Categoría: escritura

  • Tengo fe

    SONIA.- ¡Qué se le va a hacer!… ¡Hay que vivir!
    (Pausa.) ¡Viviremos, tío Vania!… ¡Pasaremos por una
    hilera de largos, largos días…, de largos anocheceres…,
    soportando pacientemente las pruebas que el
    destino nos envíe!… ¡Trabajaremos para los demás
    -lo mismo ahora que en la vejez- sin saber de descanso!…
    ¡Cuando llegue nuestra hora, moriremos
    sumisos y allí, al otro lado de la tumba, diremos que
    hemos sufrido, que hemos llorado, que hemos padecido amargura!…
    ¡Dios se apiadará de nosotros y
    entonces, tío…, querido tío…, conoceremos una vida
    maravillosa…, clara…, fina!… ¡La alegría vendrá a nosotros y,
    con una sonrisa, volviendo con emoción la
    vista a nuestras desdichas presentes… descansaremos!…
    ¡Tengo fe, tío!… ¡Creo apasionadamente!
    ¡Ardientemente!… (Con voz cansada, arrodillándose ante
    él y apoyando la cabeza en sus manos.) ¡Descansaremos!
    (Teleguin rasguea bajito, en la guitarra.) ¡Descansaremos!…
    ¡Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos
    cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos,
    se ahogan en una misericordia
    que llenará el Universo!… ¡Y nuestra vida será quieta, tierna, dulce como una caricia!… ¡Tengo fe!…
    ¡Tengo fe! … (Secándole las lágrimas.)

    Tío Vania, Chejov.

  • Ideología

    Zizek

    A una mosca ahogada en un vaso de leche.

    Era un paraíso de puertas adentro,
    valles de migas y un río de salsa
    de tomate reseco, hubiera sido
    el Edén de cualquier otro drosófilo;
    pilas de platos con restos de grasa
    y carne en proporciones
    que harían sonrojar
    al Ejército de Salvación,
    crecía moho en el uvecé
    y bolas de cabello te sonreían desde la ducha.

    Mas tú renunciaste a las concupisciencias
    más inmediatas y cargaste
    tu zumbido, como anunciando la nueva fe,
    de puerta en puerta
    y de ventana en ventana.

    Por desdén de los placeres más vulgares
    ganaste mi respeto
    y no te machaqué con el zapato
    esta mañana:
    las prisas y una vaga
    certeza del matonismo genético de animal vertebrado
    te concedió la gracia y ocho horas
    de libertinaje para tus vuelos monótonos
    y tus digestiones opíparas.

    Pero elegiste la muerte más blanca:
    un horror dulce y desnatado:
    Nada más volver al piso,
    te encuentro agonizante y flotante
    en un vaso de leche a medio acabar,
    ¿tenías un hambre distinta o te pudo la glotonería?

    Detestaras la carroña con la que se frotaban las patas
    tus hermanas de parque y deposición canina,
    u odiaras la infame servidumbre de las abejas,
    lo que el elegiste
    fue el ahogamiento
    en el líquido más blanco
    más ciego
    y menos nutritivo.

    Y eso me dio qué pensar.
    Mientras arrojaba tu cuerpo azabache,
    en el que aún se podía sentir algún temblor último,
    al cubo de la basura
    me dije que puede que el ignorante fuera yo
    y que no entraras en casa
    por el alimento que yo pudiera darte

    sino que no sabías qué era el hambre
    hasta que lo encontraste.

  • Un perfecto imbécil

    Hola,
    El Principito no dice: «la belleza es invisible a los ojos» dice lo «esencial» (en realidad en francés es: l’essentiel est invisible pour les yeux).
    Es algo distinto (belleza, esencia, bueno, de eso trata la cosa desde Platón hasta hoy), pero es un matiz muy importante – lo esencial no es lo bello. Creo, como tú, que El Principito es uno de los libros peor interpretados del mundo: es un libro oscuro y terrorífico. Un niño dibuja a una boa y se convierte en adulto cuando todo el mundo adulto piensa que ha pintado un sombrero. Es espantoso. Detesto a la gente que lo encuentra tan gratificante: la caja con el cordero, el farolero agotado, el baobab resquebrejando con las raíces el pequeño planeta. Hay que tener muchas agallas para leerlo y permanecer impasible.

    Uno no puede hacer otra cosa más que odiar su forma lacónica de exponer un dolor tan natural, tan humano.

    También puede ser un perfecto imbécil y decir que es uno de sus libros favoritos.

    Todo es posible.

Raúl Quirós Molina
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