Autor: Raúl Quirós Molina

  • La neurosis del manuscrito

    La neurosis del manuscrito

    Has escrito tu libro.

    Has corregido cada uno de los hilos argumentales, revisado cada uno de los arcos de los personajes.

    Has usado el motor ortográfico del Word, un skill de inteligencia artificial que extraiga los errores minúsculos.

    Incluso varias personas cercanos han leído el manuscrito y la conclusión es unánime: está bien.

    Sin embargo, de esas dos palabras, está bien, se nutren tus sospechas: no, no está bien.

    ¿A qué atenerse, entonces? ¿A la opinión común y fundamentada? ¿O al instinto?

    Lo podríamos llamar el blues del manuscrito acabado, o la neurosis del escritor insatisfecho (un cliché, se mire por donde se mire). Pero no. Va más allá de todo esto.

    Es melancolía.

    Durante meses, durante años, uno ha dedicado su esfuerzo y su tiempo a una empresa vana: escribir una novela. Escribir un libro que no ha pedido nadie, que nadie te publicará sin pensárselo dos veces, que nadie leerá salvo que le pongas una pistola en la cabeza. Has vivido con la historia: has dudado cuando tus personajes dudaban, has reescritos pasajes que te parecían pedantes o innecesarios, has añadido tramas para espesar la principal.

    Y ahora el manuscrito reposa frente a ti, orondo, completo, validado. Es hora de partir. La melancolía surge porque ya no hay asidero para trabajar un día más en esa historia, porque la historia ya está acabada y, en el fondo, uno sabe que debe abandonarla para poder empezar una nueva.

    La gran trampa de la melancolía es lo que yo llamo pulir la plata. Corregir, reconstruir, recomponer, eliminar; sacarle brillo a los cubiertos de plata cuando no se han utilizado en la última década. Abandonar la novela no supone olvidarla, sino asomarse al abismo de nuestro tiempo futuro: ¿seguiré siendo escritor tras esta novela? ¿Podré en el límite de mis fuerzas, volver a vivir otro tiempo en el que le regatearé a la familia, los amigos, la televisión las energías necesarias para hacer lo mismo, pero diferente?

    Sí. Siempre sí.


    Si te interesa corregir tu manuscrito, échale un ojo al servicio de lectura de manuscritos.

  • ¿Qué ha pasado con la fábula?

    La pulsión antropomórfica del teatro infantil está a la misma altura perversa que las cualidades morales con las que engalanan a los bichos.

    Desde que tengo hijos, apenas puedo acudir al teatro. Lo que durante años fue la educación perfecta (y secreta) en construcción de tramas, personajes y acciones, me fue negado por la paternidad o, más bien, por la clase de paternidad que quise ejercer y por una conciencia que me pesa demasiado, o una cartera que no puede pagar un euro más en canguros. Solo recientemente, cuando el cargamento de pañales se ha ido reduciendo, y hemos podido librarnos de la pesadilla del carrito para bebés, hemos comenzado a acudir a obras de teatro infantiles, que a todas luces se me antojan un sucedáneo, a veces demasiado pedagógico, a veces demasiado encorsetado, del drama. Peces que salen del agua y ratoncitos que hacen caca, leones tristes y serpientes bondadosas: la pulsión antropomórfica del teatro infantil está a la misma altura perversa que las cualidades morales con las que engalanan a los bichos. De tan obvias, mis propias hijas se giran en medio del espectáculo y suplican abandonar aquella homilía de buenas costumbres petit bourgeois para los nenes y las nenas.

    Solo he podido colarme en un par de obras para adultos recientemente, de escritura contemporánea. Si allá donde protestaba por los animales descontentos por sus regalos de cumpleaños, aquí me quejo por la completa muerte de la fábula. Las obras adultas ya no cuentan cuentos: exponen hechos. El lento giro hacia el teatro documento y, más concretamente, el autodocumento, ha terminado por transformar la asistencia a la piecita de drama en un audiolibro sobre las angustias de la maternidad, la incomodidad de la psoriasis, lo malvado que fue aquel amigo que te levantó la chica en el piso compartido. No exagero con lo de audiolibro: en algunas de esas performances teatrales te obligaban a usar unos auriculares para entender lo que los actores recitaban dentro de una pecera en la que estaban encerrados, para finalmente escuchar el interminable flujo de pensamiento del texto.

    Pero nada de esto es, per se, el incordio que me incordia, pues en peores plazas he visto torear: en el Royal Court vi inundarse el escenario a mitad de acto, y una vez alguien condujo un coche, con sus ruedas y su claxon, sobre el escenario; y he sabido que Rodrigo García hervía langostas en directo. El incordio es que la completa ausencia de fábula, aquel invento que detestaban los teóricos posdramáticos, y que tan a gusto adoptaron los directores y programadores, ha derivado no en una obra de arte total, performática, donde todos los elementos se coordinaban, como en la obra de arte abstracta, para minar los supuestos narrativos con los que nos manejábamos por el mundo, sino en obras de teatro sobre la anorgasmia, la masculinidad tóxica, la crisis de los cuarenta o los cincuenta. Pero, ¿qué hay del cuentito? ¿Qué hay de la sucesión de hechos, uno tras otro, que permitían ir absorbiendo lentamente la capacidad de hazaña, la existencia oscura del deseo, la posibilidad de salvación, la redención? ¿En qué momento me veo nombrado, no como espectador, sino como miembro de la comunidad, cuando veo a una actriz picando coles durante treinta minutos sin decir palabra?

    Lo que aprendí de la fábula es que el lobo aguarda su momento, que la belleza como recompensa es también una condenación, que el deseo puede acabar con tu forma de sirena y convertirte en mera espuma de mar. Y que el cuentito solo puede contarse así, desde Caperucita, desde Willy Loman, desde Antígona, desde los lobitos que no pueden hacer caca. La langosta seguramente tenía algo más interesante que contarnos.

    El incordio es que la completa ausencia de fábula, aquel invento que detestaban los teóricos posdramáticos.

  • Lo que nunca se pregunta a un autor

    La mayoría de las preguntas rozaban la estupidez genuina: siempre hay alguien que pregunta por los rituales a la hora de escribir

    Durante el máster en escritura creativa dramatúrgica que cursé en torno a 2010 tuve la ocasión de asistir a clases maestras con autores británicos y norteamericanos que acudían invitados por los directores del título y que hablaban del oficio desde el lugar del profesional. Días antes de la charla, la tutora nos exigía que pusiéramos por escrito cuáles eran las preguntas que pensábamos hacer. No porque los autores invitados exigieran saber por adelantado si los estudiantes iban a cazarlos sino por un consistente pudor británico: el autor acudía allí como favor pagado en el trasiego de una vida volcada en la industria y dialogar con los alumnos de un máster era visto más bien como una cortesía (pagada, por supuesto) que una obligación. Uno de los autores que acudió fue Jez Butterworth, que por entonces había escrito varias obras que se habían estrenado en Londres y en Nueva York, y que era el hombre que seguir por aquella época. Acababa de escribir Jerusalem, una auténtica maravilla dramatúrgica, que había fascinado al público y a la crítica y cuyo éxito no parecía conocer techo.

    Así que empleamos una clase entera en decidir qué lista de preguntas le lanzaríamos y, como puede adivinarse, la mayoría de ellas rozaban la estupidez genuina: siempre hay alguien que pregunta por los rituales a la hora de escribir; otro que lo interroga sobre las dificultades con la inspiración; el de más allá, cómo se hace para conseguir que una obra se estrene en Broadway. Todas estas preguntas no tienen respuesta y la mayoría de los autores ni siquiera saben qué responder, así que pasan el trago lo mejor que pueden y se despiden de la clase rumbo a sus hoteles, sus aviones, sus trabajos de día.

    Jez Butterworth llegó cinco minutos tarde, con una camiseta que llevaba una mancha y sin afeitar. No lo hacía por desdén: más tarde nos hizo saber que la cantidad de trabajo lo tenía agotado e iba empalmando reunión con reunión y aeropuerto con aeropuerto. (En esto consiste ser guionista de éxito, parece ser: en pasar tiempo en salas de reuniones con tipos que no han escrito un guion en su vida). Comenzaron las preguntas. Un tipo a mis espaldas preguntó «si se debía escribir sobre lo que se sabe». Lo vi resoplar y pude leer lo que le pasaba por la cabeza: «otra vez». Con educación le dijo al estudiante: Shakespeare nunca estuvo en Dinamarca y escribió Hamlet. Otro le preguntó cuál era la mejor hora para escribir. Por cada pregunta formulaica respondía con una respuesta de manual: pues así y asá.

    Era una lástima tener en frente a uno de los hombres más exitosos del momento y que tuviera que responder a cuestiones que le haríamos a nuestra cuñada, la que se autopublicó los cuentos que le contaba su abuela. Así que, cuando llegó mi turno, le pregunté cómo alguien como él lidiaba con el fracaso. Mi tutora abrió mucho los ojos y el guionista adoptó una expresión más atenta, menos cansada que la que había mantenido hasta el momento. Durante cinco minutos explicó que, efectivamente, el fracaso existía, incluso para los autores que estrenaban en Broadway, que poco tenía que ver con el éxito de público o de crítica y sí con el proceso de escritura, del que era parte inseparable. «El fracaso —dijo— debe incorporarse al proceso creativo, pues de otro modo este queda incompleto». No eludió la cuestión como haría un coach, ni trató de convencer a los presentes de que su resiliencia frente a las adversidades sería recompensada en el futuro; al contrario, el «éxito», tal y como lo entendía, era un «accidente», un accidente catastrófico. Después de aquella pregunta, volvimos a las preguntas tipo: cómo era un día en la vida de un escritor, en qué proyectos estaba trabajando, si era un escritor de brújula o de mapa.

    Unos días después acudí a ver Jerusalem: trata de un gitano inglés, un poco bocazas, que vive en una caravana, al que abandonan sus mejores amigos. Al final de la obra, invoca a unos gigantes protectores para que acudan a salvarlo. La escritura es fracaso. Y, a veces, salvación.

    Un tipo a mis espaldas preguntó «si se debía escribir sobre lo que se sabe»

  • Escribir lo que nadie pide

    ¿Contiene algo de verdad o es solo la proyección de un deseo de notoriedad?

    La escena se repite cada dos meses, quizá cada tres: nuestro catálogo está completo, el manuscrito no encaja con nuestra línea editorial, tenemos cerrado el año. La lamentatio nunca fue un género en el que me prodigara y cuando leo las cuitas de otros escritores sobre las dificultades editoriales de sus propios manuscritos considero que ya han hecho la función por mí, aunque sea vicariamente..

    Pero cada nueva novela, cada nuevo proyecto en el que me embarco, ya no se fragua en la ascuas de aquellos fracasos: es más, el tiempo (y las canas) incorporan un material nuevo sobre el que pensar. Ya no se trata de responder la pregunta: ¿para qué escribir? sino ¿por qué?

    Cuando el cajón comenzó a convertirse en el devenir más probable de cada escrito, de cada novela, uno hubiera pensado que se arroparía con una manta de pesimismo y, según cumpliera años, se transformara en un escritor viejo y amargado, que ha adquirido suficiente cinismo para componer una o dos sentencias ingeniosas con las que convencerse de que todo aquello mereció la pena de alguna manera. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: quizá porque la urgencia del reconocimiento se ha ido desvaneciendo (quise ser poeta, escritor de cuento, dramaturgo, novelista: en todo triunfé y en todo fui un fracasado) me siento frente al teclado y lo que arruga mi ceño es si aquella historia que compongo contiene algo de verdad o es solo la proyección de un deseo de notoriedad.

    El motivo económico es absurdo y, como buen ingeniero, he hecho mis cálculos. Los dos últimos años he hecho más dinero con publicidad automática en YouTube que en derechos de autor y representación. Hablo de cientos de euros, no de miles. Un solo mes de clases de escritura creativa paga más que la composición, corrección, edición y venta de mis libros y obras de teatro. De todas ellas juntas. Hablo, como decía arriba, de cientos de euros, no de miles. La escritura apenas paga una suscripción a una plataforma de streaming; y la satisfacción intelectual dura exactamente dos días: el momento del «sí» y el momento en que recibes los primeros ejemplares.

    El otro día lo hablaba con una dramaturga amiga: ya no acudo a los estrenos de mis obras. Sentado como un miembro más del público, debo convertirme en espectador y dejar al creador en casa. Me aburro y me desespero. Las charlas con los actores y los directores, con los curiosos, son relaciones públicas que, en general, tienen poca repercusión en el proceso creativo. El resto es desasosiego, culpa y pérdida de tiempo.

    Parece entonces que ese correr tras el director más conocido en Madrid o el editor más poderoso adquiere otro sentido: el de la carrera de ratas. Y la discusión se omite, año tras año: que la industria cultural está tan canibalizada por la fantasía de la meritocracia que su mayor producto es el resentimiento. En veinte años como profesor, ingeniero, programador o bibliotecario no he hablado con tantísima gente que al tiempo quiere estar (en las presentaciones, en los estrenos, en las fiestas) y que resiente asistir a todos estos happenings. Una relación sadomasoquista con la farándula que, repito, solo da trescientos euros al año.

    ¡Ah, está, por supuesto, el capital simbólico que otorga la cultura, o publicar en la editorial barcelonesa de moda! Pero fuera de aquello (y muchas veces ese «afuera» es fuera de los límites geográficos de los barrios de Madrid o Barcelona), los nombres no importan, ni los títulos. Es el efecto de los Goya al mejor actor novel: ¿quién lo ganó el año pasado? ¿Y el anterior? 

    Sigo eludiendo: ¿por qué? Porque quizá no importa, porque hasta la derrota ha perdido su mística y ya no sirve ni como material para el victimismo. Los escritores nadamos contra una ballena blanca llamada Netflix, o HBO, o Disney, que contrata psicólogos para que los visionados de series chauvinistas como Bridgerton se consuman bulímicamente, o construye psyops como 24 o Homeland. En nuestra invisibilidad, se da lo inesperado: escribir sin destino, escribir sin lugar, en la hora de la comida o en el rato muerto antes de la salida de los niños del colegio. En elegir habitar la historia antes de que el fantasma del scroll se apodere de nuestra alma. Escribir como una forma de ateísmo.

    La industria cultural está tan canibalizada por la fantasía de la meritocracia que su mayor producto es el resentimiento.

  • La ironía dramática

    La ironía dramática

    Uno de los recursos más básicos del drama es frecuentemente infrautilizado, si no ignorado, en ficción.

    La ironía dramática se confunde con frecuencia con la ironía trágica, más propia del drama griego clásico. En la ironía trágica, el destino, los hados o los dioses condenan al protagonista a una desgracia contra la que nada puede hacer. En Edipo Rey, pero también en las obras de Shakespeare (por ejemplo, en Macbeth) la ironía trágica constituye un pilar que azuza el ritmo de la obra y proporciona al lector o al espectador un amarre para seguir la historia.

    En la ironía dramática, es el lector o el espectador quien contribuye al drama, pues sabe más de los personajes y de los vericuetos del drama que los propios personajes.

    Conseguimos así la tan ansiada participación del lector: que piense sobre los motivos de los personajes, que no sea guiado por la solución fácil o la manipulación emocional y que, en definitiva, sienta la obra como propia.

    La ironía dramática, en cambio, no se construye en la idiosincrasia de la obra: pues no intervienen dioses, hados, ni brujas que predestinan la muerte de un secundario. En la ironía dramática, es el lector o el espectador quien contribuye al drama, pues sabe más de los personajes y de los vericuetos del drama que los propios personajes.

    Un ejemplo fácil de entender es el de títeres de cachiporra, muy comunes en España. En muchas de las representaciones hay un personaje llamado Don Cristóbal, que arrea con un garrote a las marionetas que se le enfrentan. Todos los espectadores saben que Don Cristóbal lleva un garrote y que tiene muy mal genio. La escena clásica es aquella en la que Don Cristóbal se asoma lentamente por un lado del pequeño escenario y se acerca a otra marioneta para asestarle un golpe. Los personajes que sufrirán el golpe son ignorantes a su destino, pero el espectador sí, que ve lo inevitable llegar.

    La ironía dramática se diferencia del suspense, que le es próximo por los grados de conocimiento. En el suspense, el espectador no sabe mucho más que el personaje: comparten la incertidumbre. El espectador sabe quién es el asesino y que se ha escondido en la casa, pero no sabe dónde, así que cuando la víctima atraviesa el umbral de la casa, espectador y protagonista conviven en esa ignorancia. En la ironía dramática, el lector o espectador sabe de cosas que cambiarían el destino del personaje ignora. En el caso de Casa de Muñecas, el personaje de Torvald trata a Nora como a una mujer frívola, atolondrada, sin control sobre el dinero, pero el espectador sabe que Nora salvó la vida de Torvald a través de un préstamo ilegal. El espectador ver a Torvald pavonearse delante de vecinos y amigos y de la propia Nora, pero sabe del sufrimiento secreto de Nora por todo aquello que ha debido hacer para salvar la vida de su marido y la calma en el hogar. Al revelarnos la verdad de Nora, pero ocultarla en escena, el espectador se enfrenta a un problema moral, que tiene difícil solución: ¿salvaríamos a aquel que nos minusvalora?

    Conseguimos así la tan ansiada participación del lector: que piense sobre los motivos de los personajes, que no sea guiado por la solución fácil o la manipulación emocional y que, en definitiva, sienta la obra como propia.

Raúl Quirós Molina
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