
Yo me presenté a este concurso.
Lo hice con una novela inédita, trabajada durante años, con partes versificadas y teatralizadas. Una rareza, pero una rareza pensada y, sobre todo, mía. Había leído sobre el premio, leí los nombres y las novelas del jurado (siempre se debe saber quién pondrá los ojos en tu manuscrito). Lo envié, me olvidé.
Uno se lanza a un concurso como quien tira una botella con un mensaje al mar. Creo que a los perdedores nos enviaron un email de agradecimiento, el clásico mensaje cursi recordándote que tú no. No me acuerdo. En todo caso, al final de todo, siempre hay una agresión. Siempre recordándote el avión al que no llegaste.
Vida de escritor.
Y premiaron, según Pangram, una novela escrita por máquina.
Se oculta el hecho de que 2204 manuscritos, leídos durante los cinco meses largos que van del cierre de la convocatoria al fallo, son 13 novelas leídas cada día, y no hay premio que pague a tantísimos lectores intermedios.

En los comentarios se dice: los detectores de IA fallan.
Que un fragmento de Cien años de soledad daba positivo. Que si sus propias novelas y artículos daban como escritos por IA. Que si ahora hay sospecha sobre todos los escritores.
¿Por qué nadie afirma que el tipo es un farsante y el premio un amaño? Silva Rojas recibió una mención honrosa en el XXIX Concurso de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro en 2026. Y que, de entre 2204 manuscritos, fue el ganador, con una novela, sí, escrita con IA. Se oculta el hecho de que 2204 manuscritos, leídos durante los cinco meses largos que van del cierre de la convocatoria al fallo, son 13 novelas leídas cada día, y no hay premio que pague a tantísimos lectores intermedios.
David Silva Rojas y otros cuatro o cinco eran los nombres candidatos, el resto era relleno. Y todos participaron en la performance.
Cuando leo a escritores defendiendo la limpieza del premio, del jurado, de la editorial, veo a un escritor intentando negar la verdad. Veo a gente que defiende a peña con la que ha coincidido en festivales, ha compartido becas o retiros pagados en universidades yanquis, que tiene el mismo agente o quiere conseguirlo. Veo a gente que aplaudió con rabia que expulsaran a Ariana Harwicz de un festival por decir lo que pensaba, aunque no gustara, y que pide clemencia por no haber amparado a un tramposo y un premio de chiste. Y veo a gente que se dedica a hacer gaslighting a los que ponen en duda todo el tinglado: «Vosotros estáis equivocados, porque sois unos resentidos, porque no ganasteis nunca un premio» (Felipe Trigo, seleccionado para el Nadal, finalista del Molina de Segura, todo pre-ChatGPT).
Lo de Pangram. Yo trabajo con IA: es la profesión de la que comen mis hijas. La enseño, la exploto, la explico. También a editoriales. Repito: también a editoriales. La utilizo para mis propósitos: corrijo guiones para mi canal, le pido que me busque anacolutos, le digo que me ayude con los paratextos de mis libros, que me dé ideas para venderlos. Sé cómo funciona. No, no es una máquina tonta. Cada vez que veo a un escritor tratando de explicarme cómo (no) funciona, dan ganas de darle un chupete y arroparlo hasta que se duerma. Siempre es un menda con agente literario, con columna en periódicos, con dos o tres premios de esos que se dan en editoriales para robarse escritores.
Es tierno y preocupante que den a conocer al mundo su completa ignorancia en un asunto que les afecta y la trepidante arrogancia con la que te dicen, a ti, que trabajas a diario con esta movida, que estás equivocado: cuñados ilustrados. Nenes, hay marcas textuales, hay patrones estadísticos y hay, además, un reglamento de la UE que indica que esas marcas deben estar en los textos por ley. Las grandes compañías YA incorporaban, por sí solas, estas marcas, antes de que se les pidiera. Pangram no busca marcas: detecta patrones estadísticos. En una auditoría independiente de la Universidad de Chicago fue el único detector que se mantuvo por debajo del 0,5 % de falsos positivos; la propia empresa habla de uno de cada 10 000. Estos escritores están defendiendo a) a un tramposo; b) un modo de hacer circular la literatura y descubrir voces que es cínico. Y en el que les van las habas.
Lo más preocupante es que, a estas alturas, cualquiera que sea lector y haya tenido el mal gusto de probar la ficción resultante de la IA sabe lo que hay, salvo que sea un cretino o un ignorante. Es cursi, relamida, tiene tics lingüísticos muy obvios, es incapaz de entender conceptos básicos como el punto de vista, la glosa, la causalidad, el deus ex machina. Hace relatos mediocres y hace novelas peores.
Repito que Pangram no hace magia: detecta patrones estadísticos y lo hace bien, porque es un puto negocio y, si lo hace mal, tiene que cerrar la oficina y poner a todo el mundo en la calle. No puede sustentarse en «fallo mucho», «no lo habéis entendido bien», «estáis equivocados». O detectas bien o no detectas.
Pangram no hace magia: detecta patrones estadísticos y lo hace bien, porque es un puto negocio y, si lo hace mal, tiene que cerrar la oficina y poner a todo el mundo en la calle.
En este premio no se despedirá a nadie. Nadie perderá el puesto, a nadie le dejarán de llamar para otros jurados. Nadie dejará de publicar.

En este premio no se despedirá a nadie. Nadie perderá el puesto, a nadie le dejarán de llamar para otros jurados. Nadie dejará de publicar. La total ausencia de diligencia debida es impensable en cualquier otra industria.
No me sabe mal lo del chaval. Espero que se quede sin premio, sin publicación, sin carrera, aunque, visto lo visto, tampoco tenía mucha pasión por la cosa. En unas semanas se sabrá más de su biografía: resultará ser alguno de estos caracteres que se inventan mentiras y se las creen. A lo mejor descubrimos que ni siquiera vivió en Japón. Pero da igual. Luego alguno escribirá un libro sobre el asunto, de título El ganador de premios, le darán algo de bombo, tendrá algo de discreto éxito.
La editorial lo superará, pedirá perdón, sus propios autores les escribirán por Instagram (ánimo, todas con vosotras, todo este ronroneo de red social, etc.) y se comprometerá a tener más cuidado (la suscripción a Pangram vale 20 $). En un par de meses todo será un mal recuerdo.
Pero la desconfianza de los otros 2203 y de los que leemos libros premiados y participamos ya es irreparable. Otro happening literario en el que te invitan a enviar tu trabajo para luego reírse en tu cara.
¿Cómo se le ha podido pasar a un jurado con Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda un texto con IA? El texto, ya en la muestra de Amazon, da pistas: la epanortosis, el estilo telegráfico, la puntuación ramplona.
¿Todos y cada uno de los lectores intermedios, los que eligen los manuscritos para pasárselos al jurado, decidieron que ese estilo, ese texto, esa historia tenía posibilidades? ¿No hubo ninguno que pensara que aquello olía mal y lo pasara, siquiera por curiosidad, por un par de detectores gratuitos?
¿Qué les decimos a los otros 2203 escritores derrotados por una novela que, según Pangram, escribió una máquina? ¿A los tipos que no tienen una cátedra en Houston, que escriben con notas en el móvil, que le piden a su marido que se quede un rato más con los niños para desentrañar una escena, para asistir a un curso de Mónica Ojeda o de Selva Almada? ¿Con qué mueca les corregiremos que su texto no tiene objeto, que es mejor mostrar y no decir, que sus personajes deben tener necesidades, conflictos, una historia que respetar? Yo, en su lugar, me daría de baja del taller y no querría volver a escuchar nunca más sobre escribir un libro.
Se dice: «Las redes sociales están erosionando las artes. La gente ya no se interesa por las culturas porque no se fomentan desde lo público».
¿No será, más bien, que los guardianes de la cultura, los que «han llegado», los que ejercen ese corporativismo tan agresivo, son los primeros que la están dinamitando desde dentro?
¿No hubo ninguno que pensara que aquello olía mal y lo pasara, siquiera por curiosidad, por un par de detectores gratuitos?
