivos que la naturaleza no creó para que estuviesen ocultos!
    A continuación, tirando las gasas que la envolvían, apareció a nuestra vista bella como la Venus que inmortalizaron los griegos. Imposible estar mejor hecha, tener una piel más blanca… más suave… unas formas más hermosas y mejor pronunciadas. Euphrosine, que la imitó casi en seguida, no me ofreció tantos encantos; no estaba tan rellena como Mme. Delbène; un poco más morena, quizás debía gustar menos en general; pero ¡qué ojos! ¡qué ingenio! Emocionada con tantos atractivos, muy solicitada por las dos mujeres que los poseían a que renunciase, como ellas, a los frenos del pudor, podéis creer que me rendí. Dentro de la más dulce embriaguez, la Delbène me lleva hasta su cama y me devora a besos.

    Justine, Marqués de Sade

    Nuevamente aparece el tabú: una abadesa, dos menores, un convento, una orgía lésbica. No encontrarán rectos, clítoris, glandes, ni toallitas de papel con las que limpiarse el dedo que hurga en rectos ajenos. El Marqués de Sade es incluso ingenuo en la expresión: «piel blanca», «suave», «formas hermosas». ¿Por qué Sade sí y «me pegaste una sacudida fuerte» no? Es que con el marqués contemplamos (y nuevamente nos convierte en mirones) una transgresión por todas las partes. Rescatada desde el deseo negado y oculto y bajo estrictas capas de convención social: una recta tutora que pervierte a dos inocentes que tiene a su cargo y que tienen a bien descubrir esos placeres. Aquí no hay lucha, ni resistencia, ni hay ignorancia plena: todo el mundo en ese fragmento sabe si quiere estar o no en una orgía con una abadesa. Es el narrador el que nos lo hace saber.

    ¿Qué hacemos entonces con las escenas eróticas? Imitar la vida. Ante la sed, uno puede directamente pedir un vaso de agua; pero ante las ganas de intimar uno se busca otras estrategias más rocambolescas: lo primero que quiere saber es si la otra persona es receptiva: propone, sugiere, juega. Lo erótico también se define por aquello que impide la culminación: un novio sobreprotector, un marido celoso, unos hijos que siempre están en casa, el cura de la parroquia. El buen escritor lee y monta una escenografía adecuada y pone trabas a los futuros amantes: el lector debe esperar que ocurra, quiere que ocurra, pero no al momento: ha de ser consciente de la sed de los personajes y la propia. Como se puede comprobar la parte genital es lo de menos y tiene sus limitaciones: hay pocos sinónimos de glande que no suenen a estropicio: capullo, bálano. Del mismo modo, un cunnilingus se puede contar sin usar palabras rocambolescas: use su imaginación, no un diccionario de sinónimos.

    Y sobre todo, escriba indecencias. No indecentemente.

  • El porqué de todo

    ¿Qué quieres contar en tu guion? ¿De qué va tu historia? ¿A quién va dirigida? ¿Qué narrador vas a utilizar? ¿Qué tiempo vas a utilizar en tu novela? ¿Cuál es la estructura que tienes pensada? ¿En qué época sucede? ¿Es tu personaje principal un perro? ¿Es su antítesis una hormiga? ¿Cuál es el conflicto principal? ¿Dónde está la pistola de Chéjov?

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    Todas preguntas son muy pertinentes, afiladas y capciosas, para hacer pensar al escritor novel sobre la historia que quiere escribir. Una batería para que reflexione sobre la técnica y decida que debe comprar el libro del profesor que versa, casualmente, sobre técnicas de escritura.

    Todo esto fluye hasta que un día un alumno se presenta en clase con la sinopsis, la escaleta, diez fichas de personaje y el oneliner de su novela: un hombre se levanta un día con un pene en la cabeza. Es una idea real, presentada por un ser humano con cabeza y ojos en una de mis clases. Otra alumna: mi protagonista es una vulva y quiero contar su historia. La tentación de proponerles una novela conjunta donde vulva y pene acaben por conocerse y retirarse a una ficticia Isla del Amor era demasiado grande para dejarla pasar. Ese año me despidieron con deshonores del taller de escritores donde trabajaba. Tuve que trabajar. Esa fue la magnitud del fracaso.

    Todo este guirigay y la deshonra se hubiera evitado si hubiera formulado una pregunta: ¿por qué?

    Con el tiempo he decidido que esa es la única pregunta que merece la pena preguntarle al alumno-escritor: ¿por qué quieres escribir una historia sobre un hombre que tiene un pene en la cabeza? Hay que hacer la pregunta sin entonación irónica, sin sarcasmo, esperando una respuesta redonda, sincera. ¿Por qué quieres escribir eso?

    En realidad, la respuesta es lo de menos: los escritores hacen lo que hacen, escribir sus libros y cuentos, porque no saben contestar plenamente a la pregunta. A veces les pagan por escribir alguna reseña o prologar un libro; es decir, hacen su trabajo por dinero, un poco como todo el mundo. Pero luego hay actividades del todo gratuitas y no demasiado pensadas. ¿Por qué escriben? La peña se droga, se casa, se muda a Berlín, se dedica a reparar bicicletas para ganarse la vida. ¿Por qué? Porque es lo que hay, porque algo hay que hacer, ¿no?

    Quizá uno escriba porque no hay nada que hacer. Los eventos consuetudinarios son tan pesados en nuestra vida, la de los mindundis, que uno solo logra cierta ligereza cuando lo transpone en un relato. Me vale como razón. Hay quien escribe porque quiere demostrarle a su padre que puede hacer algo más que rellenar hojas de Excel: también me parece correcta. En general, cualquier razón que conduzca al fracaso más descorazonador es una buena razón. Nadie más mezquino que aquel que escribe para algo; el que escribe para ser alguien. Y una vez puesto negro sobre blanco, se sienten muy satisfechos de sus hallazgos monádicos. ¡Qué pesadilla! Suele formar parte de la ristra de nombres intercambiables que las editoriales llevan de feria del libro en feria del libro y de conferencia en conferencia para leer desde una palestra lo que escribieron en un Word la noche anterior: creedme, es mejor esconderse de todo ello.

    Hay algo terrorífico en rascar el porqué de lo que uno escribe: Christine Angot habla constantemente de relaciones incestuosas padre-hija y describe, sin sentimentalidades, el terror de un abuso en cada una de sus novelas. Una y otra vez, escribiendo toda una vida alrededor de un evento. Juan Marsé escribe de qué supone ser apellido negado en un barrio pobre: novela tras novela, día tras días, escribiendo sobre ese por qué insoluble. Qué liberación poder compartirlo.

    Hete aquí otro por qué: para estar menos solos en el cuento de nuestra vida.

  • Leer para que no te jodan

    Siempre cometo el mismo error, en cada curso: doy a leer pipas a los alumnos. Le tengo tanto pánico al momento en el que boquean cuando preguntas si se han leído la novelita de 120 páginas que mandaste tres meses atrás, que he empezado a conformarme con que lean sólo tres novelitas durante un curso que dura nueve meses. Me conformo con que lean una página y un tercio al día. Aun así, hay quien protesta con una frase de los Simpsons. Esta es mi vida.

    De entre los títulos que mandé leer, todos menos uno dieron lugar a debates jugosos sobre construcción de personajes, uso del tiempo, autocensura, verosimilitud. Hemos leído a Juan Rulfo, Patricia Highsmith, Carson McCullers, Paul Auster, Silvia Hidalgo, Ian McEwan, Flaubert. Que Juan Rulfo te enseñe cómo jugar con el tiempo en tu narración es un privilegio al que puedes acceder con un carné de biblioteca. Solo uno de los títulos generó unanimidad de opiniones, por lo mala que era. A mí no me lo parecía, pero luego la autora se hizo política de carrera y cambié de parecer respecto a su obra. Hay dos tipos de errores en la carrera de un escritor. El primero es meterse a columnista y el segundo, meterse a político.

    Este año, sin embargo, he tomado una decisión: vamos a hacer lo contrario que hacen los dramaturgos, los novelistas o los guionistas de cine profesionales. Vamos a leer obras de teatro, estudiar guiones y, por qué no, leer libros. (Es inaudita la cantidad de dramaturgos con los que me he encontrado que no pueden dar siquiera el nombre de una sola editorial de teatro)

    Un profesor hijo de Satanás que recomienda leer libros para mejorar el pensamiento crítico del alumnado y, de paso, su escritura: ¡qué desfachatez, qué insensibilidad acudir a lo que han hecho otros para hacerlo mejor! Hay que inventar la rueda cada vez, y para ello, empezaremos con un cuadrado pintado en el suelo. Aquel alumno que me decía que jamás leía porque no quería corromper su inspiración angelical dejó de escribir en cuanto tuvo la ocasión: un gesto de buena fe hacia la Humanidad. Hay gente que se apunta a clases de conducir para escupir al profesor y protestar porque quiere caminar descalzo por la autopista y los coches no dejan de pasarle a toda velocidad. Hay que respetar toda opinión, aunque sea una opinión que atente contra tu vida o la de los demás. Que un escritor no lea es un atentado.

    Amador Fernández-Savater dice: Pensar es la fuerza de los débiles; y para los que no tienen a mano una universidad y un trabajo que les permita ir a clase cuatro horas diarias existe el pensamiento escrito: un libro. La gente ahorra cinco años para ir a la Universidad de Nueva York a estudiar Creative Writing para darse cuenta de que le van a contar lo mismo que Enrique Páez o cualquier profesor de un Centro Cívico y que la lista de lectura la podía encontrar también en la biblioteca del distrito IV de Alcalá de Henares, Madrid, Spain.

    Ya sea ensayo, novela, obra de teatro, libro de poemas: leer un libro es pensar e imaginar lo que ya pensó el autor, es interpretarlo dentro de nuestra cosmovisión y es disponer, gratuitamente, de nuevas razones para la crítica, la disidencia, la construcción de nuevos imaginarios.

    Leer es también perder la inocencia: por ejemplo, tras las tragedias históricas de Shakespeare no podrás tragar The Crown, un producto de propaganda británico más o menos descarado que ha necesitado millones en promoción. Cuando algo necesita tanto dinero y repetir tantas veces que compran tu coche punto es, es que algo huele raro: es mejor no llevárselo a la boca.

    Imaginad por un momento que disponéis de los mismos materiales intelectuales que un jefe de estado imbécil, un economista cruel o un antropólogo racista. Podrían joderte, pero no podrían venderte la moto. Podrán decirte que el algodón no engaña y que te sientas fresco y seguro, pero no habrás perdido el olfato: el ejercicio de la imaginación ya te pone sobre aviso, y esto ya es un principio de contrapoder: saber que no.

    (Para los curiosos: la lista comienza con Drácula, sigue con Samanta Schweblin y sigue con Camila Sosa)

Raúl Quirós Molina
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