La pulsión antropomórfica del teatro infantil está a la misma altura perversa que las cualidades morales con las que engalanan a los bichos.
Desde que tengo hijos, apenas puedo acudir al teatro. Lo que durante años fue la educación perfecta (y secreta) en construcción de tramas, personajes y acciones, me fue negado por la paternidad o, más bien, por la clase de paternidad que quise ejercer y por una conciencia que me pesa demasiado, o una cartera que no puede pagar un euro más en canguros. Solo recientemente, cuando el cargamento de pañales se ha ido reduciendo, y hemos podido librarnos de la pesadilla del carrito para bebés, hemos comenzado a acudir a obras de teatro infantiles, que a todas luces se me antojan un sucedáneo, a veces demasiado pedagógico, a veces demasiado encorsetado, del drama. Peces que salen del agua y ratoncitos que hacen caca, leones tristes y serpientes bondadosas: la pulsión antropomórfica del teatro infantil está a la misma altura perversa que las cualidades morales con las que engalanan a los bichos. De tan obvias, mis propias hijas se giran en medio del espectáculo y suplican abandonar aquella homilía de buenas costumbres petit bourgeois para los nenes y las nenas.
Solo he podido colarme en un par de obras para adultos recientemente, de escritura contemporánea. Si allá donde protestaba por los animales descontentos por sus regalos de cumpleaños, aquí me quejo por la completa muerte de la fábula. Las obras adultas ya no cuentan cuentos: exponen hechos. El lento giro hacia el teatro documento y, más concretamente, el autodocumento, ha terminado por transformar la asistencia a la piecita de drama en un audiolibro sobre las angustias de la maternidad, la incomodidad de la psoriasis, lo malvado que fue aquel amigo que te levantó la chica en el piso compartido. No exagero con lo de audiolibro: en algunas de esas performances teatrales te obligaban a usar unos auriculares para entender lo que los actores recitaban dentro de una pecera en la que estaban encerrados, para finalmente escuchar el interminable flujo de pensamiento del texto.
Pero nada de esto es, per se, el incordio que me incordia, pues en peores plazas he visto torear: en el Royal Court vi inundarse el escenario a mitad de acto, y una vez alguien condujo un coche, con sus ruedas y su claxon, sobre el escenario; y he sabido que Rodrigo García hervía langostas en directo. El incordio es que la completa ausencia de fábula, aquel invento que detestaban los teóricos posdramáticos, y que tan a gusto adoptaron los directores y programadores, ha derivado no en una obra de arte total, performática, donde todos los elementos se coordinaban, como en la obra de arte abstracta, para minar los supuestos narrativos con los que nos manejábamos por el mundo, sino en obras de teatro sobre la anorgasmia, la masculinidad tóxica, la crisis de los cuarenta o los cincuenta. Pero, ¿qué hay del cuentito? ¿Qué hay de la sucesión de hechos, uno tras otro, que permitían ir absorbiendo lentamente la capacidad de hazaña, la existencia oscura del deseo, la posibilidad de salvación, la redención? ¿En qué momento me veo nombrado, no como espectador, sino como miembro de la comunidad, cuando veo a una actriz picando coles durante treinta minutos sin decir palabra?
Lo que aprendí de la fábula es que el lobo aguarda su momento, que la belleza como recompensa es también una condenación, que el deseo puede acabar con tu forma de sirena y convertirte en mera espuma de mar. Y que el cuentito solo puede contarse así, desde Caperucita, desde Willy Loman, desde Antígona, desde los lobitos que no pueden hacer caca. La langosta seguramente tenía algo más interesante que contarnos.
El incordio es que la completa ausencia de fábula, aquel invento que detestaban los teóricos posdramáticos.