La verdad sobre el LHC

Sí, sí, bueno, no puedo detenerme en los detalles técnicos, luego llamo a un ingeniero para que se lo explique. Bien, pues girando en un sentido (en el de las agujas), el acelerador aceleraba en igual proporción y hacía lo mismo con las partículas del sujeto que llevara el reloj. A eso lo llamamos el Fast Forward, y en ocasiones era muy útil, porque bastaba adelantar el reloj una hora e inmediatamente había pasado una hora para el sujeto que lo llevara. Utilísimo para esperar turnos o resultados de lotería. Lo que pasaba con el cuerpo del acelerado (lo llamo así para que me entienda) es que desaparecía mientras estaba en aceleración. ¿A otra dimensión? ¿A otro universo? Yo que sé. El tipo se esfumaba y luego reaparecía en el mismo lugar, solo que una, dos o las horas que hubiera movido las agujas. A veces la gente se llevaba unos sustos increíbles en la parada del autobús. La otra forma de utilizar el aparato fue aquel que el departamento de márketing llamó Pause-Still. No me negará que los carteles de la campaña de publicidad no fueron un lujo de creatividad. Entre nosotros llamábamos al reloj «el mando a distancia de la vida real», aunque como brand es demasiado largo. En este último modo, el acelerador aceleraba al revés, es decir, que las partículas iban en sentido contrario, con lo cual el tiempo del usuario quedaba prácticamente detenido. En este caso, no desaparecía el cuerpo, al menos no es lo que se puede comprobar si uno coloca una cámara slow-motion en la puerta de las Naciones Unidas o alguna entidad financiera: lo que a simple vista parecen ráfagas de aire no son sino usuarios de nuestro reloj con el tiempo enlentecido, corriendo de un lado para otro. En la película se les puede ver perfectamente.

Relato que se incluirá en el libro Un hombre cae de un edificio

Un hombre cae de un edificio

The imagination has been so debased that imagination – being imaginative – rather than being the lynchpin of our existence now stands as a synonym for something outside ourselves like science fiction or some new use for tangerine slices on raw pork chops – what an imaginative summer recipe – and Star Wars! So imaginative! And Star Trek – so imaginative! And Lord of the Rings – all those dwarves – soimaginative
The imagination has moved out out the realm of being our link, our most personal link, with our inner lives and the world outside that world – this world we share. What is schizophrenia but a horrifying state where what’s in here doesn’t match up with what’s out there?
Why has imagination become a synonym for style?
I believe that the imagination is the passport we create to take us into the real world.
I believe the imagination is another phrase for what is most uniquely us.

Paul en Six Degrees of Separation, John Guare

La imaginación ha sido tan degradada que la imaginación, o bien «ser imaginativo», más que tratarse del eje de nuestra existencia se ha convertido en un sinónimo de algo externo a nosotros mismos, como la ciencia ficción, o para emplearla en combinar mandarinas con chuletas de cerdo (¡qué receta tan imaginativa!). O Star Wars (¡qué imaginación!) O Star Trek (¡qué imaginación!) O esos enanos del Señor de los Anillos, tan imaginativo.
La imaginación ha dejado de ser el vínculo con nuestro ser más íntimo, con nuestro mundo interior, y el mundo fuera de ese mundo: el mundo que compartimos. ¿Qué es la esquizofrenia sino el terrorífico estado mental donde lo que está aquí dentro no concuerda con lo que está ahí fuera?
¿Por qué la imaginación se ha convertido en un sinónimo de «estilo»?
Creo que la imaginación es el pasaporte que creamos para transportarnos al mundo real.
Creo que la imaginación es simplemente otra frase para decir «nosotros«.

Traducción propia

Nos hemos decidido a lanzar toda esa imaginación y vertirla sobre un proyecto que, con el tiempo y mucho trabajo, se convertirá en un libro. Yo he escrito esos relatos, pero nunca se escribe desde el desierto ni desde la hoja en blanco: las lecturas anteriores, la muerte, el sexo, la envidia, la alegría sedimentan cualquier obra humana.

En unos días colgaré un artículo en www.unhombrecaedeunedificio.com/blog donde hablaré con un poco más de detenimiento acerca de lo que supone escribir un relato, una pieza, un poema. La página web irá creciendo conforme avance el proyecto y esperamos tenerlo terminado (el libro, el proyecto) en pocos meses. Queremos detenernos y explicar todo el proceso, documentarlo y que vosotros también participéis con vuestra sugerencias, vuestras colaboraciones y vuestras críticas. El libro, a fin de cuentas, es la excusa. Lo importante, supongo, es el vínculo.

Un hombre cae de un edificio es mi/nuestra/vuestra próxima obra.

Todo necio confunde valor y precio

¿Se descargaría usted un libro de un autor desconocido, publicado bajo licencia Creative Commons de manera gratuita?
Mejor aún: ¿se descargaría un libro gratis de un autor desconocido, (auto)publicado bajo licencia Creative Commons y se lo leería?
Mejor todavía: ¿se descargaría un libro de un autor desconocido, (auto)publicado bajo licencia CC y si le gustase se compraría el LIBRO en papel?

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Mediados del año de 2009. Hace cinco años que se publicó «El malestar al alcance de todos«, de Mercedes Cebrián. Un tipo acude a una librería física (es decir, no a un página web donde venden libros) y solicita «El malestar al alcance de todos«. Pasa un mes. El librero llama al comprador y le dice que el libro está agotado, pero que puede conseguirle otro título de la autora. El comprador se disculpa y le espeta que si él va al frutero a por naranjas, quiere naranjas, no espárragos.
El tipo acude a una página web donde venden libros. Llena su carro de la compra con algunas novedades y recomendaciones e idioteces, y encuentra, para su sorpresa mayúscula, «El malestar al alcance de todos» de Mercedes Cebrián. Lo añade y al cabo de un mes, la librería le manda un correo y le dice que el libro está agotado (aunque en la página web indicaba «disponible»). Pero esta operación se repite con otras páginas web donde venden libros. Al final, el comprador envía un correo a Mercedes Cebrián y le cuenta la historia. Mercedes Cebrián, muy atenta, responde casi al instante: el libro está agotado, a ella solo le queda una copia y la editorial ha prometido realizar una segunda edición. El tipo se encuentra tentado de pedirle unas fotocopias del libro, pero asume que eso ofendería a la autora, y le da las gracias por su amabilidad. El tipo se conforma, a partir de entonces, con los otros libros de la autora y los relatos que va encontrando por la Internet.

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Un autor envía un manuscrito a varias editoriales. En menos de un mes contestan dos. Una, sita en Castilla y León, dedica una línea del correo electrónico de respuesta a alabar el libro y cuarenta a explicar que debe apoquinar 3000 euros para la edición del libro. La otra, con sede en Madrid, promete más o menos lo mismo, pero por 900 euros. Prometen contrato, presentación y contactos. El libro sale. Sale TAL CUAL, es decir, con las erratas, con la misma maquetación, tipo de letra, sangrías, del documento que el autor pasó a la editorial. Un suplemento pide el libro a la editorial. Ante la respuesta inexistente del editor, escriben al autor. El autor les cede un libro. Se publican varias críticas al libro en Internet, siempre gracias a ejemplares cedidos por el autor. El libro resuena. El autor contacta con la librería Bertrand y la responsable se encuentra encantadísima con el libro. La librería Bertrand contacta con la editorial. La editorial no responde; Bertrand contacta con el autor y éste, cansado, se encoge de hombros.

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Un traductor desconocido traduce por su cuenta Shopping & Fucking, de Mark Ravenhill. Solo hay una traducción al castellano, publicada en una revista de teatro de hace diez años. El traductor contacta con Perico De Los Palotes, el autor de dicha traducción, que ofrece todos los recursos disponibles al novato para que la traducción se lleve a cabo, incluso su teléfono móvil particular. El traductor desconocido contacta también con otro traductor y dramaturgo argentino, Juan Tenorio, que no sólo ha montado varias piezas de Ravenhill sino que tuvo la fortuna de conocerle y trabajar con él. Está aún más encantado con la idea: le ofrece el teléfono de su agente en Argentina. El traductor desconocido escribe a una sociedad de gestión de derechos ESPAÑOLA. Una señorita contesta, en un tono entre asustado y amenazante, que no sólo no gestionan los derechos de esa autora, sino que, por favor, no mencione ni relacione a la sociedad de etc. con las posibles acciones que el traductor desconocido realice con su traducción. El traductor desconocido escribe entonces al agente en el Reino Unido acerca de los derechos para que la obra se represente por un grupo amateur en una ciudad de provincias. La respuesta es tajante e inglesa: NO Y NO SIGA POR ESE CAMINO. El traductor se pone en contacto con editoriales españolas que publican teatro. Escribe correos electrónicos, llama por teléfono pero siempre hay mucha vaguedad en todo el asunto. El traductor escribe entonces a otro traductor con más trabajos a sus espaldas y el traductor le dice: así es la vida.
En toda esta historia, nadie leyó la traducción.

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Un poeta quiere traducir a un famoso autor irlandés, todavía no vertido al castellano. El poeta escribe al hijo del autor. El hijo del autor está encantadísimo con la idea, porque su padre (muerto hace una década) siempre amó España y está muy presente en su poesía. Le envía todos sus libros y recopilaciones y la dirección de la editorial propietaria de los derechos. La editorial inglesa aplaude la idea. El poeta busca subvenciones de traducción dirigidas A EDITORIALES, escribe un correo a una profesora especializada en el autor, para obtener más documentos y comienza a traducir los libros más relevantes del autor irlandés. Certifica que la traducción va por buen camino con otros poetas y traductores. Escribe un dossier a varias editoriales, proponiéndoles la edición del libro, incluyendo las bases de subvención proporcionada por el gobiernos irlandés, que cubriría la mayoría de los gastos. Escribe de nuevo a la profesora. Escribe de nuevo a las editoriales. Escribe a la profesora. Escribe a las editoriales. Escribe a la profesora (ya catedrática). Escribe a las editoriales.
Dos años después la profesora (ahora catedrática) publica un artículo en una revista sobre poesía acerca lo indignante que resulta que autor irlandés de prestigio internacional nunca haya sido traducido al castellano, e incluye traducciones propias de un par de poemas, tras una parrafada sobre cómo el autor y ella recorrían en coche las llanuras de Castilla en los años ochenta, ebrios.

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Un autor termina un libro de relatos. Escribe a varias editoriales. No, escribe a diez editoriales y a dos agentes literarios. Todos de corte independiente. En todas se especifica que admiten originales no solicitados. El autor escribe tratando de confirmar que la información de la web no está obsoleta y si admiten originales por correo electrónico, al tiempo que se le envía una sinopsis más o menos detallada de lo que incluye el libro. Tres editoriales no poseen siquiera un correo electrónico funcional: los e-mails rebotan o replican que la dirección no existe. Una cuarta devuelve una dirección postal a la que enviar el manuscrito. El autor la envía y a la semana recibe una carta de la editorial confirmando que está en proceso de lectura y que tardará entre 3 y 6 meses en dar una respuesta. Otra pide el manuscrito y la obra anterior, el autor lo envía todo en un sobrecito marrón y a la semana recibe una carta tipo indicándole que no tienen tiempo para leerla y que el cupo de edición está cerrado hasta 2012. Las otras editoriales independientes mencionan la palabra «crisis» en sus correos y parece bastar. Otra editorial le anima a enviar el original a uno de sus concursos, afirmando que son limpios, aun cuando en las tres últimas ediciones han sido concedidos a autores que ya habían publicado anteriormente en la misma editorial. La última editorial, que afirma funcionar sin subvenciones ni concursos, le contesta que todo está muy mal, pero que vale, que puede enviar su manuscrito.

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Un autor, después de dos años de duro trabajo, publica un libro de relatos en una editorial pequeña de provincias. El libro es magnífico. La editorial hace todo lo que puede por conseguir que el libro salga adelante. Envía el libro a suplementos de cultura nacional y locales, sin respuesta.
El autor contacta con varios blogs de «repercusión nacional», quienes piden el libro y el autor los paga de su propio bolsillo. Espera pacientemente una respuesta. La espera. Incómodo, escribe a uno de los blogs: sí, han recibido el libro. Esa es toda su respuesta. Escribe a otro blog. Explica que no tienen tiempo, que están saturados . Otro blog replica que han dejado de recibir la subvención del ayuntamiento de turno y que sin eso no pueden escribir. Por fin, uno de los blogs se refiere al libro: habla de lo mal editado que está, de la voz demasiado imberbe del autor, de la impaciencia por publicar y alarga el post hablando del nuevo grupo de música que escucha en su iPod. El autor está encantado. Guarda la reseña en su cartera y la muestra con orgullo a sus amigos.

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