«Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz lo es a su manera» es, tal vez, el comienzo más manido de cualquier cursito de escritura creativa y a través del cual se trata de explicar la importancia de un buen arranque de cualquier texto literario.
Y digo «manido» porque la frase inicial de Anna Karenina pertenece al elenco de comienzos apoteósicos con los que ilustrar una cierta teoría del comienzo y que lleva a la miopía literaria y a la confusión del escritor que comienza.
«Llamadme Ismael», de Moby Dick, junto a «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo» y quizá la alambicada de Corazón tan blanco, «o he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas», han querido ser, por inercia o por pereza, el modelo al que todo escritor debería aspirar.
«El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil», «No quisiera preocuparte, empezaba diciendo la nota, una manera genial de empezar» o «Un estrépito de camiones cargados de fusiles se extendía sobre Madrid, tenso en la noche de verano», de Vargas Llosa, Miranda July y André Malraux, no se ven tan lustrosos y, sin embargo, son igualmente comienzos. «El absurdo de la frase inicial»: así debería llamarse la primera lección de cualquier clase.
Pero yo prefiero tratarlo de otra manera. El comienzo no es solo la secuencia de palabras, no es el adjetivo que caracolea, ni la imagen bucólica: es un pacto de maleante con el lector.
En este pacto se deben establecer no solo las condiciones de lectura (una voz narrativa), sino una promesa (qué va a pasar), el personaje que la llevará a cabo o la traicionará (a quién le pasará), qué le impide hacerlo (su conflicto) y dónde lo llevará a cabo (en qué mundo). Mirad cómo lo hace Malraux, más allá de su primera línea, en La esperanza.
Un estrépito de camiones cargados de fusiles se extendía sobre Madrid, tenso en la noche de verano. Desde varios días antes las organizaciones obreras anunciaban la inminencia del levantamiento fascista, la infiltración enemiga en los cuarteles, el transporte de las municiones. Ahora Marruecos estaba ocupado. A la una de la mañana, el gobierno se había decidido por fin a distribuir armas al pueblo; a las tres, el carnet sindical daba derecho a las armas. Era tiempo: las llamadas telefónicas de las provincias, optimistas de medianoche a dos de la madrugada, comenzaban a no serlo ya.
Hay un lugar, hay una atmósfera, hay unos personajes y, en este caso, hay una voz muy declarada, muy contundente, que nos lleva a las trincheras de la Guerra Civil. ¿Y cómo lo hace Rodrigo Blanco Calderón, en su novela The Night?
Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas. Caracas parecía un hormiguero destapado. Más allá de las citas canceladas, los cheques sin cobrar, la comida descompuesta y el colapso del metro, Miguel Ardiles recuerda ese día con una ternura casi paternal: la ciudad sintió el estupor de ser cueva y laberinto.
La apuesta de todo escritor que se comience no debe ser sobre una palabra, un adjetivo, una primera frase impactante. Tiene que ver con la honestidad con la que tratará al lector: esto, que tanto me interesa, seguro que te interesa a ti. Esa intensidad razonable, esa lealtad de mafioso ancestral es lo que hace realmente un buen comienzo. Al final, Tolstoi tenía razón. Cada familia es infeliz a su manera.
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