Último poema

Esta noche gotea entre las sábanas
que tendrán que esperar a la mañana
para ser sacudidas en el sol
del patio.
A través de la ventana
alguna imagen de la calle estática
es invadida por los parabrisas
monótonos, ajando oscuramente
el agua de la lluvia, de los vientos.

Ya no queda despierto casi nadie,
los delirios y gritos son ahora
cigarras cuyo cuerpo está latiendo
en los rincones entre los pasillos.
No llega el sueño y yo no correré
para alcanzarlo.
Me miro las manos
y me asusta su carne blanquecina,
las cosas que no pueden contener.

Cruza por la ventana aquel caballo
mojado que soñé entre las nubes
de otra noche, con los cascos de plata
retumbando sobre el asfalto, terco,
ocultando con sus crines el rostro
amargo de quien lo monta.
Jinete
que construye con pasos metálicos
el temblor que ilumina tímidamente
la cara que le mira en vigilia.

La almohada reclama el vasto reino
que se ha perdido en mi cabeza como
un diamante en un bolsillo de hielo.

Reunión

Sentados frente al círculo de piedra
uno a uno van declamando el nombre
de los aciagos rostros allí quietos,
es un caparazón de salvaje hiedra
el que los deslavaza y los reúne,
aquella que permite que los pasos
de la verdad se den en las afueras.

Se agotan los cipreses, se consumen
en sus llamas color verde sombrío,
los nichos se convierten en cristal
y los muertos ondean saludos
desde la tierra donde crecen.

Si te sientas junto a esta solitaria
tumba revelarán qué es la muerte.
Morirás si te sientas este día
para comprender qué es lo que padecen.

En Central Park

Bajo las aguas del estanque
se reflejan los lomos coloridos
de peces sin nombre que se amontonan
en las perlas de pan que los pequeños
arrojan desde las orillas.
Sin la memoria un pez es capaz
de buscar su refugio, de nutrirse
y de nadar.
No puede comprender
porqué el tacto del agua le permite
alcanzar el pan que le tendrá con vida
otro día más, o qué mecanismo,
biológico o sentimental,
le hace respirar bajo los nenúfares.
Por eso cuando se desliza agónico
bajo el cuchillo de la pescadera
se despide con esa silenciosa
mirada con la que vivía,
como si desde sus ojos amnésicos
hubiera deseado por un día
tener tal vez recuerdos de estar vivo,
recuerdos sumergiéndose lentos,
a un tiempo dolorosos,
a otro, cándidos,
en el pozo de su existencia
que ya se apaga,
difíciles de tragar
como una bola de pan blanco
con una perla brillante
en su interior.