Has escrito tu libro.
Has corregido cada uno de los hilos argumentales, revisado cada uno de los arcos de los personajes.
Has usado el motor ortográfico del Word, un skill de inteligencia artificial que extraiga los errores minúsculos.
Incluso varias personas cercanos han leído el manuscrito y la conclusión es unánime: está bien.
Sin embargo, de esas dos palabras, está bien, se nutren tus sospechas: no, no está bien.
¿A qué atenerse, entonces? ¿A la opinión común y fundamentada? ¿O al instinto?
Lo podríamos llamar el blues del manuscrito acabado, o la neurosis del escritor insatisfecho (un cliché, se mire por donde se mire). Pero no. Va más allá de todo esto.
Es melancolía.
Durante meses, durante años, uno ha dedicado su esfuerzo y su tiempo a una empresa vana: escribir una novela. Escribir un libro que no ha pedido nadie, que nadie te publicará sin pensárselo dos veces, que nadie leerá salvo que le pongas una pistola en la cabeza. Has vivido con la historia: has dudado cuando tus personajes dudaban, has reescritos pasajes que te parecían pedantes o innecesarios, has añadido tramas para espesar la principal.
Y ahora el manuscrito reposa frente a ti, orondo, completo, validado. Es hora de partir. La melancolía surge porque ya no hay asidero para trabajar un día más en esa historia, porque la historia ya está acabada y, en el fondo, uno sabe que debe abandonarla para poder empezar una nueva.
La gran trampa de la melancolía es lo que yo llamo pulir la plata. Corregir, reconstruir, recomponer, eliminar; sacarle brillo a los cubiertos de plata cuando no se han utilizado en la última década. Abandonar la novela no supone olvidarla, sino asomarse al abismo de nuestro tiempo futuro: ¿seguiré siendo escritor tras esta novela? ¿Podré en el límite de mis fuerzas, volver a vivir otro tiempo en el que le regatearé a la familia, los amigos, la televisión las energías necesarias para hacer lo mismo, pero diferente?
Sí. Siempre sí.
Si te interesa corregir tu manuscrito, échale un ojo al servicio de lectura de manuscritos.
